El asunto
Cinco
Página 9 de 94
CINCO
Garber me dijo que su primera opción para el trabajo en Kelham no era yo. Era un comandante de la Policía Militar recientemente ascendido que se llamaba Duncan Munro. Familia militar, Estrella de Plata, Corazón Púrpura, etcétera, etcétera. Recientemente había realizado un gran trabajo en Corea, y en ese momento llevaba a cabo un gran trabajo en Alemania. Tenía cinco años menos que yo, y por lo que estaba escuchando era exactamente lo que yo había sido hace cinco años. Todavía no lo conocía.
—Ahora mismo está en un avión —dijo Garber—. Volando directamente hacia nosotros. Su hora estimada de llegada es mañana a última hora de la mañana.
—Usted decide —dije—. Supongo.
—Es una situación delicada —dijo.
—Evidentemente —contesté—. Demasiado delicada para mí, en todo caso.
—No se lo tome tan a pecho. Lo necesito para otra cosa. Algo que espero que considere igual de importante.
—¿Para qué?
—Trabajo de infiltrado —dijo—. Por eso estoy contento con su pelo. Andrajoso y descuidado. Hay dos cosas que hacemos muy mal cuando estamos trabajando de infiltrado. El pelo y los zapatos. Zapatos pueden comprarse en una tienda de segunda mano. Pero un pelo desarreglado no se puede comprar en cualquier momento.
—¿De infiltrado dónde?
—En Carter Crossing, por supuesto. En Mississippi. Fuera de la base. Va a aparecer por el pueblo como una especie de exmilitar vagabundo que viaja sin rumbo fijo. Conoce la clase de personas a las que me refiero. Va a ser uno de esos tipos que se sienten como en casa en esos lugares, porque es la clase de entorno al que están acostumbrados. Por lo que va a quedarse allí durante un rato. Va a entablar una relación con las fuerzas de seguridad locales y va a usar esa relación de manera clandestina para asegurarse de que tanto ellos como Munro estén haciendo todo bien.
—¿Quiere que me haga pasar por un civil?
—No es tan difícil. Todos pertenecemos a la misma especie, más o menos. Ya verá.
—¿Investigaré de manera activa?
—No. Estará allí solo para observar e informar. Como una evaluación de entrenamiento. Ya ha hecho esto antes. Quiero que sea mis ojos y mis oídos. Esto se tiene que hacer bien.
—De acuerdo —dije.
—¿Alguna otra pregunta?
—¿Cuándo salgo hacia allí?
—Mañana por la mañana, en el primer vuelo.
—¿Y qué entiende usted por hacer esto bien?
Garber hizo una pausa, se acomodó en la silla y no respondió a la pregunta.
Volví a mi cuartel y me di una ducha, pero no me afeité. Estar infiltrado es como ser actor de método. Y Garber tenía razón. Conocía a esa clase de personas. Cualquier militar las conoce. Los pueblos que están cerca de una base están llenos de tipos a los que largaron por un motivo u otro y que nunca fueron capaces de alejarse más de dos kilómetros. Algunos se quedan allí y a otros los obligan a irse, pero los que se van terminan en otro pueblo cerca de otra base. Lo mismo, pero distinto. Es lo que conocen. Es lo que les hace sentir cómodos. Conservan cierta disciplina militar que tienen incorporada de fondo, como una vieja costumbre, como hebras de ADN, pero abandonan el aseo regular. El párrafo dos del apartado ocho del capítulo uno ya no gobierna sus vidas. Así que no me afeité ni tampoco me peiné. Solo dejé que mi pelo se secara al aire.
Después dejé las cosas sobre la cama. No necesitaba ir a una tienda de segunda mano a comprar zapatos. Tenía unos que podían servir. Hacía unos doce años había estado en Reino Unido y me había comprado unos zapatos brogue marrones en una tienda de caballeros como las de antes en un pueblo completamente apartado. Eran grandes, pesados, robustos. Estaban bien cuidados, pero tenían marcas de uso. Estaban desgastados, literalmente.
Los apoyé en la cama y ahí quedaron, solos. No tenía otra prenda personal. Nada. Ni siquiera medias. Encontré en un cajón una vieja camiseta del ejército, verde oliva, de algodón, originalmente gruesa, ahora desteñida y desgastada de tantos lavados. Me imaginé que era algo que uno de estos tipos podría llegar a conservar. La puse junto a los zapatos. Después fui caminando hasta la proveeduría militar y revisé los pasillos que por lo general no frecuento. Encontré un pantalón de tela marrón y una camisa de manga larga que era esencialmente color granate, pero que la habían prelavado y eso había hecho que las costuras se destiñeran y ahora fueran más bien rosas. No me entusiasmaba demasiado, pero era la única opción que había en mi talle. Tenía el precio rebajado, lo cual para mí tenía sentido, y parecía esencialmente civil. Había visto gente usando cosas peores. Y era versátil. No estaba seguro de qué temperatura iba a hacer en marzo en el rincón noreste de Mississippi. Si hacía calor, podía arremangarme. Si hacía frío, podía desarremangarme.
Elegí unos calzoncillos blancos y calcetines color caqui, y después me detuve en la sección de aseo personal y encontré una especie de cepillo de dientes plegable. Me gustó. La parte de las cerdas estaba dentro de un estuche de plástico transparente, que se sacaba, se le daba la vuelta y se volvía a poner por el otro lado para que el cepillo tuviese la longitud adecuada para ser usado. Obviamente, estaba diseñado para un bolsillo. Era fácil de llevar y las cerdas se conservaban limpias. Una buena idea.
Mandé la ropa directamente a la lavandería, para envejecerla un poco. Nada envejece más las cosas que las lavanderías que hay en las instalaciones militares. Después caminé hasta una hamburguesería que había fuera de la base para que me sirvieran una comida tardía. Allí me encontré con un viejo amigo, un colega de la Policía Militar llamado Stan Lowrey. Habíamos trabajado juntos muchas veces. Estaba sentado delante de una bandeja con los restos de una hamburguesa de doscientos gramos y unas patatas fritas. Cogí mi comida y me deslicé frente a él. Me dijo:
—He oído que te vas a Mississippi.
—¿Dónde lo has oído? —pregunté.
—Mi sargento lo supo por un sargento del despacho de Garber.
—¿Cuándo?
—Hace más o menos dos horas.
—Estupendo —dije—. Hace dos horas ni siquiera lo sabía yo. Se acabó el secreto.
—Mi sargento dice que vas de segundón.
—Tu sargento tiene razón.
—Mi sargento dice que el investigador principal es un chaval.
Asentí:
—Voy de niñero.
—Esto huele mal, Reacher. Huele muy mal.
—Solo si el chico hace las cosas bien.
—Y podría hacerlas bien.
Le di un mordisco a mi hamburguesa y bebí un poco de café. Dije:
—De hecho, no sé si alguien podría hacer las cosas bien en este caso. Hay muchas sensibilidades en juego. Puede que no haya ninguna forma de hacerlo bien. Puede que Garber me esté protegiendo a mí y sacrificando al chico.
—Sigue soñando, amigo mío —dijo Lowrey—. Eres un caballo viejo y Garber te está reemplazando para que batee otro al final de la novena entrada con todas las bases llenas. Va a nacer una nueva estrella. Eres historia.
—Entonces tú también —respondí—. Si yo soy un caballo viejo, tú estás esperando en la puerta de la fábrica de pegamento.
—Exacto —dijo Lowrey—. Eso es lo que me preocupa. Esta misma noche empiezo a mirar ofertas de empleo.
El resto de la tarde no pasó gran cosa. Recogí la ropa de la lavandería, un poco descolorida y maltrecha por las máquinas gigantes. Estaba planchada a vapor, pero eso se corregía con un día de viaje. La dejé en el suelo, cuidadosamente apilada sobre mis zapatos. Entonces sonó el teléfono, un operador me transfirió una llamada del Pentágono y me vi hablando con un coronel llamado John James Frazer. Me dijo que trabajaba en la Oficina de Intermediación con el Senado, pero precedió ese embarazoso anuncio con toda su biografía de combate, como para que no lo juzgara de imbécil. Después dijo:
—Necesito saber inmediatamente si hay la más mínima alusión o rumor respecto a alguien de la Compañía Bravo. Inmediatamente, ¿me entiende? A la hora que sea.
—Y yo necesito saber por qué la policía local está al corriente de que la Compañía Bravo tiene su base en Kelham. Creí que debía ser un secreto.
—Entran y salen en C-5. Son aviones ruidosos.
—En medio de la noche. Así que podrían ser suministros. Armas y comida.
—Hubo un problema climático hace un mes. Tormentas en el Atlántico. Se retrasaron. Llegaron tras el amanecer. Los vieron. Y es un pueblo que convive con la base, de todos modos. Usted sabe cómo funciona. La gente del lugar reconoce los patrones. Las caras que conocen: un mes están y al siguiente no. La gente no es tonta.
—Ya hay indicios y rumores —dije—. El momento es complicado. Como usted dijo, la gente no es tonta.
—El momento podría perfectamente ser una coincidencia.
—Podría ser —dije—. Esperemos que así sea.
Frazer dijo:
—Necesito saber inmediatamente si hay algo que el capitán Riley pudo o debió saber o podría o debería haber sabido. Lo que sea, ¿de acuerdo? Cuanto antes.
—¿Es una orden?
—Es una petición de un oficial superior. ¿Hay alguna diferencia?
—¿Usted está a en mi cadena de mando?
—Considere que sí.
—De acuerdo —respondí.
—Lo que sea —repitió—. A mí, inmediatamente y de manera personal. Solo para mis oídos. A la hora que sea.
—De acuerdo —dije de nuevo.
—Hay mucho en juego. ¿Comprende? Las apuestas son muy altas.
—De acuerdo —respondí, por tercera vez.
Después Frazer dijo:
—Pero no quiero que haga nada que lo haga sentir incómodo.
Me fui a la cama temprano, con el pelo aplastado y la cara sin afeitar áspera contra la almohada, y mi reloj mental me despertó a las cinco, dos horas antes del amanecer, el viernes 7 de marzo de 1997. El primer día del resto de mi vida.