El asunto

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Quince

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QUINCE

Al final encontré la mayor parte del coche unos doscientos metros más al norte. El lugar estaba precedido por un reguero de escombros que se extendía por casi todo el terreno intermedio. Había trocitos del cristal del parabrisas brillando y centelleando con el rocío a la luz de la luna. El cristal se había desperdigado en trayectorias ondulantes y aleatorias, como si lo hubiese esparcido una mano gigante. Había un parachoques cromado, arrancado y doblado caprichosamente por la mitad, en forma de V cerrada, como una pajita. Se había incrustado en el suelo, como un dardo. Había una rueda sin tapacubos. El impacto había sido descomunal. El coche había salido disparado hacia delante como una pelota de béisbol en un tee. De cero a cien, instantáneamente.

Supuse que había estado aparcado en la vía unos veinte metros al norte de la torre de agua. Allí era donde estaban los primeros trozos de cristal. La locomotora había arrollado al coche, el coche había volado por el aire cincuenta metros o más y después había aterrizado y había dado unas cuantas vueltas de campana. De arriba abajo o quizá de adelante atrás. Supuse que el impacto inicial lo había desensamblado casi por completo. Como una explosión. Después, al rodar, las distintas partes habían salido disparadas hacia todos lados. Incluido el combustible, que había ardido. Había unas estrechas lenguas negras de maleza quemada que recorrían los últimos cincuenta metros, y lo que quedaba del vehículo estaba incrustado en los árboles en el epicentro de una explosión de troncos y ramas ennegrecidas. Los investigadores de incendios provocados que había conocido podrían haber calculado la tasa de rotación solo por las salpicaduras de combustible.

Pellegrino había visto el coche de día y había dicho que parecía azul. A la luz de la luna a mí me pareció gris ceniza. No encontré ninguna parte intacta de la superficie pintada. No encontré nada intacto que midiera más de diez centímetros cuadrados. Era un completo desastre, todo quemado, aplastado y estrujado hasta quedar prácticamente irreconocible. Estaba dispuesto a aceptar que era un coche, pero solo porque no podía imaginarme qué otra cosa podía ser.

Si alguien quiso ocultar pruebas, desde luego lo había conseguido, a lo grande y de manera integral.

 

Volví al hotel a la una en punto y me fui directamente a la cama. Puse mi alarma mental a las siete de la mañana, que era cuando suponía que Deveraux se levantaba para ir a trabajar. Supuse que su día empezaba a las ocho. Obviamente cuidaba su aspecto, pero era marine y pragmática, por lo que no invertiría más de una hora en arreglarse. Supuse que podía hacer coincidir su momento de la ducha con el mío, y que después me podría encontrar con ella en la cafetería a la hora del desayuno. Que era hasta donde llegaban mis planes. No estaba seguro de qué era lo que le iba a decir.

 

Pero no pude dormir hasta las siete de la mañana. Me despertaron a las seis. Alguien que empezó a llamar a la puerta con fuerza. No me hizo mucha gracia. Salí de la cama, me puse el pantalón y abrí. Era el viejo. El que llevaba el hotel.

—¿Señor Reacher? —preguntó.

—¿Sí? —respondí.

—Bien —dijo—. Me alegra que sea la persona correcta. A estas horas, quiero decir. Siempre es mejor estar seguro.

—¿Qué quiere?

—Bueno, en principio, como le dije, estoy confirmando quién es usted.

—Sinceramente espero que necesite algo más. A estas horas. Solo albergan dos personas en el hotel. Y la otra no es un señor nada.

—Tiene una llamada.

—¿De parte de quién?

—De su tío.

—¿Mi tío?

—Su tío Leon Garber. Dijo que era urgente. Y a juzgar por su tono, importante, además.

Me puse la camiseta y lo seguí escaleras abajo, descalzo. Me hizo pasar por una puerta contigua al despacho que estaba detrás del mostrador. Había una mesa de caoba gastada con un teléfono encima. El auricular estaba descolgado, apoyado sobre ella.

—Siéntase como en su casa —dijo el hombre, y salió cerrando la puerta.

Me senté en su silla y cogí el teléfono.

—¿Qué? —dije.

—¿Está bien? —dijo Garber.

—Sí, estoy bien. ¿Cómo me ha encontrado?

—En la guía telefónica. Solo hay un hotel en Carter Crossing. ¿Van bien las cosas?

—Genial.

—¿Está seguro?

—Afirmativo.

—Porque se supone que debe informarme todos los días a las seis de la mañana.

—¿Sí?

—Eso fue lo que convinimos.

—¿Cuándo?

—Hablamos ayer a las seis. Cuando se estaba yendo.

—Lo sé —dije—. Me acuerdo. Pero no convinimos en que hablaríamos todos los días a las seis.

—Me llamó ayer. A la hora de cenar. Dijo que hoy llamaría de nuevo.

—No especifiqué la hora.

—Yo creo que sí.

—Bueno, se equivoca, vejestorio. ¿Qué quiere?

—Parece que está de mal humor esta mañana.

—Me quedé despierto hasta tarde.

—¿Haciendo qué?

—Explorando el lugar.

—¿Y?

—Hay un par de cosas —dije.

—¿Como qué?

—Solo dos cuestiones específicas. Asuntos de interés.

—¿Suponen algún avance?

—De momento todavía son preguntas. Las respuestas podrían suponer algún avance, eventualmente. Si es que las consigo.

—Munro no está llegando a ningún sitio en Kelham —dijo Garber—. No de momento. Esto podría ser más complicado de lo que creemos.

No respondí a ese comentario. Garber se quedó callado por un momento.

—Espere —dijo—. ¿A qué se refiere con si es que consigue las respuestas?

No respondí.

—¿Y por qué estuvo explorando el lugar de noche? —preguntó—. ¿No hubiese sido mejor hacerlo a primera hora de la mañana?

—Conocí a la persona que está a cargo aquí —respondí.

—¿Y?

—Es distinta a lo que uno podría esperar.

—¿Por qué? —preguntó Garber—. ¿Es honesto?

—Es una mujer —dije—. Su padre era el antiguo sheriff.

Garber hizo otra pausa.

—No me diga —dijo—. Le ha descubierto.

No respondí.

—Santo cielo —dijo—. Esto debe de ser un nuevo récord mundial. ¿Cuánto tiempo ha tardado? ¿Diez minutos? ¿Cinco?

—Fue marine de la Policía Militar —dije—. Básicamente, una de los nuestros. Lo supo desde el principio. Me estaba esperando. Para ella era un movimiento predecible.

—¿Y usted qué va a hacer?

—No lo sé.

—¿Va a dejarle fuera?

—Peor. Quiere que me vaya.

—Bueno, eso no se lo puede permitir. De ninguna manera. Tiene que quedarse. Eso seguro. De hecho, le ordeno que no vuelva. ¿Me ha oído? Acaba de recibir la orden de quedarse ahí. De todos modos, no puede obligarlo a irse. Es una cuestión de derechos civiles. La Primera Enmienda o algo. Libre asociación. Mississippi forma parte de la Unión como cualquier otro lugar. Es un país libre. Por lo que usted se queda, ¿está claro?

Colgué con Garber y permanecí un rato sentado en el pequeño despacho. Me saqué un billete de dólar del bolsillo, lo dejé sobre la mesa para cubrir el coste de una llamada saliente y marqué el número del Pentágono. El Pentágono tiene muchos números y muchos operadores, y elegí uno que siempre contestaba. Le pedí que intentara contactarme con el despacho de John James Frazer, por si acaso. El enlace con el Senado. No esperaba que estuviera allí a esa hora, poco después de las seis de la mañana, pero estaba. Lo que ya quería decir algo. Me presenté y le dije que no tenía novedades.

—Alguna novedad debe tener —respondió—. Si no, no hubiera llamado.

—Tengo una advertencia —dije.

—¿Qué tipo de advertencia?

—He visto un par de cosas que bastan para que sepa que esta situación no va a terminar bien. Va a volverse algo raro y desagradable y va a estar en todos los periódicos durante un mes. Incluso si no está relacionado con Kelham podría salpicarnos. Por una simple cuestión de proximidad.

Frazer hizo una pausa:

—¿Cómo de desagradable?

—Potencialmente muy desagradable.

—¿Cuál es su presentimiento? ¿Está relacionado con Kelham?

—Es demasiado pronto para saberlo.

—Ayúdeme un poco, Reacher. ¿Cuál es su mejor suposición?

—Por ahora diría que no. El ejército no está implicado.

—Me alegra oírlo.

—Es solo una suposición —dije—. Todavía no cante victoria.

 

No volví a la cama. No tenía sentido. Ya era demasiado tarde. Solo me lavé los dientes, me duché, masqué un poco de chicle y me vestí. Después me acerqué a la ventana y vi el amanecer. El despliegue lento de la luz del día ensanchaba el mundo. Vi la calle principal en todo su esplendor. Vi arbustos y campos y bosques que se extendían en todas direcciones.

Después me senté en la silla a esperar. Imaginé que oiría a Deveraux cuando saliera a buscar el coche. Yo estaba casi exactamente encima de donde lo había aparcado.

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