El asunto
Ocho
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OCHO
El policía se llamaba Pellegrino, como el agua con gas, aunque él no dijo eso. Me dio la impresión de que en esa parte de Mississippi la gente bebía agua del grifo. Pensándolo bien no me sorprendió que me recogiera. A los policías de pueblo siempre les interesan los forasteros misteriosos que se dirigen hacia su territorio. La manera más fácil de averiguar quiénes son es, simplemente, preguntar, y eso fue lo que hizo, enseguida. Le di mi nombre y le conté mi tapadera en un minuto. Le dije que era un militar recién retirado y que iba a Carter Crossing en busca de un amigo que podría estar viviendo allí. Le dije que el último destino de mi amigo había sido Kelham y que podría haberse quedado por la zona. Pellegrino no tuvo nada que decir al respecto. Solo desvió su mirada de la carretera vacía durante un segundo y me miró de arriba abajo, calibrando, y después asintió y miró otra vez hacia delante. Era más o menos bajo y tenía mucho sobrepeso, quizás de origen francés o italiano, con el pelo negro muy corto, la piel aceitunada y varices a ambos lados de la nariz. Tenía entre treinta y cuarenta años, y supuse que si no dejaba de comer y beber no pasaría de los cincuenta o sesenta.
Terminé de recitar mi parte y empezó a hablar él, y lo primero que descubrí fue que no era un policía de pueblo. Garber estaba técnicamente equivocado. Carter Crossing no tenía departamento de policía. Carter Crossing formaba parte del condado de Carter, y el condado de Carter tenía un Departamento del Sheriff del Condado, que tenía jurisdicción sobre todo lo que estuviera en un área de cerca de mil trescientos kilómetros cuadrados. Pero en esos mil trescientos kilómetros cuadrados no había mucho más que Fort Kelham y el pueblo, que era donde estaba la sede del Departamento del Sheriff, lo que, en cierto sentido, le devolvía la razón a Garber. Pero Pellegrino era indiscutiblemente un ayudante del sheriff, no un agente de policía, y parecía estar muy orgulloso de la diferencia.
—¿Cómo de grande es su departamento? —le pregunté.
—No muy grande —respondió Pellegrino—. Está el sheriff, al que llamamos jefe, el detective del sheriff, yo y otro ayudante de uniforme, también hay un civil que trabaja en la recepción, una mujer que se encarga del teléfono. Pero el detective está ausente indefinidamente porque está enfermo de los riñones, por lo que en realidad somos solo nosotros tres.
—¿Cuántas personas viven en el condado de Carter? —le pregunté.
—Alrededor de mil doscientas —respondió.
Me pareció mucho para tres policías. Comparativamente, sería como vigilar la ciudad de Nueva York con la mitad del Departamento de Policía de Nueva York. Pregunté:
—¿Eso incluye a Fort Kelham?
—No, ellos están separados —dijo—. Y tienen sus propios policías.
—Aun así deben tener bastante trabajo —dije—. Estamos hablando de mil doscientos habitantes y de mil trescientos kilómetros cuadrados.
—Ahora mismo tenemos mucho trabajo —dijo, pero no mencionó a Janice May Chapman.
En vez de eso habló sobre un suceso más reciente. El día anterior por la noche, al amparo de la oscuridad, alguien había aparcado un coche en las vías del tren. Garber se había vuelto a equivocar. Él pensaba que pasaban dos trenes al día, pero Pellegrino me dijo que en realidad era uno solo. Exactamente a medianoche, el pueblo se estremecía al paso de un gigantesco tren de carga de un kilómetro y medio de largo en dirección norte desde Biloxi, en la costa del golfo. El tren había arrollado al vehículo, lo había dejado totalmente destruido, lo había hecho volar por los aires muchísimos metros y lo había estrellado en el bosque. No se detuvo. Hasta donde sabían ni siquiera disminuyó la velocidad. Lo que quería decir que el maquinista ni lo había notado. Estaba obligado a parar si chocaba con algo en las vías. Era la política ferroviaria. Pellegrino creía que era posible que el tipo no se hubiera dado cuenta. Yo también. Miles de toneladas contra una, a gran velocidad, no había discusión. Pellegrino parecía estar fascinado por el sinsentido de todo el asunto. Dijo:
—O sea, ¿quién haría algo así? ¿Quién aparcaría un coche en la vía del tren? ¿Y por qué?
—¿Niños? —tanteé—. ¿Para divertirse?
—Nunca ha pasado antes. Y siempre ha habido niños aquí.
—¿No había nadie en el coche?
—No, gracias a Dios. Como dije, hasta donde sabemos solo estaba ahí aparcado.
—¿Era un coche robado?
—Aún no lo sabemos. No quedó mucho de él. Creemos que puede haber sido azul. Ardió en llamas. También quemó algunos árboles.
—¿Nadie llamó para denunciar un coche desaparecido?
—Todavía no.
—¿En qué otras cosas están trabajando? —pregunté.
Y en ese momento Pellegrino se quedó callado y no contestó, y yo me pregunté si no me habría excedido. Pero repasé mentalmente nuestro intercambio y me pareció que era una pregunta razonable. Era solo una conversación. Si una persona dice que tiene mucho trabajo pero solo menciona un coche destrozado, la otra persona tiene derecho a pedir más, ¿no? Sobre todo si viajan al atardecer de manera amigable.
Pero resultó que la vacilación de Pellegrino estaba puramente basada en una vieja cuestión de cortesía y hospitalidad sureña. Solo eso. Dijo:
—Bueno, no quiero darte una mala impresión porque es la primera vez que estás aquí. Pero han asesinado a una mujer.
—¿En serio? —pregunté.
—Hace dos días —respondió.
—¿Cómo la mataron?
Y resultó que la información de Garber era imprecisa de nuevo. A Janice May Chapman no la habían mutilado. La habían degollado, eso era todo. Y una herida mortal no es lo mismo que mutilación. No es para nada lo mismo. Ni siquiera está cerca.
—De oreja a oreja —dijo Pellegrino—. Muy profundo. Un solo tajo. Muy feo.
—Lo has visto, supongo —dije.
—Muy de cerca. Se le veían los huesos dentro del cuello. Estaba totalmente desangrada. Una mujer atractiva, muy guapa, vestida para salir, impecable, ahí en el suelo boca arriba en medio de un charco de sangre. Horrible.
No dije nada, por respeto a algo que pareció exigir el tono de Pellegrino.
—También la violaron —dijo—. El médico lo descubrió cuando le quitó la ropa y analizó el cuerpo en la camilla. A no ser que hubiese estado lo suficientemente entregada al asunto como para tirarse al suelo y rasparse el culo contra la grava. Lo que dudo mucho.
—¿La conocíais?
—La veíamos por el pueblo.
—¿Quién la mató? —pregunté.
—No sabemos —dijo—. Uno de la base. Eso pensamos.
—¿Por qué?
—Porque pasaba tiempo con ellos.
—Si su detective está de baja, ¿quién está llevando el caso? —pregunté.
—El jefe del departamento —respondió Pellegrino.
—¿Y el jefe del departamento tiene experiencia en homicidios?
—En realidad es la jefa del departamento —dijo Pellegrino—. Es una mujer.
—¿En serio?
—Es un cargo electo. La votaron a ella. —Lo dijo con un tono un tanto resignado. El tono que usa alguien cuando su equipo perdió un partido importante. Es lo que hay.
—¿Te presentaste al puesto? —pregunté.
—Nos presentamos todos —respondió—. Salvo el detective. Ya estaba mal de los riñones.
No dije nada. El coche se bamboleaba de un lado al otro. Los neumáticos de Pellegrino parecían gastados y blandos. Producían un ruido sordo de barítono sobre el asfalto. Sus faros delanteros iluminaban hasta cincuenta metros. Más allá de eso estaba todo oscuro. La carretera era recta, como un túnel entre los árboles. Los árboles estaban torcidos de manera oportunista, como hierbajos compitiendo por la luz, el aire y los minerales, como si se hubieran sembrado a sí mismos cien años antes en una tierra de cultivo abandonada. A medida que los íbamos pasando brillaban en el haz de luz, como si quedaran congelados en medio de un movimiento. Vi un cartel de hojalata en el arcén, torcido y descolorido, con agujeros oxidados del tamaño de monedas donde el esmalte se había desprendido. Anunciaba un hotel que se llamaba Toussaint’s. Prometía las ventajas de una ubicación en la calle principal y habitaciones de la más alta calidad.
—La eligieron por el apellido —dijo Pellegrino.
—¿A la sheriff?
—Estábamos hablando de ella.
—¿Por qué? ¿Cómo se llama?
—Elizabeth Deveraux —respondió.
—Bonito apellido —dije—. Pero no mejor que Pellegrino, por ejemplo.
—Su padre fue sheriff antes que ella. Era un hombre muy querido en algunos distritos. Creemos que hubo gente que votó por lealtad. O que quizás pensaban que estaban votando al viejo. Quizás no sabían que había muerto. En algunos distritos, hay cosas que llevan su tiempo.
—¿Carter Crossing es lo suficientemente grande como para tener distritos? —pregunté.
—Más bien mitades, supongo —dijo Pellegrino—. Al oeste o al este de la vía del tren.
—¿Lado bueno, lado malo?
—Como en todas partes.
—¿De qué lado está Kelham?
—Del lado este. A cinco kilómetros. Cruzando el lado malo.
—¿De qué lado está el hotel Toussaint’s?
—¿No te vas a quedar en casa de tu amigo?
—Cuando lo encuentre. Si lo encuentro. Antes necesito otro sitio.
—El Toussaint’s está bien —dijo Pellegrino—. Te dejaré allí.
Y así lo hizo. Salimos del túnel de árboles y el camino se ensanchó y el bosque se redujo a unos pequeños árboles atrofiados a derecha e izquierda, atrapados en medio de hierbajos y basura. La carretera se transformó en una cinta de asfalto que cruzaba una ancha zona de tierra del tamaño de un campo de fútbol. Llevaba hasta una curva a la derecha que daba a una calle recta entre edificios bajos. La calle principal, presumiblemente. No había planificación arquitectónica alguna. Solo construcciones, muchas viejas, la mayoría de madera, con algo de piedra en los cimientos. Pasamos por delante de un edificio en el que ponía Departamento del Sheriff del Condado de Carter, después por delante de un terreno vacío y de una cafetería de carretera, y después llegamos al hotel Toussaint’s. En algún momento había sido un sitio elegante. Estaba pintado de verde y tenía adornos, molduras y barandillas de hierro en los balcones de la planta alta. Parecía copiado de un diseño de Nueva Orleans. Tenía un letrero descolorido con su nombre y una hilera de lámparas tenues que alumbraban la fachada, tres de las cuales no funcionaban.
Pellegrino detuvo el coche patrulla y yo le agradecí por haberme llevado hasta allí y me bajé. Hizo un amplio giro en U a mis espaldas y regresó por donde habíamos venido, presumiblemente para aparcar en la explanada del Departamento del Sheriff. Subí unos escalones de madera podrida, crucé un porche de madera blanda, empujé la puerta y entré en el hotel.