El asunto

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Ochenta y tres

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OCHENTA Y TRES

Los tres rangers eran buenos. Muy buenos. El teléfono era tradicional, de los viejos, y tenía dentro una gran campanilla de metal que sonaba durante todo un segundo y a la que luego se le añadía una reverberación que tardaba otro lento segundo en apagarse, tras lo cual la secuencia se repetía hasta que alguien atendiera la llamada o hasta que la persona que llamaba se diera por vencida. Un sonido anticuado y reconfortante, conocido en todo el mundo desde hacía cien años. Pero en esa ocasión los tres rangers ya estaban en movimiento antes de que el primer tono hubiera llegado a la mitad. El que estaba a mi izquierda se puso de pie inmediatamente, se me abalanzó por la espalda, puso sus grandes manos sobre mis hombros, me empujó hacia abajo en mi silla y tiró de mí hacia atrás para mantenerme en una posición ineficaz y débil. El sargento, que estaba frente a mí, se inclinó inmediatamente más hacia delante, me sujetó las muñecas y las apretó contra la mesa con las palmas de las manos. El tercero se levantó de su silla, cerró los puños y bloqueó el pasillo, listo para golpearme donde pudiese si hacía algún movimiento.

Un buen trabajo.

No ofrecí resistencia alguna.

Permanecí sentado.

Todos tenían un plan, yo incluido.

El teléfono seguía sonando.

Tres tonos más tarde la camarera salió de la cocina. Hizo una pausa, nos miró y después pasó al lado del ranger que estaba en el pasillo y se dirigió hacia el teléfono. Lo cogió, escuchó, dirigió la vista hacia donde yo estaba y empezó a hablar, mirándome todo el tiempo, como si le estuviera describiendo a alguien el aprieto en el que me encontraba.

A Frances Neagley, supuse.

O tuve la esperanza de que así fuera.

La camarera escuchó de nuevo durante un momento y después se colocó el teléfono como para sostenerlo entre la oreja y el hombro y sacó su libreta para los pedidos y su bolígrafo. Empezó a escribir. Y siguió escribiendo. Parecía un ensayo. Siguió en una segunda página. El tipo que estaba detrás de mí seguía empujando. El sargento mantenía mis muñecas agarradas. El tercero se acercó. La camarera movía la boca mientras se concentraba en anotar palabras con las que no estaba familiarizada. Después paró de escribir, repasó lo que había anotado, y tragó una vez y pestañeó dos veces como si la siguiente parte de su tarea fuera a ser difícil.

Colgó el teléfono. Arrancó las dos páginas escritas y las sujetó como si estuvieran calientes. Dio un paso hacia donde estábamos. El tipo que estaba detrás de mí me sacó el peso de los hombros. El sargento me soltó las muñecas. El tercero se sentó de nuevo.

La camarera recorrió todo el pasillo hasta llegar a nuestro pequeño grupo. Ahora ella era la quinta participante. Puso una de las hojas encima de la otra, comprobó los cuellos de las chaquetas de los tres hombres y miró al sargento. El que estaba a cargo.

—Tengo un mensaje en dos partes para usted, señor —dijo la camarera.

El tipo asintió y ella empezó a leer. Dijo:

—Primero, sea quien sea, debería dejar marchar a este hombre inmediatamente, por su propio bien y por el del ejército, porque, segundo, sea quien sea, tenga las órdenes que tenga y piense lo que piense en esta ocasión, es probable que él tenga razón y que usted esté equivocado. El mensaje lo envía un sargento de su mismo rango, que solo está pensando en su interés y en el interés del ejército.

Silencio.

El sargento dijo:

—Recibido.

Nada más.

Neagley, pensé. Buen intento.

Después la camarera se inclinó hacia delante, apoyó boca abajo en la mesa la segunda hoja escrita y la deslizó hacia mí, de manera rápida y natural, al igual que había deslizado antes un millón de cuentas de la cafetería. La retuve debajo de la palma de mi mano izquierda y dejé la derecha preparada.

Nadie se movió.

La camarera se quedó quieta un segundo, y después volvió a la cocina.

Con la yema del pulgar izquierdo levanté la parte de arriba de la hoja, como una persona jugando al póker, y leí los dos primeros renglones de mi mensaje. Trece palabras. La primera era una preposición en latín. Típico de Neagley. Per. Que en este contexto significaba según. Las siguientes doce palabras eran el Comando de Personal del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Lo cual significaba que la información que contenía el resto de la nota era de primera mano. Sería fiable. Sería concluyente. Sería oro puro.

Sería suficiente para mí.

Dejé que la parte de arriba de la hoja cayera de nuevo sobre la mesa. Abrí el pulgar y los dos primeros dedos, los junté y doblé la nota con una sola mano, con la cara en blanco hacia fuera y el mensaje hacia dentro. Repasé la doblez con la uña del pulgar derecho y me guardé la nota en el bolsillo superior derecho de la chaqueta, detrás de la libreta negra de Munro, debajo de mi identificador.

Diez minutos para las nueve de la noche.

Miré al sargento ranger y dije:

—Vale, usted gana. Vamos a Kelham.

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