El asunto
Tres
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TRES
No había nadie esperando en la puerta del sector quince. Ninguna dotación especial. Absolutamente nadie. El pasillo también estaba totalmente vacío, en ambas direcciones, hasta donde alcanzaba la vista. Y silencioso. Supuse que el resto de las personas ya estaban donde querían estar. Las reuniones de las doce en punto ya estaban en marcha.
La puerta del sector quince estaba abierta. Golpeé una vez, a modo de cortesía, a modo de anuncio, a modo de advertencia, y después entré. Originalmente, la mayor parte del espacio de oficina del Pentágono era diáfana, dividida por archivadores y por los muebles que conformaban los distintos sectores (de ahí el nombre), pero con los años habían levantado tabiques para crear espacios privados. El despacho de Frazer en el 3C315 era bastante normal. Era un espacio pequeño y cuadrado, con una ventana sin vistas, una alfombra en el suelo, fotos en las paredes, un escritorio de metal del Departamento de Defensa, una silla con apoyabrazos y dos sin ellos, una cómoda y un mueble de almacenamiento doble.
Y era un espacio pequeño y cuadrado completamente privado de gente, aparte del propio Frazer, en la silla detrás del escritorio. Levantó la vista, me miró y sonrió.
—Hola, Reacher —dijo.
Miré a derecha e izquierda. No había nadie. Absolutamente nadie. No había baño privado. Tampoco un armario grande. Ninguna otra puerta de ningún tipo. Detrás de mí, el pasillo estaba vacío. El gigantesco edificio estaba en silencio.
—Cierre la puerta —dijo Frazer.
Cerré la puerta.
—Siéntese, si quiere —dijo Frazer.
Me senté.
—Llega tarde —dijo Frazer.
—Le pido disculpas —respondí—. Me quedé atascado.
Frazer asintió:
—A las doce de la mañana este lugar es una pesadilla. Pausas para comer, cambios de turno, lo que sea. Es un zoológico. Nunca hago planes que me obliguen a moverme a las doce. Me quedo aquí.
Frazer medía casi un metro ochenta, pesaba unos noventa kilos, era ancho de hombros, robusto de pecho, tenía la cara roja y pelo negro, y rondaba los cuarenta y cinco años. Había mucha vieja sangre escocesa en sus venas, filtrada a través de la tierra fértil de Tennessee, que era donde había nacido. Había estado en Vietnam de adolescente y en el Golfo ya de adulto. Tenía distinciones de combate por todas partes, como si fueran un sarpullido. Era un guerrero a la antigua, pero, desafortunadamente para él, hablaba y sonreía tan bien como luchaba, así que le habían destinado a la Oficina de Intermediación con el Senado, porque los que administraban el dinero eran ahora el verdadero enemigo.
—Entonces, ¿qué es lo que tiene para mí? —dijo.
Yo no dije nada. No tenía nada que decir. No esperaba llegar tan lejos.
—Buenas noticias, espero —continuó.
—No tengo ninguna noticia —dije yo.
—¿Nada?
Asentí:
—Nada.
—Me dijo que tenía el nombre de la persona. Eso es lo que decía su mensaje.
—No lo tengo.
—¿Y por qué lo dijo? ¿Para qué ha solicitado verme?
Hice una pausa.
—Era un atajo —respondí.
—¿En qué sentido?
—Hice circular la noticia de que tenía el nombre. Me preguntaba quién saldría de su escondite para hacerme callar.
—¿Y no salió nadie?
—De momento no. Pero hace diez minutos pensaba que la historia era distinta. Había cuatro hombres extra en el vestíbulo. Con uniforme del Servicio de Protección de Defensa. Me siguieron. Pensé que eran un equipo de arresto.
—¿Lo siguieron adónde?
—Por el anillo E hasta el D. Después desaparecieron en la escalera.
Frazer sonrió de nuevo.
—Está paranoico —dijo—. No desaparecieron. Le dije que a las doce se cambiaban los turnos. Vienen en el metro como todos los demás, se quedan charlando unos minutos al llegar, y después se dirigen a su sector, que está en el anillo B. No lo estaban siguiendo.
Me quedé callado.
Él dijo:
—Siempre hay grupos del Servicio dando vueltas. Siempre hay grupos de todo dando vueltas. Nos sobra mucho personal. Va a haber que hacer algo. Es inevitable. Es lo único de lo que oigo hablar en el Capitolio, todo el día, todos los días. No hay nada que podamos hacer para detenerlo. Todos deberíamos tenerlo presente. Especialmente la gente como usted.
—¿Como yo? —pregunté.
—Hay muchos comandantes en este ejército. Demasiados, probablemente.
—También hay muchos coroneles —dije.
—Hay menos coroneles que comandantes.
Me quedé callado.
Él preguntó:
—¿Yo estaba en la lista de cosas que podrían salir de su escondite?
Tú eras la lista, pensé.
—¿Estaba? —insistió.
—No —mentí.
Sonrió de nuevo:
—Buena respuesta. Si tuviese un problema con usted, habría hecho que lo mataran en Mississippi. Quizás hubiese ido para encargarme de ello yo mismo.
Me quedé callado. Él me miró durante un momento, después empezó a formársele una sonrisa en la cara y la sonrisa se convirtió en una carcajada que intentó contener por todos los medios, pero no lo consiguió. Le salió como un ladrido, como un estornudo, y tuvo que echarse hacia atrás y mirar hacia el techo.
—¿Qué? —pregunté.
Su mirada volvió a nivelarse. Seguía sonriendo. Dijo:
—Lo lamento. Estaba pensando en esa frase que usa la gente. Esa que dice: ¿Ese tipo? No podría conseguir ni que le arrestaran.
Me quedé callado.
Él dijo:
—Tiene muy mal aspecto. Sabe que aquí hay peluquerías, ¿no? Debería ir.
—No puedo —dije—. Tengo el aspecto que debo tener.
Cinco días antes mi pelo solo estaba cinco días más corto, pero por lo visto aún no lo bastante largo como para llamar la atención. Leon Garber, que en ese momento volvía a ser mi superior, me citó en su despacho, y porque su mensaje decía en parte sin, repito, sin atender ninguna cuestión de aseo personal, supuse que quería aprovechar la ocasión e increparme allí mismo, mientras la prueba todavía estuviera presente en mi cabeza. Y fue exactamente así como empezó la reunión. Me preguntó:
—¿Qué resolución del ejército regula el aspecto personal de un soldado?
Viniendo de él, la pregunta me pareció bastante sarcástica. Garber era sin duda el oficial más desaliñado que yo había visto jamás. Podía retirar un abrigo de gala a estrenar de los almacenes de intendencia y una hora más tarde ya parecía que había peleado dos guerras, que había dormido con él y que había sobrevivido a tres peleas en bares sin quitárselo.
—No recuerdo qué resolución regula el aspecto personal de un soldado —respondí.
—Yo tampoco —dijo él—. Pero me suena que, sea cual sea, la norma que recoge la longitud del pelo y las uñas y las políticas de aseo está en el capítulo uno, apartado ocho. Puedo verlo con bastante claridad, ahí en la página. ¿Recuerda qué dice?
—No —respondí.
—Dice que las normas del aseo capilar son necesarias para mantener la uniformidad en una comunidad militar.
—Entendido.
—Establece que se cumplan esas normas. ¿Sabe cuáles son?
—Estuve muy ocupado —dije—. Acabo de volver de Corea.
—Había oído Japón.
—Hice escala allí.
—¿De cuánto tiempo?
—Doce horas.
—¿Hay peluqueros en Japón?
—Seguro que sí.
—¿Los peluqueros japoneses tardan más de doce horas en cortarle el pelo a un hombre?
—Seguro que no.
—Capítulo uno, apartado ocho, párrafo dos, ahí dice que en la parte alta de la cabeza el pelo debe estar cuidadosamente peinado, y que su largo y su volumen no pueden ser excesivos ni presentar un aspecto andrajoso, descuidado o extremo. Dice, en cambio, que el pelo debe exhibir un aspecto adecuado.
—No estoy seguro de lo que significa eso —dije.
—Dice que un pelo adecuado es aquel en el que el contorno del pelo del soldado se ajusta a la forma de su cabeza, curvándose hacia dentro hasta llegar a su terminación natural en la base del cuello.
—Me ocuparé de ello.
—Como usted sabe, son requisitos. No sugerencias.
—Vale —dije.
—El apartado dos dice que cuando el pelo esté peinado, no llegará a las orejas ni a las cejas, y no tocará el cuello del uniforme.
—Vale —dije de nuevo.
—¿Describiría su peinado actual como andrajoso, descuidado o extremo?
—¿Comparado con qué?
—¿Y en qué situación se encuentra con respecto al peine, las orejas y las cejas, y el cuello del uniforme?
—Haré que alguien se ocupe de ello —dije.
Después Garber sonrió y el tono de la reunión cambió por completo. Preguntó:
—¿Cómo de rápido le crece el pelo, de todos modos?
—No lo sé —dije—. A una velocidad normal, supongo. Probablemente igual que a cualquiera. ¿Por qué?
—Tenemos un problema —dijo—. En Mississippi.