El asunto

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Doce

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DOCE

La camarera trajo mi postre y el plato principal de Elizabeth Deveraux. Deveraux había pedido lo mismo que yo, la gran hamburguesa con queso y el nido de patatas fritas. La tarta era de melocotón y el trozo que me trajo la camarera tenía un tamaño similar al de un home plate de las Grandes Ligas. Era más grande que el plato en el que me la había servido. El café me lo trajo en una taza grande de cerámica. A Deveraux le trajo agua en un vaso cascado por el borde.

Es mejor dejar que se enfríe una tarta que una hamburguesa con queso, por lo que asumí que yo tenía la posibilidad de hablar mientras que a Deveraux no le quedaba más remedio que comer, escuchar y hacer algunos comentarios. Así que empecé:

—Pellegrino me ha dicho que tenéis mucho trabajo.

Deveraux asintió mientras masticaba.

—Un coche destrozado y una mujer muerta —continué.

Asintió de nuevo y con la punta del dedo meñique condujo una gota de mayonesa de nuevo dentro de la boca. Un gesto elegante para una acción que no lo es tanto. Tenía las uñas cortas, limpias y bien cuidadas. Sus manos eran delgadas y fibrosas, y estaban un poco morenas. Buena piel. Sin anillos. Ninguno. Tampoco en el dedo anular.

—¿Algún avance en algo de eso? —pregunté.

Tragó, sonrió y levantó la mano como un policía de tráfico. Stop. Frena. Dijo:

—Dame un minuto, ¿sí? No hables más.

Así que me puse con mi tarta, que estaba rica. La masa era dulce y los melocotones estaban frescos. Probablemente eran productos de la zona. O quizás de Georgia. No sabía mucho sobre cultivo de frutas. Ella comía, con la hamburguesa en la mano derecha y cogiendo las patatas fritas una a una con la mano izquierda, con sus ojos fijos en los míos durante la mayor parte del tiempo. La grasa de la carne hacía que le brillaran los labios. Era delgada. Debía de tener el metabolismo de un reactor nuclear. De vez en cuando tomaba largos tragos de agua. Yo vacié mi taza. El café estaba bueno, pero no tan rico como la tarta.

—¿El café no te mantiene despierto? —preguntó.

Asentí:

—Hasta que tengo ganas de dormir. Para eso está.

Bebió un último trago de agua y dejó un borde de pan y seis o siete patatas fritas en el plato. Se limpió la boca con la servilleta y después las manos. Luego la dobló y la dejó al lado de su plato. Había terminado la cena.

—¿Entonces estáis avanzando? —insistí.

Sonrió como para sus adentros, se inclinó hacia un lado alejándose un poco de la mesa, ayudándose con las manos para aumentar el ángulo, y me miró de nuevo, despacio, trazando un recorrido sinuoso desde mis pies en la sombra hasta mi cabeza. Me dijo:

—Eres bastante bueno. Nada de lo que avergonzarse, en serio. No es tu culpa.

—¿Qué no es mi culpa? —pregunté.

Se inclinó hacia atrás en su silla. Su mirada seguía fija en la mía. Dijo:

—Mi padre fue sheriff aquí antes que yo. Desde que nací, de hecho. Ganó cerca de veinte elecciones consecutivas. Era firme, pero justo. Y honesto. Sin miedos ni preferencias. Era un buen funcionario público.

—No me cabe duda —dije.

—Pero a mí no me gustaba mucho el pueblo. De niña. O sea, ¿te imaginas? Está en medio de la nada. Los libros nos llegaban por correo. Yo sabía que había un mundo ahí fuera. Por lo que me tenía que ir.

—No te culpo —dije.

—Pero hay ideas que se te meten en la cabeza —continuó—. Como el servicio público. Como las fuerzas de seguridad. Uno empieza a sentir que es un negocio familiar, como cualquier otro.

Asentí. Tenía razón. En lo que respecta a las fuerzas de seguridad, los hijos siguen los pasos de sus padres mucho más que en el resto de las profesiones. Salvo el béisbol. Es ochocientas veces más probable que el hijo de un jugador de béisbol profesional llegue a las Grandes Ligas a que lo haga cualquier otro chico.

—Así que míralo desde mi punto de vista —dijo—. ¿Qué crees que hice cuando cumplí dieciocho años?

—No lo sé —respondí.

Aunque para entonces estaba bastante seguro de que sí lo sabía, más o menos, y no me hacía ninguna gracia.

—Me fui a Carolina del Sur y me alisté en el Cuerpo de Marines —dijo.

Yo asentí. Era peor de lo que esperaba. Por algún motivo había pensado en las Fuerzas Aéreas.

—¿Cuánto tiempo? —le pregunté.

—Dieciséis años.

De lo que resultaba que tenía treinta y seis. Dieciocho años en la casa familiar, dieciséis como infante de marina y dos como sheriff del condado de Carter. La misma edad que yo.

—¿En qué rama del Cuerpo de Marines? —le pregunté.

—En la oficina del capitán preboste.

Miré hacia otro lado.

—Fuiste policía militar —dije.

—Servicio público y fuerzas de seguridad —dijo—. Maté dos pájaros de un tiro.

La miré de nuevo, vencido.

—¿Con qué rango te retiraste? —le pregunté.

—Oficial técnico jefe de grado 5 —respondió.

Oficial técnico jefe de grado 5. Alguien experto en un campo específico especializado. El lugar ideal, en el que se lleva a cabo el verdadero trabajo.

—¿Por qué lo dejaste? —le pregunté.

—Rumores —respondió—. Los soviéticos se habían ido, planeaban reducir los efectivos. Supuse que me sentiría mejor yéndome de manera voluntaria que si me echaban. Además mi padre murió, y no podía permitir que el pueblo quedara a cargo de un imbécil como Pellegrino.

—¿Dónde estuviste destinada? —le pregunté.

—En todas partes —dijo—. Mi tío rico era el Tío Sam. Me llevó a recorrer el mundo. A algunos lugares mereció la pena ir y a otros no.

No dije nada. La camarera regresó y retiró nuestros platos vacíos.

—De cualquier forma —continuó Deveraux—. Te estaba esperando. Para serte sincera, esto es exactamente lo que nosotros hubiésemos hecho, de estar en las mismas circunstancias. ¿Un homicidio a la salida de un bar cerca de una base? ¿Una especie de gran secreto o de sensibilidad en la base? Habríamos puesto un investigador en la base y habríamos mandado a otro al pueblo, infiltrado.

Me quedé callado.

Ella dijo:

—La idea hubiese sido, por supuesto, que el agente infiltrado se mantuviese bien atento a lo que pasaba y que luego interviniese para impedir que la gente del pueblo avergonzara al Cuerpo. Es decir, que interviniese si era estrictamente necesario. Esa era una política que yo apoyaba entonces, naturalmente. Pero ahora yo soy la gente del pueblo, por lo que ya no la puedo apoyar.

No dije nada.

—No te sientas mal —continuó—. Lo estabas haciendo mejor de lo que lo hacían algunos de los nuestros. Me encantan los zapatos, por ejemplo. Y el pelo. Eres bastante convincente. Tuviste un poco de mala suerte, eso es todo, siendo yo quien soy. Aunque el momento no era el más indicado, ¿no crees? Pero bueno, nunca es el momento indicado. No veo cómo podría serlo. Y, para ser honesta, no eres muy bueno mintiendo. No deberías haber dicho el 110. Conozco el 110, por supuesto. Eran casi tan buenos como nosotros. Pero en serio, ¿Hayder? Es un apellido demasiado raro. Y los calcetines caqui son un error. Es obvio que son de la tienda militar. Es probable que los hayas comprado ayer. Yo uso los mismos.

—No quería mentir —dije—. No me pareció correcto. Mi padre era marine. Quizás percibí que tú también.

—¿Él era marine y tú te alistaste en el Ejército? ¿Fue un acto de rebeldía?

—No sé lo que fue —respondí—. Pero en ese momento sentí que era lo correcto.

—¿Y ahora cómo te sientes?

—¿Justo ahora? No demasiado bien.

—No te sientas mal —repitió—. Fue un buen intento.

Me quedé callado.

—¿Cuál es tu rango? —preguntó ella.

—Comandante —dije yo.

—¿Debería hacer el saludo militar?

—Solo si quieres.

—¿Sigues en el 110?

—Temporalmente. Mi base ahora mismo es la del 396 de la Policía Militar. La División de Investigación Criminal.

—¿Hace cuántos años que estás ahí?

—Trece. Más West Point.

—Es un honor. Quizás sí debería hacer el saludo militar. ¿A quién mandaron a Kelham?

—A un tipo que se llama Munro. Del mismo rango que yo.

—Eso es confuso —dijo.

—¿Están avanzando? —pregunté.

—No te rindes, ¿verdad? —dijo.

—Rendirse no era uno de los objetivos de la misión. Ya sabes cómo es esto.

—Vale, negociaré —dijo—. Una respuesta por otra. Y luego te largas. Te vas con la primera luz del día. De hecho, haré que Pellegrino te lleve de nuevo hasta el lugar en el que te montaste en su coche. ¿Trato hecho?

¿Qué alternativa tenía?

—Trato hecho —acepté.

—No —dijo—. No estamos avanzando. Ni lo más mínimo.

—Vale —dije—. Gracias. Te toca.

—Obviamente, me ayudaría saber si tú eres la estrella o si la estrella es el tipo que enviaron a Kelham. Es decir, respecto a lo que piensan ahora en el ejército. Respecto al reparto de probabilidades, ¿creen que el problema está de puertas para dentro o puertas para fuera? Así que, ¿tú eres el jefazo? ¿O es el otro?

—¿Quieres una respuesta sincera?

—Eso es lo que esperaría del hijo de un marine.

—La respuesta sincera es que no lo sé —dije.

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