El asunto
Once
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ONCE
El coche se acercó por el carril contrario y se detuvo a mi lado. Era un viejo Chevy Caprice de patrulla con los colores del Departamento del Sheriff del Condado de Carter. La mujer que iba al volante tenía una masa rebelde de pelo oscuro, entre ondulado y rizado, recogido hacia atrás en algo que se parecía a una coleta. Tenía una cara blanca y perfecta. Estaba muy hundida en el asiento, lo que podía significar que ella era baja o que el asiento estaba vencido por los años de uso. Resolví que el asiento estaba vencido, porque sus brazos eran largos y sus hombros no parecían los de alguien bajito. Calculé que tendría alrededor de treinta y cinco años, lo suficientemente mayor como para haber recorrido muchos kilómetros, lo suficientemente joven como para seguir encontrando algo de diversión en el mundo. Sonreía levemente, y la sonrisa llegaba hasta sus ojos, que eran grandes, oscuros, líquidos y parecían tener cierto brillo. Aunque podía ser el reflejo de la luz sobre el cuadro de mandos del Chevy.
Bajó la ventanilla y me miró de frente, primero a la cara, después de arriba abajo y de un lado al otro, cuidadosamente, como evaluándome, desde los zapatos hasta el pelo, con una mirada que solo mostraba franqueza. Me acerqué para que pudiera verme mejor y también para verla mejor. Era más que perfecta. Era espectacular. Llevaba un revólver en una funda en la cadera derecha, y a su lado tenía una escopeta con el cañón hacia abajo en otra funda más grande montada entre los asientos. En el asiento del copiloto había un gran equipo de radio colgado del salpicadero y un micrófono con un cable en espiral sujeto a un gancho cerca del volante. El coche estaba viejo y gastado, y casi con toda seguridad se lo habían comprado de segunda mano a un municipio con más presupuesto.
—Tú eres el tipo que trajo Pellegrino —dijo.
Su voz era tranquila pero clara, cálida pero no suave, y su acento parecía de la zona.
—Sí, señora, soy yo —respondí.
—Reacher, ¿no? —pregunté.
—Sí, señora, soy yo —repetí.
—Elizabeth Deveraux. Soy la sheriff —dijo.
—Encantado de conocerte —dije yo.
Hizo una pequeña pausa y añadió:
—¿Ya has cenado?
Asentí.
—Pero no tomé postre —dije—. De hecho, ahora mismo estaba yendo a la cafetería a comerme un trozo de tarta.
—¿Sueles salir a pasear entre un plato y otro?
—Estaba esperando a los dueños del hotel. No parecían tener mucha prisa.
—¿Vas a pasar la noche ahí? ¿En el hotel?
—Eso espero.
—¿No vas a quedarte en casa del amigo que has venido a buscar?
—Todavía no lo he encontrado.
Asintió.
—Necesito hablar contigo —dijo—. Búscame en la cafetería. En cinco minutos, ¿vale?
En su voz había autoridad pero no amenaza. No tenía nada planeado. Solo era esa clase de mando natural que supuse le venía de ser, primero, hija de sheriff, y después sheriff ella misma.
—Vale —respondí—. En cinco minutos.
Subió la ventanilla, dio marcha atrás y dio media vuelta con una versión más lenta de la misma maniobra que habían hecho los tipos de la camioneta. Encendió los faros delanteros de nuevo y se alejó. Vi brillar las luces rojas de freno y la vi girar en la calle principal. Yo seguí a pie, sobre la hierba, entre el asfalto y la cuneta.
Llegué a la cafetería mucho antes de los cinco minutos que me habían dado y vi el coche patrulla de Elizabeth Deveraux aparcado en la puerta. Ella estaba en la misma mesa que había ocupado yo. La pareja del hotel ya había levantado su campamento. Más allá de Deveraux y de la camarera, el local estaba vacío.
Entré. Deveraux no dijo nada pero por debajo de la mesa empujó un poco hacia fuera con el pie la silla que tenía enfrente. Era una invitación. Casi una orden. La camarera entendió el mensaje. No trató de sentarme en otro lugar. Claramente Deveraux ya había pedido. Yo le dije a la camarera que me trajera un trozo de la mejor tarta y otro café. Se fue a la cocina y el silencio se apoderó de la sala.
De cerca y en persona, tenía que admitir que Elizabeth Deveraux era una mujer muy atractiva. Realmente hermosa. Fuera del coche era relativamente alta y tenía un pelo increíble. Solo la coleta debía pesar dos kilos. Tenía las facciones adecuadas en proporciones adecuadas. El uniforme le quedaba muy bien. Bueno, a mí me gustaban las mujeres de uniforme, posiblemente porque había conocido muy pocas que no lo llevaran. Pero lo mejor de todo era su boca. Y sus ojos. Las dos cosas juntas le daban a su cara una vivacidad incisiva y graciosa, como si tuviese la capacidad de permanecer fría, tranquila y serena en cualquier situación, pasara lo que pasara, y después la capacidad de encontrar en ella algún elemento que le hiciera sonreír. Sus ojos seguían estando iluminados. No era por el cuadro de mandos del Chevy.
—Pellegrino me dijo que has estado en el Ejército —soltó.
Hice una pausa. El trabajo de infiltrado se basa en mentir, y no me había importado mentirle a Pellegrino. Pero por algún motivo que desconocía no quería mentirle a Deveraux. Así que le dije:
—Hace seis semanas estaba en el Ejército.
Lo cual era técnicamente cierto.
—¿En qué rama?
—Principalmente en el 110 —respondí. También era verdad.
—¿Infantería?
—Era una unidad especial. Operaciones combinadas, básicamente.
Lo que era técnicamente verdad.
—¿Quién es el amigo al que buscas?
—Se llama Hayder —dije.
Una completa invención.
—Debe haber sido de infantería —dijo Deveraux—. En Kelham todos lo son.
Asentí.
—Regimiento Ranger 75 —dije.
—¿Era instructor? —preguntó.
—Sí —respondí.
Ella asintió:
—Son los únicos que están aquí el tiempo suficiente como para querer quedarse después.
No dije nada.
Ella dijo:
—Nunca he oído hablar de él.
—Entonces tal vez se mudó de nuevo.
—¿Cuándo podría haberse ido?
—No estoy seguro. ¿Hace cuánto que eres sheriff?
—Dos años —dijo—. El tiempo suficiente como para conocer a la gente del lugar.
—Pellegrino dijo que habías estado toda tu vida aquí. Quiero decir, por lo de conocer a la gente del lugar.
—No es verdad —respondió—. No he estado aquí toda mi vida. Estuve aquí de niña y estoy aquí ahora. Pero pasaron años entre una cosa y otra.
Su tono sonó un poco nostálgico. Pasaron años entre una cosa y otra. Le pregunté:
—¿Qué hiciste en esos años?
—Tenía un tío rico —me dijo—. Recorrí el mundo a su costa.
Y en ese momento sospeché que estaba metido en problemas. En ese momento sospeché que mi misión estaba a punto de fracasar. Porque había oído antes esa respuesta.