El asunto

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Trece

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TRECE

Elizabeth Deveraux pagó su hamburguesa, mi tarta y mi café, lo que me pareció un detalle, así que yo dejé la propina, lo que hizo sonreír de nuevo a la camarera. Salimos juntos a la acera y nos quedamos un momento de pie junto al viejo Caprice. La luna se había vuelto más brillante. La capa de nubes altas y finas se había retirado. Se veían las estrellas.

—¿Te puedo hacer otra pregunta? —le dije.

Deveraux se puso inmediatamente en guardia:

—¿Sobre qué?

—Sobre el pelo —dije—. Se supone que el nuestro debe ajustarse a la forma de la cabeza. Adecuado, lo llaman. Curvándose hacia dentro hasta su terminación natural en la base del cuello. ¿Qué pasa con el vuestro?

—Llevé la cabeza rapada durante quince años —dijo—. Me empecé a dejar crecer el pelo cuando supe que iba a renunciar.

La miré a la luz de la luna y del brillo del cristal de la cafetería. Me la imaginé con la cabeza rapada. Debía de estar espectacular. Le dije:

—Es útil saberlo. Gracias.

—Desde el principio supe que no tenía opción —dijo—. La resolución para las mujeres en el Cuerpo de Marines exige lo que llaman un estilo no excéntrico. El pelo puede llegarte al borde superior del cuello del uniforme, pero no puede superar el borde inferior. Permitían que lo llevaras recogido, pero si yo hacía eso no me podía poner la gorra.

—Sacrificios —dije.

—Mereció la pena —dijo—. Me encantaba ser marine.

—Lo sigues siendo —dije—. Si fuiste marine una vez, lo eres para siempre.

—¿Eso era lo que decía tu padre?

—Nunca tuvo la oportunidad. Murió antes de retirarse.

—¿Tu madre está viva? —preguntó.

—Murió unos años después.

—La mía murió durante mi reclutamiento. De cáncer.

—¿En serio? La mía también. También murió de cáncer, quiero decir. No durante mi reclutamiento.

—Lo siento.

—No te preocupes —dije automáticamente—. Estaba en París.

—Yo también. Bueno, en Parris Island. ¿Se trasladó allí?

—Era francesa.

—¿Sabes francés?

Un peu, mais doucement —respondí.

—¿Qué significa eso?

—Un poco, pero despacio.

Asintió y apoyó la mano en la puerta del Caprice. Capté la indirecta y dije:

—Bueno, buenas noches, jefa Deveraux. Ha sido un placer conocerte.

Ella solamente sonrió.

Giré a la izquierda y me dirigí al hotel. Escuché cómo arrancaba el motor del Chevy y cómo empezaban a moverse sus neumáticos, después el coche pasó despacio a mi lado y luego dio una vuelta en U a lo ancho de la calle y se detuvo de nuevo, justo delante de mí, frente a mí, pegado a la acera, en la puerta del hotel Toussaint’s. Seguí caminando y llegué allí justo cuando Deveraux abría la puerta y bajaba. Naturalmente asumí que tenía algo más que decirme, por lo que dejé de caminar y esperé amablemente.

—Vivo aquí —dijo—. Buenas noches.

 

Cuando entré en el vestíbulo ella ya había subido las escaleras. El hombre que había visto en la cafetería estaba al otro lado del mostrador de recepción. El negocio estaba abierto. Me di cuenta de que le extrañó que no llevara equipaje, pero la pasta es la pasta: recibió dieciocho dólares de mi parte y a cambio me dio la llave de la habitación número veintiuno. Me dijo que estaba en el segundo piso, en la parte delantera del edificio y con vistas a la calle, y que según él era más tranquila que las habitaciones de la parte de atrás, lo que me pareció un sinsentido hasta que recordé las vías del tren.

En el segundo piso la escalera terminaba en el medio de un pasillo largo con dirección norte-sur, sin moqueta y apenas iluminado por cuatro lamparitas miserables y mezquinas. Tenía ocho puertas hacia la parte trasera y nueve puertas hacia la calle. A través de la rendija debajo de la puerta de la habitación diecisiete, que daba a la calle, se veía una delgada línea de luz amarilla y brillante. Probablemente fuera Deveraux, preparándose para acostarse. Mi habitación estaba cuatro puertas más al norte. Abrí con la llave, entré, encendí la luz y me encontré el tipo de aire estancado y frío polvoriento que indica una prolongada falta de uso. Era un espacio rectangular con el techo alto y unas proporciones que habrían sido agradables si no fuera porque en algún momento de la última década le habían metido con calzador un baño en un rincón. La ventana estaba formada por un par de puertas de cristal que daban al balcón de hierro que había visto desde la calle. Había una cama, una silla, un tocador y una alfombra persa en el suelo, raída y completamente desgastada por el uso y el ajetreo.

Cerré las cortinas y deshice mi equipaje, lo que consistió exclusivamente en coger mi cepillo de dientes nuevo y apoyarlo verticalmente en un vaso opaco que había sobre el estante del baño. No tenía pasta de dientes, pero siempre había dudado de que la pasta de dientes no fuera algo más que un lubricante de sabor agradable. Un dentista del Ejército al que había conocido juraba que la acción mecánica de las cerdas del cepillo era lo único necesario para una perfecta salud bucal. Y tenía chicles para el aliento. Y todavía tenía todos los dientes, exceptuando una muela superior que me había arrancado un puño afortunado en una pelea callejera en Cleveland, Ohio.

Mi reloj mental marcaba las once y veinte. Me quedé un rato sentado en la cama. Me había levantado temprano y estaba un poco cansado, pero no agotado. Tenía cosas que hacer y no tanto tiempo para hacerlas, así que esperé lo suficiente como para que una persona normal se durmiera y después volví a salir al pasillo. La luz de Deveraux estaba apagada. No se veía nada bajo la puerta. Bajé sigilosamente las escaleras hasta el vestíbulo. De nuevo nadie en la recepción. Salí a la calle y giré a la izquierda, hacia un territorio todavía inexplorado.

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