El asunto

El asunto


Nueve

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NUEVE

Ya en el hotel encontré un vestíbulo pequeño y cuadrado y una recepción vacía. El suelo era de tablones de madera gastados parcialmente cubiertos con alfombras de diseño oriental bastante raídas. La recepción era un mostrador de madera maciza pulido y brillante por los años de uso y trabajo. Detrás había una matriz de pequeños casilleros en la pared. Cuatro de alto, siete de ancho. Veintiocho habitaciones. Veintisiete de los casilleros tenían la llave colgando. En ninguno había cartas, notas o alguna otra clase de comunicado.

En el mostrador había un timbre, un pequeño objeto de latón que se estaba enverdeciendo por los bordes. Llamé dos veces y un amable ring ring resonó en la sala durante un momento, pero no produjo ningún resultado. Nada. No apareció nadie. Al lado de los casilleros había una puerta cerrada, que permaneció cerrada. Un despacho, supuse. Probablemente vacío. No se me ocurrió ninguna razón para que el dueño de un hotel evitara deliberadamente duplicar su tasa de ocupación.

Me quedé allí un momento y después probé con una puerta que estaba a la izquierda del vestíbulo. Se abrió a un salón con las luces apagadas que olía a polvo, humedad y moho. En la oscuridad se veían unas siluetas abultadas que asumí que serían sillones. Ninguna actividad. Ninguna persona. Regresé a la recepción y llamé de nuevo al timbre.

No hubo respuesta.

—¿Hola? —dije en voz alta.

No hubo respuesta.

Así que desistí por el momento y volví a salir, crucé la temblorosa galería, bajé los escalones desgastados y me detuve en una sombra sobre la acera bajo una de las lámparas rotas. No había mucho que ver. Al otro lado de la calle principal había una hilera de edificios bajos. Tiendas, probablemente. Estaban todas a oscuras. Más allá de las tiendas estaba todo negro. El aire de la noche era claro, seco y ligeramente cálido. Marzo en Mississippi. Meteorológicamente hablando podría estar en cualquier parte. Se oía el sonido de la brisa en las hojas distantes, y también se oían unos pequeños ruidos granulares, como polvo en el viento o termitas comiendo madera. También oía el ventilador de un extractor en la pared de la cafetería de al lado. Aparte de eso, nada. Ningún sonido humano. Ninguna voz. Ni gente divirtiéndose, ni tráfico, ni música.

Un jueves por la noche en las proximidades de una base del Ejército.

No era normal.

 

No había comido nada desde mi almuerzo en Memphis, así que me dirigí hacia la cafetería. Era un edificio estrecho pero profundo, con la fachada hacia la calle principal. La entrada de la cocina probablemente estaba en la manzana de atrás. Pasada la puerta frontal había un teléfono público en la pared, una caja registradora y una mesa de recepción. Pasado todo eso había un pasillo largo y recto con mesas para cuatro a la izquierda y mesas para dos a la derecha. Mesas, no cabinas, con sillas separadas. Como en los bares. Los únicos clientes que había eran una pareja que me doblaba la edad. Estaban frente a frente en una mesa para cuatro. El hombre tenía un periódico y la mujer un libro. Estaban acomodados, como si disfrutaran de alargar la comida. El único personal a la vista era una sola camarera. Estaba cerca de la puerta batiente que, al fondo, llevaba a la cocina. Me vio entrar y recorrió deprisa el largo del pasillo para recibirme. Me ubicó en una mesa para dos, más o menos en la mitad de la sala. Me senté mirando al frente, dando la espalda a la cocina. No había manera de mirar las dos entradas al mismo tiempo, que es lo que yo habría elegido.

—¿Algo para beber? —me preguntó ella.

—Café solo —respondí—. Por favor.

Se fue y volvió con una taza de café y un menú.

—Una noche tranquila —dije.

Ella asintió, triste, probablemente preocupada por su propina.

—Cerraron la base —dijo.

—¿Kelham? —pregunté—. ¿La cerraron?

Ella asintió de nuevo:

—Desde esta tarde no dejan salir a nadie. Ahora están todos ahí, cenando la comida del ejército.

—¿Pasa muy a menudo?

—No había pasado nunca.

—Lo lamento —dije—. ¿Qué me recomiendas?

—¿De qué?

—De comer.

—¿Aquí? Todo está rico.

—Una hamburguesa con queso —pedí.

—Cinco minutos —dijo ella.

Se fue y yo cogí mi café y me dirigí otra vez hacia la entrada pasando junto a la mesa de recepción hasta llegar al teléfono público. Revolví en mi bolsillo y encontré tres monedas de veinticinco centavos de la vuelta de mi almuerzo, que me llegaban para una conversación breve, que era la clase de conversación que a mí me gustaba. Marqué el número del despacho de Garber, un teniente de guardia me lo pasó y él me dijo:

—¿Ya ha llegado?

—Sí —respondí.

—¿El viaje ha ido bien?

—Ha estado bien.

—¿Tiene dónde quedarse?

—No se preocupe por mí. Me quedan setenta y cinco centavos y cuatro minutos antes de comer. Necesito hacerle una pregunta.

—Pregunte.

—¿Quién le informó de todo esto?

Garber hizo una pausa.

—No se lo puedo decir —respondió.

—Bueno, sea quien sea, los detalles que maneja son un poco borrosos.

—Puede pasar.

—Y cerraron Kelham. Nadie puede salir.

—Por orden de Munro, fue lo primero que hizo cuando llegó.

—¿Por qué?

—Ya sabe cómo es. Hay riesgo de resentimiento entre el pueblo y la base. Fue una cuestión de sentido común.

—Fue un reconocimiento de culpa.

—Bueno, quizás Munro sabe algo que usted no sabe. No se preocupe por él. Lo único que tiene que hacer usted es obtener información de los policías locales.

—Estoy en ello. Uno me trajo hasta aquí.

—¿Se creyó que era un civil?

—Eso me pareció.

—Bien. Si se enteran de que usted está conectado no van a decir ni una palabra.

—Necesito que averigüe si alguien de la Compañía Bravo tiene un coche azul.

—¿Por qué?

—El policía me dijo que alguien aparcó un coche azul en las vías del tren. El tren de medianoche lo arrolló. Pudo haber sido un intento de ocultar pruebas.

—Seguramente lo habría quemado.

—Quizás era la clase de prueba que no se puede esconder con un incendio. Quizás una gran abolladura en el guardabarros o algo así.

—¿Eso cómo se relacionaría con una mujer mutilada en un callejón?

—No la mutilaron. La degollaron. Solo eso. Un corte ancho y profundo. De una sola vez, probablemente. El policía con el que hablé me dijo que se le veía hasta el hueso.

Garber hizo una pausa.

—Así les enseñan a hacerlo a los rangers —dijo.

No dije nada.

—¿Pero qué relación tiene eso con un coche? —preguntó.

—No lo sé. Quizás no está relacionado. Pero vamos a averiguarlo, ¿de acuerdo?

—Hay doscientos hombres en la Compañía Bravo. Estadísticamente habría alrededor de cincuenta coches azules.

—Y los cincuenta deberían estar aparcados en la base. Averigüemos si falta uno.

—Probablemente era un vehículo civil.

—Esperemos que sí. Trabajaré en ese sentido. Pero de cualquier forma necesito saberlo.

—Esta investigación es de Munro —dijo Garber—. No suya.

—Y necesitamos saber si alguien tiene marcas de grava en el cuerpo —continué—. Manos, rodillas y codos, quizás. De la violación. El policía dijo que Chapman presentaba lesiones de ese tipo.

—Esta investigación es de Munro —repitió Garber.

No contesté. Vi que la camarera salía de la cocina. Llevaba un plato con una hamburguesa enorme entre dos panes y una maraña de patatas fritas largas y delgadas tan grande y desordenada como el nido de una ardilla.

—Me tengo que ir, jefe. Mañana le llamo —dije. Colgué y me llevé el café a la mesa.

La camarera apoyó el plato con cierta ceremonia. La comida tenía buena pinta y olía bien.

—Gracias —dije.

—¿Puedo ofrecerle algo más?

—Puede hablarme del hotel —dije—. Necesito una habitación, pero no encontré a nadie.

La camarera se giró a medias y yo seguí su mirada en dirección a la pareja mayor acomodada en su mesa para cuatro. Seguían leyendo. La camarera dijo:

—Normalmente se quedan aquí un rato y después regresan. Ese sería el mejor momento para pillarles.

Después se marchó y me dejó solo. Comí despacio y disfruté cada bocado. La pareja no se movió de allí. Leían. La mujer le daba la vuelta a una página cada par de minutos. Con una frecuencia mucho menor, el hombre hacía un gran gesto cada vez que sacudía el pliegue de su periódico y lo doblaba de nuevo, listo para la siguiente sección. Lo examinaba atentamente. Lo leía prácticamente palabra por palabra.

 

Un poco después, la camarera volvió, recogió mi plato y me ofreció un postre. Dijo que tenía unas tartas muy buenas.

—Voy a ir a dar una vuelta —dije yo—. Volveré a pasarme, y si esos dos siguen aquí, entraré a comer una tarta. Asumo que no tienen ninguna prisa.

—Normalmente no —dijo la camarera.

Pagué la hamburguesa y el café y le dejé una propina que no era comparable con la que dejaría una habitación llena de rangers hambrientos, pero que fue suficiente para hacerla sonreír un poco. Después volví a salir a la calle. La noche se estaba poniendo fría y había un poco de niebla. Giré a la derecha y pasé por delante del terreno vacío y del edificio del Departamento del Sheriff. El coche de Pellegrino estaba aparcado allí y había luz en una ventana, lo que sugería que había alguien en una de las habitaciones. Seguí avanzando y llegué a la T en la que habíamos girado. A la izquierda estaba el camino por el que me había traído Pellegrino, cruzando el bosque. A la derecha la carretera continuaba hacia el este en medio de la oscuridad. Presumiblemente cruzaba la vía del tren y después seguía por el lado malo del pueblo hacia Kelham. Garber había descrito esa calle como un camino de tierra, y puede que alguna vez lo haya sido. Ahora era una típica carretera rural, con una superficie pedregosa cubierta de asfalto. Era totalmente recta y no estaba iluminada. Tenía unas profundas cunetas a ambos lados. Había una luna delgada en el cielo y una luz muy escasa permitía ver. Giré a la derecha y me adentré en la oscuridad.

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