El asunto

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Diez

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DIEZ

Dos minutos y doscientos metros después encontré las vías del tren. Primero vi la señal de advertencia a un lado de la carretera, dos rectángulos atornillados en aspa a noventa grados, uno con la palabra FERROCARRIL y el otro con la palabra CRUCE. El poste tenía también unas luces rojas y en algún sitio por detrás habría un timbre eléctrico dentro de una caja. Veinte metros más adelante, las cunetas terminaban abruptamente, y la propia vía se subía a un montículo, brillando débilmente a la luz de la luna, dos raíles paralelos que avanzaban no muy nivelados y no del todo rectos hacia el norte y hacia el sur, dando la impresión de estar viejos, desgastados y con escaso mantenimiento. El suelo de grava era tosco y compacto. Le crecían hierbas por todas partes. Me detuve sobre donde se empataban los raíles a un lado y al otro. Veinte metros al norte, a la izquierda, se veía la silueta sombría de una vieja torre de agua en ruinas, que todavía conservaba una manguera ancha y blanda, como la trompa de un elefante, que debió de estar conectada a la red de agua de Carter Crossing en algún momento y que en algún momento debió de servir para recargar las ávidas locomotoras de vapor que paraban allí.

Giré 360 grados en la oscuridad. Había una quietud y un silencio absoluto por todas partes. Sentí un olor a carbón en el aire nocturno, quizás desde el lugar donde el coche azul había quemado los árboles al norte. Sentí también un ligero olor a carne asada que venía del este, donde supuse que estaba el resto del municipio, en el lado malo de las vías. Pero en esa dirección todo estaba oscuro. Solo parecía sugerirse un hueco en el bosque, por donde pasaba la carretera, nada más.

Cuando estaba desandando lo andado, con la dura carretera bajo mis pies y pensando en un trozo de tarta, vi unas luces a lo lejos. Era un coche grande o una pequeña furgoneta que venía directamente hacia mí, avanzando despacio. Por un momento tuve la impresión de que iba a girar hacia la calle principal, pero luego pareció cambiar de opinión. Quizás me había visto. Se enderezó de nuevo y siguió avanzando. Yo continué caminando. Era una pick-up de morro corto. Se hundía y bamboleaba en los desniveles de la carretera. Sus luces subían y bajaban entre la niebla. Yo escuchaba el borboteo húmedo de un motor V-8 muy usado.

Se acercó por el carril contrario, frenó a seis metros de mí y se quedó allí con el motor en marcha. Yo no podía ver quién había dentro. Por el resplandor. Seguí caminando. No iba a meterme entre la hierba, y el arcén se estrechaba demasiado por la cuneta que había a mi derecha, así que mantuve un rumbo que me haría pasar al lado de la puerta del conductor. El conductor vio que me acercaba, y cuando estaba a tres metros de él, bajó su ventanilla y apoyó la muñeca izquierda en la puerta con su codo interrumpiendo mi camino. Entonces ya había luz suficiente como para poder distinguirlo. Era un civil, blanco, robusto, con una camiseta remangada sobre un brazo grande, peludo y cubierto de tinta. Tenía el pelo largo y hacía por lo menos una semana que no se lo lavaba.

Tenía tres opciones.

La primera: detenerme y hablar con él.

La segunda: avanzar por la hierba entre el asfalto y la cuneta y pasar de largo.

La tercera: romperle el brazo.

Elegí la primera opción. Me detuve. Pero no dije nada. No inmediatamente. Simplemente me quedé allí.

En el asiento del pasajero había otro hombre. De la misma clase. Peludo, tatuado, con pelo largo, mugre y grasa. Pero no eran idénticos. Era un primo, quizás, y no un hermano. Los dos me miraban fijamente, con la insolencia engreída y de bajo voltaje que ciertos forasteros reciben en ciertos bares. Yo los miré fijamente a ellos. No soy ese tipo de forastero.

—¿Quién eres y adónde vas? —preguntó el conductor.

Yo me quedé callado. Soy bueno callando. No me gusta hablar. Si tuviera que hacerlo, podría pasar el resto de mi vida sin decir una sola palabra más.

—Te he hecho una pregunta —insistió el conductor.

Yo pensé: dos preguntas, de hecho. Pero no dije nada. No quería tener que pegarle. No con mis manos. No soy un maniático de la higiene, pero ante un tipo como aquel iba a sentir la necesidad de lavarme bien, a conciencia, con buen jabón, sobre todo si una tarta me estaba esperando. Así que, en vez de eso, decidí darle una patada. Vi los movimientos en mi mente: abre la puerta, baja, rodea la puerta para acercarse hacia mí, y después cae, vomitando y retorciéndose con la mano en la entrepierna.

Nada complicado.

—¿Hablas inglés? —preguntó.

No dije nada.

El del asiento del acompañante dijo:

—Quizás es mexicano.

—¿Eres mexicano? —volvió a preguntar el conductor.

No respondí.

—No parece mexicano. Es demasiado grande —dijo.

Lo que a grandes rasgos era cierto, aunque yo había oído hablar de un mexicano llamado José Calderón Torres que medía dos metros treinta, es decir, treinta centímetros más que yo. Y me acordaba de otro, José Garcés, que en las Olimpíadas de Los Ángeles había levantado más de ciento noventa kilos en dos tiempos, lo que probablemente equivalía al peso de los dos tipos del camión juntos.

—¿Vienes de Kelham? —preguntó el conductor.

Hay riesgo de resentimiento entre el pueblo y la base, había dicho Garber. A la hora de la verdad, la gente es siempre tribal. Quizás esos tipos conocían a Janice May Chapman. Quizás no entendían por qué había salido con militares y no con ellos. Quizás nunca se habían mirado al espejo.

No dije nada. Pero no seguí caminando. No quería dejar a la camioneta libre a mis espaldas. No en un lugar aislado, no en una oscura carretera rural. Me quedé allí, mirándoles fijamente a los ojos, primero a uno y después al otro, con poco más que franqueza, escepticismo y algo de diversión en mi cara. Es una mirada que normalmente funciona. En ciertas personas, normalmente, provoca algo.

Primero provocó al acompañante.

Bajó la ventanilla y se asomó casi por completo, hasta la cintura, girando el torso e inclinándose hacia delante para mirarme de frente por encima del capot. Se agarró fuerte al pilar con una mano y empezó a mover la otra trazando un arco rápido y violento, como si hiciera sonar un látigo o me estuviera tirando algo. Dijo:

—Estamos hablando contigo, gilipollas.

No dije nada.

—¿Se te ocurre alguna razón para que no me baje de aquí y te muela a palos? —gritó.

—Se me ocurren doscientas seis razones —respondí yo.

—¿Qué? —dijo él.

—Es la cantidad de huesos que tienes en el cuerpo. Podría rompértelos todos antes de que me pongas un dedo encima.

Eso hizo que su compañero reaccionara. Su instinto lo empujó a salir en defensa de su amigo y asumir el desafío. Se asomó todavía más por su ventanilla y dijo:

—¿Tú crees?

—¿En mí? Normalmente todo el rato —respondí—. Es una buena costumbre.

Lo cual lo dejó con la boca cerrada, mientras trataba de entender qué había querido decir con eso. Repasó mentalmente la conversación. Moviendo los labios.

—Sigamos cada uno a lo suyo y dejémonos en paz —dije—. ¿Vosotros dónde dormís?

Ahora era yo el que hacía las preguntas y ellos los que no las contestaban.

—Me dio la impresión de que estuvisteis a punto de girar hacia la calle principal —dije—. ¿Es vuestro camino a casa?

No hubo respuesta.

—¿Qué? ¿No tenéis casa? —pregunté.

—Tenemos una —respondió el conductor.

—¿Dónde?

—Un kilómetro y medio más allá de la calle principal.

—Pues entonces volved allí. Encended la tele, bebed cerveza. No os preocupéis por mí.

—¿Eres de Kelham?

—No —dije—. No soy de Kelham.

Los tipos se quedaron callados, se desinflaron como los globos gigantes de los desfiles y volvieron a entrar en el coche por las ventanillas, de vuelta a la cabina, de vuelta a sus asientos. Oí cómo la palanca de cambios de la camioneta arrancaba marcha atrás a toda velocidad, derrapando y sacudiéndose, girando 180 grados, levantando polvo y haciendo chirriar los neumáticos, y cómo finalmente se alejaba, frenaba en seco y giraba en la calle principal. Cómo después se perdía de vista tras el Departamento del Sheriff. Exhalé y empecé a caminar de nuevo. No hubo daños. Las mejores peleas son las que no se tienen, me dijo una vez alguien muy sabio. No siempre seguía su consejo, pero aquella vez me alegré de irme con las manos limpias, literal y metafóricamente.

Entonces vi que otro coche se acercaba. Hizo lo mismo que había hecho la camioneta. Parecía que iba a girar pero, tras una pausa, enderezó el rumbo y se dirigió hacia mí. Era un coche de policía. Lo reconocí por la forma y por el tamaño, y porque podía ver la silueta de la barra luminosa en el techo. Al principio supuse que sería Pellegrino patrullando, pero cuando el coche se acercó, apagó las luces y vi que iba una mujer al volante, Mississippi se volvió de repente mucho más interesante.

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