El asunto
Seis
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SEIS
Me duché y me vestí a oscuras, calcetines, calzoncillos, pantalón, mi camiseta vieja, mi camisa nueva. Me até los zapatos y guardé el cepillo de dientes en el bolsillo con un paquete de chicles y un fajo de billetes. Dejé todo lo demás. Ni DNI, ni cartera, ni reloj, ni nada. Actor de método. Me imaginé que si lo hiciera de verdad lo haría exactamente así.
Después salí. Subí la calle principal de la base, llegué hasta la caseta de vigilancia y Garber salió a recibirme. Me estaba esperando. Eran las seis de la mañana. Aún no había amanecido. Garber llevaba el uniforme de combate, presumiblemente desde hacía menos de una hora, pero parecía que hubiese pasado toda esa hora revolcándose por la tierra en una granja. Estábamos de pie bajo el resplandor amarillo de una luz de vapor. El aire era muy frío.
Garber dijo:
—¿No lleva bolso?
—¿Por qué tendría que llevarlo? —le pregunté.
—La gente lleva bolsos.
—¿Para qué?
—Para la ropa de repuesto.
—No tengo ropa de repuesto. Tuve que comprar estas prendas específicamente.
—¿Usted eligió esa camisa?
—¿Qué tiene de malo?
—Es rosa.
—Solo en algunas partes.
—Se va a Mississippi. Van a pensar que es maricón. Lo van a moler a palos.
—Lo dudo mucho —dije.
—¿Qué va a hacer cuando esa ropa esté sucia?
—No lo sé. Comprar otra, supongo.
—¿Cómo planea llegar a Kelham?
—Pensé en ir caminando hasta el pueblo y coger un autobús Greyhound hasta Memphis. Después, autostop el resto del camino. Supongo que así es como se hacen estas cosas.
—¿Ha desayunado?
—Estoy seguro de que encontraré una cafetería.
Garber hizo una pausa y preguntó:
—¿John James Frazer le ha llamado por teléfono ayer? ¿Desde la Oficina de Intermediación con el Senado?
—Sí, ha llamado —respondí.
—¿Qué impresión le dio?
—La de que estamos en graves problemas a no ser que a Janice May Chapman la haya matado un civil.
—Esperemos que sea así.
—¿Frazer está en mi cadena de mando?
—Probablemente sea más seguro asumir que sí.
—¿Qué clase de persona es?
—Una que ahora mismo está sometida a mucha presión. Su trabajo de cinco años podría irse al traste, justo cuando resulta más importante.
—Me dijo que no hiciera nada que me haga sentir incómodo.
—Tonterías —replicó Garber—. No está en el ejército para sentirse cómodo.
—Lo que alguien hace estando de permiso después de emborracharse en un bar no es culpa del comandante de la compañía —dije.
—Solo en el mundo real —respondió él—. Pero estamos hablando de política. —Después se quedó callado, solo un momento, como si tuviera muchas más cosas que decir y estuviese tratando de decidir por cuál de ellas empezar. Pero al final lo único que dijo fue—: Bueno, que tenga un buen viaje, Reacher. Manténgase en contacto, ¿de acuerdo?
El paseo hasta la estación de Greyhound fue largo pero no difícil. Solo había que poner un pie delante del otro. Me adelantaron algunos vehículos. Ninguno se detuvo para ofrecerse a llevarme. Quizás lo hubieran hecho si yo fuera de uniforme. En el corazón de Estados Unidos, los ciudadanos que viven cerca de una base por lo general tienen buena predisposición hacia sus vecinos militares. Tomé su desatención como muestra de que mi disfraz de civil era convincente. Me alegró pasar la prueba. No había intentado parecer un civil nunca. Era un territorio desconocido, algo nuevo para mí. Ni siquiera había sido nunca un civil. Supongo que técnicamente sí, durante los dieciocho años que separan mi nacimiento de West Point, pero había pasado esos años en medio de un amasijo de bases del Cuerpo de Marines, una tras otra, por la carrera de mi padre, y vivir en una base como parte de una familia militar no tenía nada que ver con la vida civil. Absolutamente nada. Así que ese paseo matutino fue para mí fresco y experimental. El sol salió detrás de mí, el aire se volvió más cálido y húmedo y se levantó una neblina desde el suelo que me llegaba hasta las rodillas. Avancé a través de ella y pensé en mi viejo colega Stan Lowrey, allí en la base. Me pregunté si habría mirado las ofertas de empleo. Me pregunté si tendría que hacerlo. Me pregunté si también yo tendría que hacerlo.
Un kilómetro antes de llegar al centro del pueblo vi una cafetería y paré a desayunar. Pedí café, por supuesto, y huevos revueltos. Sentí que me integraba bastante bien, por mi aspecto y por mi comportamiento. Había otros seis clientes. Todos civiles, todos hombres, todos sucios y descuidados para los estándares que mantenían la uniformidad en una población militar. Los seis llevaban sombrero. Seis gorras, impresas con los nombres de lo que asumí que eran fabricantes de maquinaria agrícola o proveedores de semillas. Me pregunté si debía llevar una gorra como esas. No lo había pensado, y no había visto ninguna en la tienda militar.
Terminé de comer, le pagué a la camarera y caminé sin gorra hasta el lugar donde llegaban y salían los Greyhound. Compré un billete, me senté en un banco y treinta minutos más tarde estaba en la parte de atrás de un autobús, dirigiéndome hacia el suroeste.