El asunto

El asunto


Cuatro

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CUATRO

Garber dijo que el problema en Mississippi estaba relacionado con una mujer de veintisiete años llamada Janice May Chapman. Era un problema porque estaba muerta. La habían asesinado a una manzana de la calle principal de un pueblo llamado Carter Crossing.

—¿Era una de los nuestros? —pregunté.

—No —dijo Garber—. Era una civil.

—¿Y entonces por qué es un problema?

—Ya llegaremos a eso —dijo Garber—. Primero debe conocer la historia. Ese lugar está en el medio de la nada. En la esquina noreste del estado, cerca de la frontera con Alabama y Tennessee. Hay una línea de tren norte-sur y una carretera de tierra pequeña y aislada que la cruza en dirección este-oeste cerca de un manantial. Los trenes se detenían allí para cargar agua, y los pasajeros bajaban a comer, así que el pueblo creció. Pero tras la Segunda Guerra Mundial solo pasan dos trenes al día, ambos de carga, sin pasajeros, por lo que el pueblo decayó de nuevo.

—¿Hasta?

—Hasta el gasto público federal. Usted sabe cómo fue. Washington no podía permitir que extensas áreas del sur se convirtieran en el Tercer Mundo, por lo que invertimos algo de dinero allí. Mucho dinero, de hecho. ¿Te has dado cuenta de que la gente que más critica a los gobiernos proteccionistas parece vivir en los estados con mayores subsidios? Un gobierno no proteccionista los mataría irremediablemente.

—¿Qué recibió Carter Crossing? —pregunté.

—Carter Crossing recibió una base del ejército que se llama Fort Kelham —respondió Garber.

—Vale —dije—. He oído hablar de Kelham. Nunca supe dónde estaba exactamente.

—Antes era inmensa —dijo Garber—. Se inauguró en 1950, creo. Podría haber sido tan grande como Fort Hood, pero estaba demasiado al este de la I-55 y demasiado al oeste de la I-65 como para resultar útil. Había que conducir un largo camino por carreteras pequeñas para llegar hasta allí. O quizás los políticos de Texas tenían más peso que los políticos de Mississippi. En cualquier caso, Hood acaparó toda la atención y Kelham se marchitó. Siguió funcionando a duras penas hasta que terminó la Guerra de Vietnam, y después la convirtieron en una escuela de rangers. Y eso es lo que sigue siendo hoy.

—Pensé que el entrenamiento de los rangers se hacía en Benning.

—El regimiento 75 manda a sus mejores hombres a Kelham durante un tiempo. No está lejos. Algo relacionado con el terreno.

—El 75 es un regimiento de operaciones especiales.

—Eso dicen.

—¿Hay suficientes rangers de operaciones especiales entrenando como para hacer que funcione un pueblo entero?

—Casi —dijo Garber—. No es un pueblo muy grande.

—¿Entonces qué estamos diciendo? ¿Que un ranger del ejército mató a Janice May Chapman?

—Lo dudo —dijo Garber—. Probablemente haya sido algún paleto local.

—¿Hay paletos en Mississippi? ¿Hay palas, siquiera?

—Algo entre pueblerinos, entonces, gente del monte. Montes hay seguro, muchos, llenos de árboles.

—Sea como sea, ¿por qué estamos hablando de eso?

En ese momento Garber se levantó, salió de detrás de su escritorio, cruzó la habitación y cerró la puerta. Tenía más años que yo, naturalmente, y era más bajo pero más o menos igual de ancho. Y estaba preocupado. Era raro que cerrara la puerta de su despacho, y más raro aún que pasaran más de cinco minutos sin que pronunciara una pequeña y tortuosa homilía, un aforismo o un eslogan diseñado para resumir su punto de vista de modo que fuera fácil de recordar. Volvió a su sitio, el cojín de su silla silbó al sentarse y preguntó:

—¿Ha oído hablar alguna vez de un lugar llamado Kosovo?

—Está en los Balcanes —respondí—. Como Serbia y Croacia.

—Va a haber una guerra ahí. Al parecer nosotros vamos a tratar de impedirla. Al parecer es probable que fracasemos y que en lugar de eso terminemos bombardeándolo todo, a un lado o al otro.

—Vale —dije—. Siempre es bueno tener un plan B.

—El asunto serbo-croata fue un desastre. Igual que Ruanda. Una infamia total. Estamos en el siglo veinte, por el amor de Dios.

—A mí me pareció que se ajustaba bien al siglo veinte.

—Se supone que las cosas deberían ser diferentes.

—Espere al siglo veintiuno. Ese es mi consejo.

—No vamos a esperar nada. Vamos a tratar de hacer las cosas bien en Kosovo.

—Bueno, suerte con eso. No me pidan ayuda a mí. Solo soy un policía.

—Ya tenemos gente. Ya sabe, de manera intermitente, entrando y saliendo.

—¿Quiénes? —pregunté.

—Fuerzas de paz.

—¿Cómo? ¿Naciones Unidas?

—No exactamente. Solo a los nuestros.

—No lo sabía.

—No lo sabía porque se supone que nadie lo puede saber.

—¿Cuánto tiempo lleva sucediendo esto?

—Doce meses.

—¿Hemos estado desplegando secretamente tropas de infantería en los Balcanes durante todo un año? —pregunté.

—No es para tanto —respondió Garber—. Muchas de ellas son misiones de reconocimiento. Por si fuera a pasar algo más adelante. Pero se trata sobre todo de calmar las cosas. Allí hay muchas facciones. Si alguien pregunta, siempre decimos que nos invitó la otra. Así todos piensan que los demás tienen nuestro apoyo. Son acciones disuasorias.

—¿A quién mandamos? —insistí.

—A rangers del ejército —dijo Garber.

 

Garber me contó que Fort Kelham seguía funcionando como una escuela oficial de entrenamiento para rangers, pero que además estaban usando la base para alojar a dos compañías completas de rangers ya formados, ambas cuidadosamente seleccionadas del Regimiento Ranger 75 y designadas como Compañía Alfa y Compañía Bravo, que se desplegaban en Kosovo de encubierto de manera rotativa, un mes cada una. El relativo aislamiento de Kelham hacía que fuera el lugar clandestino perfecto. No es que sintiéramos la necesidad de ocultar nada, dijo Garber. Había muy poco personal implicado y se trataba de una misión humanitaria movida por las razones más puras. Pero Washington era Washington, y había cosas que era mejor no decir.

—¿Carter Crossing tiene departamento de policía? —pregunté.

—Sí —dijo Garber.

—Entonces déjeme adivinar. Como no están llegando a ninguna parte con la investigación del homicidio, quieren ir de pesca. Quieren añadir algunos miembros de la plantilla de Kelham a su estanque de sospechosos.

—Sí, eso es lo que quieren hacer —dijo Garber.

—Los miembros de la Compañía Alfa y de la Compañía Bravo incluidos.

—Sí —dijo Garber.

—Quieren hacerles todo tipo de preguntas.

—Sí.

—Pero no podemos permitir que le hagan ninguna pregunta a nadie, porque tenemos que mantener ocultas todas las idas y venidas de infiltrados.

—Correcto.

—¿Tenemos una causa probable?

Esperaba que Garber respondiera que no, pero en cambio dijo:

—Ligeramente circunstancial.

—¿Ligeramente? —pregunté.

—El momento es desafortunado. Janice May Chapman fue asesinada tres días después de que la Compañía Bravo regresara de su último viaje a Kosovo. Vuelan directamente desde el otro lado del Atlántico. Kelham tiene pista de aterrizaje. Ya se lo dije, es un sitio bastante grande. Aterrizan en la oscuridad para mantener el secreto. Después la compañía que regresa se pasa dos días encerrada transmitiendo informes.

—¿Y después?

—Al tercer día la compañía que regresa tiene una semana de permiso.

—Y todos salen por el pueblo.

—Por lo general sí.

—También por la calle principal y las manzanas cercanas.

—Ahí es donde están los bares.

—Y en los bares es donde conocen a las mujeres locales.

—Como siempre.

—Y Janice May Chapman era una mujer local.

—Y conocida por ser amigable.

—Estupendo —dije.

—La violaron y la mutilaron —dijo Garber.

—¿Cómo la mutilaron?

—No pregunté. No quise saber. Tenía veintisiete años. Jodie también tiene veintisiete años.

Su única hija. Su única descendencia, en general. Muy querida.

—¿Cómo está? —pregunté.

—Está bien.

—¿Dónde está ahora?

—Es abogada —dijo, como si eso fuera un lugar y no una profesión. Después él me preguntó a mí—: ¿Cómo está su hermano?

—Bien, que yo sepa —dije.

—¿Sigue en el Departamento del Tesoro?

—Que yo sepa, sí.

—Era un buen hombre —dijo Garber, como si irse del Ejército fuera morir.

No dije nada.

Garber preguntó:

—¿Entonces usted qué haría, allí en Mississippi?

Recordad que era 1997. Dije:

—No podemos dejar fuera al departamento de policía local. No en esas circunstancias. Pero tampoco podemos asumir que son expertos o que tienen recursos. Así que deberíamos ofrecerles ayuda. Deberíamos enviar a alguien. Podemos hacer todo el trabajo en la base. Si lo hizo algún tipo de Kelham, se lo entregaremos en bandeja. De esa manera se hará justicia, pero podremos esconder lo que necesitemos esconder.

—No es tan fácil —dijo Garber—. La cosa se complica.

—¿Cómo?

—El comandante de la Compañía Bravo es alguien llamado Reed Riley. ¿Lo conoce?

—Su nombre me suena.

—Y debería sonarle. Es el hijo de Carlton Riley.

—Mierda —dije.

Garber asintió:

—El senador. El presidente del Comité de Servicios Armados. Alguien a punto de ser nuestro mejor amigo o nuestro peor enemigo, dependiendo de hacia dónde sople el viento. Y usted ya sabe cómo son las cosas con las personas así. Un hijo que es capitán de infantería equivale a un millón de votos para él. Un hijo que es un héroe equivale al doble. No quiero imaginarme lo que pasaría si uno de los hombres de Reed resulta ser un asesino.

—Necesitamos alguien en Kelham ahora mismo —dije.

—Por eso usted y yo estamos teniendo esta reunión —dijo Garber.

—¿Cuándo me quiere allí?

—No lo quiero allí —dijo Garber.

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