El asunto

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Ochenta y cuatro

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OCHENTA Y CUATRO

Salimos por la cocina, en fila, y usamos la puerta trasera de la cafetería, porque esa era la ruta más rápida para regresar al Humvee. El sargento iba adelante. Yo estaba encerrado entre los dos especialistas. Uno me apoyaba la mano en la espalda y me empujaba, y el otro agarraba la parte de adelante de la chaqueta, y tiraba de mí. El aire de la noche llegaba limpio, ni caliente ni frío. La zona de tierra batida estaba llena de coches aparcados. Había gente cincuenta metros a mi izquierda, todos hombres, todos de uniforme, todos tranquilos y con su mejor conducta, todos reunidos más o menos en semicírculo frente al Brannan’s, como una aureola viviente detrás de la cabeza de un santo, o como una multitud desordenada viendo una pelea. La mayoría tenía botellas de cerveza en la mano, probablemente compradas en otro lado y llevadas hasta allí para estar cerca de la atracción principal. Supuse que el senador estaba disfrutando mucho de la atención que recibía, y supuse que su hijo fingía no estar disfrutándola tanto.

El Humvee parecía anchísimo y enorme entre los vehículos normales. Lo que era cierto. Al lado, aparcado a una distancia respetuosa, había un sedán verde liso sin identificar. El coche que le habían prestado a Reed Riley, supuse, segundo en la explanada y aparcado junto a la furgoneta para realzar su imagen de tipo duro. Puro instinto para un político.

El sargento aminoró el paso y el resto de nosotros nos apretamos detrás de él, y después retomamos la marcha siguiendo un nuevo vector, derecho hacia la furgoneta, ni rápido ni despacio. Nadie nos prestó atención. Éramos tan solo cuatro siluetas oscuras, y todos los demás estaban mirando hacia otra parte.

El Humvee no estaba cerrado con llave. El sargento abrió la puerta trasera de la izquierda y los especialistas se cerraron a mis espaldas y no me dejaron más alternativa que subirme. El interior olía a tela y sudor. El sargento esperó hasta que los especialistas estuvieran dentro, uno en el asiento del acompañante y el otro junto a mí en la parte de atrás, al otro lado del ancho túnel de transmisión, ambos mirándome y vigilándome atentamente, y después se sentó en el asiento del conductor, apretó el botón y encendió el motor, que se reguló durante un segundo con un fuerte ruido. El sargento se acomodó en su asiento y se preparó para partir. Encendió los faros delanteros. Metió primera. Empezó a avanzar sobre un terreno irregular y de manera un poco imprecisa, a baja velocidad. Se dirigió al norte, hacia la carretera que llevaba a Kelham, pasando junto a las hileras de coches aparcados y por la parte de atrás del Departamento del Sheriff. Miró por el retrovisor por pura costumbre, y después miró hacia la izquierda y se preparó para girar a la derecha treinta metros más adelante.

—¿Para qué están entrenados? —le pregunté.

—Sistema de defensa aérea portátil —dijo él.

—¿No para hacer trabajo policial?

—No.

—Me he dado cuenta —dije—. No me han registrado. Deberían haberlo hecho.

Saqué mi Beretta con la mano derecha. Me estiré hacia delante y le cogí del cuello de la chaqueta con la mano izquierda, apretando lo suficiente como para estrangularlo. Tiré de él hacia atrás con fuerza contra su asiento. Le clavé el cañón del arma contra la parte de atrás de su hombro derecho, justo por encima de la axila. Los Humvees son bastante robustos, también los armazones de sus asientos. Lo tenía atrapado contra un objeto imposible de mover. No se iba a ir a ningún lado. Ni siquiera iba a poder respirar, a no ser que yo lo dejase.

—Quedémonos todos sentados quietos y mantengamos la calma —dije.

Todos obedecieron, debido al lugar donde tenía apoyada el arma. En la oreja o en el cuello no habría funcionado. No habrían creído que estuviera preparado para matarlo. No a un militar, por desesperado que yo estuviera. Pero una herida no fatal en la carne blanda a la derecha de su omóplato era plausible. Y terrible. Habría terminado con su carrera. Habría terminado con su vida tal como la conocía, sin nada por delante más que dolores atroces, controles de discapacidad y utensilios domésticos para zurdos.

Solté el cuello de su chaqueta uno o dos centímetros pero lo mantuve apretado contra el respaldo del asiento.

—Gira a la izquierda —dije.

Giró a la izquierda, por la carretera que iba en dirección este-oeste.

—Sigue avanzando —dije.

Siguió avanzando, por el túnel recto que atravesaba los árboles, alejándose de Kelham hacia Memphis.

—Más rápido —dije.

Aceleró, y poco después la furgoneta se sacudía a casi cien kilómetros por hora. Y entonces entramos en el reino de la simple aritmética. Eran las nueve de la noche, la carretera tenía sesenta y cinco kilómetros de largo y las posibilidades de que nos cruzáramos con algo de tráfico eran bajas. Calculé que con un recorrido de treinta minutos, de cincuenta kilómetros, todas nuestras necesidades quedarían satisfechas.

—Sigue —dije.

Y el tipo siguió.

 

Treinta minutos más tarde estábamos en un punto sin ninguna característica en particular cincuenta kilómetros al oeste de Carter Crossing y quizás a unos quince kilómetros de la carretera secundaria que llevaba a Memphis. Dije:

—Vale, ya estamos bastante lejos. Paremos aquí.

Yo seguía tirando del cuello de su chaqueta hacia un lado y empujando hacia el otro con el arma, y el tipo sacó el pie del acelerador, llevó el coche hacia el lateral de la carretera y frenó. Puso la palanca de cambios en parking, sacó las manos del volante y se quedó sentado como si supiera lo que venía a continuación. Quizás sabía, y quizás no. Giré la cabeza, miré al que tenía al lado y dije:

—Quítate las botas.

Y en ese momento todos supieron lo que venía a continuación, y hubo una pausa, como si se estuviera preparando un motín, pero esperé hasta que el que tenía al lado se encogió de hombros y se echó hacia delante para llevar a cabo su tarea.

—Ahora los calcetines —dije.

Se los sacó, hizo una pelota con cada uno y los guardó en las botas, como buen soldado.

—Ahora la chaqueta —dije.

Se sacó la chaqueta.

—Ahora los pantalones —dije.

Hubo otra pausa muy, muy larga, pero luego el tipo levantó el culo del asiento y se bajó los pantalones. Miré al que iba de copiloto y dije:

—Tú también, las mismas cuatro cosas.

Se puso a hacerlo enseguida, y después le obligué a ayudar a su sargento. No iba a permitir que se echara hacia delante y se apartara de mí. No en ese momento. Cuando terminaron miré de nuevo al que tenía al lado y dije:

—Ahora bájate de la furgoneta y camina veinte pasos hacia delante.

—Más te vale que no nos encontremos de nuevo, Reacher —dijo el sargento.

—No, espero que sí nos encontremos —dije—. Porque después de reflexionar mucho estoy seguro de que querrás agradecerme que no te haya lastimado. Cosa que podría haber hecho, maldito aficionado inútil.

No hubo respuesta.

—Bájate de la furgoneta —repetí.

Al minuto los tres estaban de pie en la carretera, dentro del haz de luz de los faros delanteros, descalzos, sin pantalones, solo con camiseta y calzoncillos. Estaban a cincuenta kilómetros de donde querían estar, lo que en la mejor de las circunstancias suponía una caminata de siete u ocho horas, y nadie definiría estar descalzo en una carretera rural como la mejor de las circunstancias. E incluso si por algún milagro pasaba algún coche, no tenían ninguna oportunidad de que los llevaran. Ninguna oportunidad. Nadie en su sano juicio se detendría en la oscuridad para recoger a tres hombres sin pantalones que están haciendo señas agitadamente en medio de la nada.

Me pasé al asiento del conductor, di marcha atrás durante cien metros y después di media vuelta y empecé a volver por donde habíamos venido, sin más compañía que el ruido del motor y el olor agrio de las botas y los calcetines. Mi reloj mental marcaba las nueve y media, y calculé que si reducir la carga permitía que el Humvee alcanzara los ciento cinco kilómetros por hora, podría estar de nuevo en Carter Crossing a las diez y tres minutos.

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