El asunto

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Siete

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SIETE

El viaje en autobús fue increíble, a su manera. No era una distancia extrema, no era más que una pequeña porción del gigantesco continente, no eran más que tres centímetros en un mapa de una página, pero tardamos seis horas. Al otro lado de la ventanilla las vistas cambiaban tan despacio que parecían no cambiar en absoluto, pero aun así el paisaje al final del recorrido era muy distinto al del principio. Memphis era una gran ciudad, plagada de calles mojadas, rodeada de edificios bajos pintados de apagados tonos pastel, ajetreada y bulliciosa debido a una actividad furtiva y oscura. Me bajé en la estación y me quedé de pie un momento, en la tarde brillante, escuchando los sonidos y latidos de la gente concentrada en el trabajo o en el juego. Después mantuve el sol sobre mi hombro derecho y caminé en dirección sureste. La primera prioridad era encontrar la desembocadura de una carretera ancha que saliera de la ciudad, y la segunda era encontrar algo de comer.

Aparecí en un barrio urbanizado e insalubre lleno de casas de empeño, sex shops y oficinas de fianzas, y supuse que en un lugar así conseguir que alguien me llevara iba a ser casi imposible. Incluso los conductores capaces de detenerse en plena carretera nunca lo harían en esa parte de la ciudad. Así que puse mi segunda prioridad en primer lugar, paré a comer en un bar mugriento y me resigné a una larga caminata después de eso. Buscaba una esquina con una señal de tráfico, un rectángulo grande y verde con una flecha y que dijera Oxford o Tupelo o Columbus. Según mi experiencia, alguien de pie al lado de un cartel así y con el pulgar levantado no dejaba ninguna duda en cuanto a qué quería y hacia dónde se dirigía. No hacían falta explicaciones. No era necesario que el conductor parara a preguntar, lo cual ayudaba mucho. A la gente le cuesta decir que no a la cara. A menudo seguían de largo, simplemente, para evitar ese momento. Siempre es mejor reducir la confusión.

Encontré una esquina y una señal así al final de un paseo de media hora, en el límite de lo que yo consideraba un barrio residencial, lo que significaba que el noventa por ciento de los que condujeran por allí serían respetables madres de familia volviendo a casa, lo que significaba que me ignorarían completamente. Ninguna madre respetable se detendría ante un extraño, y nadie que tuviera solo un kilómetro de viaje por delante se ofrecería a llevarme. Pero seguir caminando habría sido un avance ilusorio. Un falso ahorro. Mejor perder tiempo quieto en un lugar que hacerlo caminando y quemando energía. Incluso si nueve de cada diez coches pasaban de largo, calculé que en una hora ya estaría en viaje.

 

Y así fue. Menos de veinte minutos después una vieja pick-up frenó a mi lado y su conductor me dijo que se dirigía a un almacén de madera más allá de Germantown. Debía de estar claro que yo no entendía la geografía local, porque el tipo me dijo que si iba con él acabaría fuera de la zona urbana, solo con un camino recto hacia el noreste de Mississippi por delante. Así que me subí y otros veinte minutos más tarde estaba solo otra vez, en el arcén de una carretera polvorienta de una sola vía que avanzaba inequívocamente en la dirección hacia la que yo quería ir. Me recogió un tipo en un Buick destartalado, cruzamos juntos la frontera estatal y recorrimos sesenta kilómetros hacia el este. Después otro, en una furgoneta Chevy muy vieja pero impecable, me llevó treinta kilómetros hacia el sur por una carretera secundaria y me dejó en la que según él era la salida que yo estaba buscando. Para entonces ya era la última hora de la tarde y el sol se movía muy rápido hacia el horizonte lejano. La carretera que tenía ante mí era completamente recta, con bosques bajos a ambos lados y a lo lejos solo se veía oscuridad. Supuse que Carter Crossing se extendía a ambos lados de esa carretera, tal vez cincuenta o sesenta kilómetros hacia el este, lo cual me acercaba a cumplir la primera parte de mi misión, que consistía sencillamente en llegar hasta allí. La segunda parte consistía en ponerme en contacto con los policías locales, lo que podía resultar más difícil. No había ninguna razón convincente para que un vagabundo de paso se hiciera amigo de gente con uniforme de policía. Tampoco había ninguna forma lógica de hacerlo, más allá de ser arrestado, lo que supondría empezar la relación con mal pie.

Pero al final los dos objetivos se lograron en un solo movimiento, porque el primer coche que pasó con dirección al este fue un coche patrulla que volvía a casa. Yo estaba haciendo autostop, y el conductor se detuvo. Él hablaba y yo lo escuchaba, y en pocos minutos descubrí que parte de lo que Garber me había dicho era falso.

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