El asunto
Catorce
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CATORCE
Observé la calle principal con todo el detalle y la amplitud que permitía la luz gris de la luna. Se extendía en línea recta unos doscientos metros hacia el sur y después se estrechaba un poco, empezaba a serpentear y se volvía residencial, con casas modestas separadas aleatoriamente por jardines de distintos tamaños. El lado oeste del tramo recto del centro del pueblo tenía tiendas y locales comerciales de varios tipos, interrumpidos por estrechos callejones, algunos de los cuales se adentraban en la parte boscosa y tenían más casas pequeñas a derecha e izquierda. Esas tiendas y locales tenían sus equivalentes en el lado este de la calle principal, que estaban alineados con la cafetería y con el hotel, y los callejones del oeste también tenían sus equivalentes al otro lado: unos pasajes más anchos y asfaltados que daban a una calle de dirección única que avanzaba en paralelo y estaba detrás de la calle principal. Supuse que esa calle de una sola acera era la razón por que el pueblo pudo existir en sus primeros momentos, y ciertamente era la razón por la que yo estaba allí esa noche.
Avanzaba de norte a sur y tenía una larga fila de establecimientos que miraban hacia las vías del tren y que se separaban de ellas por un ancho tramo de tierra batida. Me imaginé viejos trenes de pasajeros rechinando hasta detenerse, con las locomotoras ya exhaustas más adelante junto a la torre de agua y los largos laterales del tren con sus ventanillas extendiéndose hacia el sur. Me imaginé a los empleados de las cafeterías y a los dueños de los bares cruzando a toda prisa la tierra batida y colocando pequeñas escalinatas de madera debajo de las puertas del tren. Me imaginé a los pasajeros que bajaban, se dispersaban, sedientos y hambrientos del viaje, cientos de pasajeros cruzando ansiosamente el ancho tramo de tierra, y después comiendo y bebiendo hasta saciarse. Me imaginé el tintineo de las monedas, el repiqueteo de la caja registradora, el silbato del tren, los pasajeros regresando, los trenes poniéndose en marcha poco a poco, algunas personas retirando las escalinatas de madera, después una hora de vuelta a la quietud, después la llegada del siguiente tren y la repetición interminable de todo el proceso.
La calle de una sola acera había impulsado la economía local, y lo seguía haciendo.
Los trenes de pasajeros habían desaparecido hacía tiempo, por supuesto, igual que las cafeterías y los restaurantes. Pero las cafeterías y los restaurantes habían sido sustituidos por bares, tiendas de repuesto, más bares, oficinas de préstamo, más bares, armerías, más bares, tiendas de equipos de música de segunda mano y más bares, y los trenes habían sido sustituidos por oleadas de coches llegados de Kelham. Me imaginé los coches aparcados sobre la tierra batida y pequeños grupos de rangers en período de entrenamiento saliendo de ellos y gastando el dinero del Tío Sam calle arriba y calle abajo. Un mercado cautivo, como había dicho Garber, a kilómetros de distancia de cualquier otro lugar, como en su día fueron los pasajeros de tren. Yo había visto la misma propuesta en cientos de bases alrededor del mundo. Los coches eran Mustang viejos, Gran Torino, GTO, BMW o Mercedes de segunda mano en Alemania y Toyota Crown o Datsun en el Extremo Oriente, las cervezas eran de distintas marcas y gradaciones, los préstamos se hacían en distintas monedas y los equipos de música funcionaban a distintos voltajes, pero más allá de eso el intercambio era el mismo en todas partes.
No me costó encontrar el lugar en el que habían matado a Janice May Chapman. Pellegrino dijo que la sangre le había brotado a mares: eso significaba que habrían utilizado arena para absorber el derramamiento, y yo encontré un montón de arena esparcida por un callejón asfaltado cerca de la esquina izquierda trasera de un bar llamado Brannan’s. Brannan’s estaba más o menos en el centro de la calle de dirección única, y el callejón en cuestión avanzaba en paralelo a su izquierda antes de girar dos veces en zigzag y desembocar en la calle principal, entre una farmacia antigua y una ferretería. Quizás la arena la habían llevado desde la ferretería. Tres o cuatro bolsas de treinta kilos habrían bastado. Estaba cuidadosamente repartida en forma de lágrima sobre las baldosas lisas, tenía entre ocho y diez centímetros de espesor, aproximadamente.
El lugar no era visible de manera directa. La puerta trasera de Brannan’s estaba a unos cinco metros, y el bar no tenía ventanas laterales. La parte de atrás de la farmacia era una pared ciega. El local vecino del Brannan’s era una oficina de préstamo que tenía un puesto de Western Union, y con una ventana que daba hacia la parte de atrás en el lado derecho, pero estaba cerrado por las noches. No había ningún testigo. Tampoco es que hubiera mucho que presenciar. No se necesita demasiado tiempo para degollar a una persona. Con una hoja decente y con el peso y la fuerza adecuadas, se tarda el tiempo que necesita una mano para desplazarse veinte centímetros. Solo eso.
Salí del callejón, anduve la mitad del camino hasta la vía del tren, me detuve sobre el camino de tierra y consideré la luz. No tenía sentido buscar cosas que no iba a poder ver. Pero la luna seguía alta y el cielo seguía despejado, así que seguí caminando, pasé por encima del primer raíl, giré a la izquierda y avancé hacia el norte, pisando los durmientes como solía hacer la gente tiempo atrás, cuando dejaba el pueblo para ir a Chicago o a Nueva York. Dejé atrás el cruce y la vieja torre de agua.
Entonces el suelo empezó a temblar.
Al principio solo muy débilmente, un temblor constante y leve, como el borde de un terremoto lejano. Detuve la marcha. El durmiente que tenía bajo mis pies temblaba. Los raíles a ambos lados empezaron a silbar. Me giré y vi un punto diminuto de luz muy a lo lejos. Un solo foco delantero. Era el tren de medianoche, a pocos kilómetros de donde yo estaba, acercándose a toda velocidad.
Me quedé allí. Los raíles zumbaban y suplicaban. Los durmientes martilleaban arriba y abajo en diminutas distancias microscópicas. La grava que estaba debajo se movía y cascabeleaba. Los temblores del suelo se transformaron en serias y profundas sacudidas. A lo lejos, el foco parpadeaba como una estrella, saltando mínimamente de izquierda a derecha dentro de unos límites muy determinados.
Salí de la vía, di una vuelta hasta la vieja torre de agua y me apoyé contra un poste de madera alquitranada. El poste se sacudía contra mi hombro. El suelo se sacudía bajo mis pies. Los raíles aullaban. A lo lejos escuché el silbato del tren, largo, fuerte y desesperado. A veinte metros de distancia, las campanillas de advertencia empezaron a sonar a ambos lados de la carretera. Empezaron a parpadear las luces rojas.
El tren seguía avanzando hacia mí, durante un largo rato decididamente lejos, después, de repente, a mi lado, encima de mí, enorme, increíblemente enorme e insoportablemente ruidoso. El suelo temblaba tan fuerte que la vieja torre de agua bailoteaba muda sin moverse de su lugar y yo rebotaba una y otra vez contra el poste. Las ráfagas de aire me azotaban y me golpeaban. Pasó la locomotora a toda velocidad, y después empezó la serie interminable de vagones, martilleando, sacudiéndose, centellando a la luz de la luna, abalanzándose hacia el norte sin pausa, diez vagones, veinte, cincuenta, cien. Me quedé apoyado en el poste alquitranado durante un largo minuto, sesenta largos segundos, ensordecido por el chirrido del metal, entumecido por la pulsación del suelo, abrasado por el aire removido.
Después el tren desapareció.
La parte de atrás de un vagón se alejó de mí a cien kilómetros por hora, el aullido del viento bajó medio tono, el terremoto volvió a reducirse primero a un leve temblor y luego a nada, y los gritos de los raíles disminuyeron hasta convertirse en un suave silbido. Las campanillas maníacas se detuvieron de golpe.
Volvió el silencio.
Lo primero que hice fue cambiar de idea respecto a la distancia que iba a tener que caminar para encontrar los restos del coche azul. Había asumido que estarían cerca. Pero después de esa impresionante exhibición de fuerza asumí que podrían haber llegado a Nueva Jersey. O a Canadá.