El asunto
Dieciséis
Página 20 de 94
DIECISÉIS
Escuché a Deveraux salir del hotel exactamente a las siete y veinte. Primero la puerta de calle chirrió al abrirse y se cerró de golpe, y después la puerta de su coche chirrió al abrirse y se cerró de golpe. Me levanté y miré por la ventana. Deveraux ya estaba al volante, hundida en el asiento, vestida con lo que parecía la versión limpia del mismo uniforme que llevaba el día anterior. La maraña de su pelo aún estaba mojada de la ducha. Hablaba por radio. Probablemente le decía a Pellegrino que lo primero que tenía que hacer en el día era llevarme de vuelta a Memphis.
Bajé las escaleras y salí a la acera. El aire de la mañana era fresco y frío. Miré calle arriba y vi que el coche de Deveraux estaba aparcado delante de la cafetería otra vez. Hasta ahí todo bien. Caminé hacia allí, empujé la puerta para entrar y pasé junto al teléfono público y la mesa de recepción. Dentro había seis clientes, incluida Deveraux. Los otros cinco eran hombres, cuatro iban vestidos con ropa de trabajo y el quinto llevaba un traje claro. Un profesional elegante. Quizás un abogado o un médico rural, o el encargado de la oficina de préstamo que estaba al lado del Brannan’s. La camarera era la misma mujer de la noche anterior. Estaba ocupada llevando platos de comida, así que no la esperé. Simplemente me acerqué a la mesa de Deveraux y le pregunté:
—¿Me puedo sentar contigo?
Ella estaba tomando café. Todavía no le había llegado la comida. Sonrió y dijo:
—Buenos días.
Su tono fue cálido. Parecía alegrarse de verme.
—Buenos días —dije.
—¿Has venido a despedirte? —preguntó—. Es muy amable y considerado por tu parte.
No respondí a ese comentario. Hizo de nuevo lo de empujar la silla con el pie por debajo de la mesa. Me senté. Ella preguntó:
—¿Has dormido bien?
—Sí —respondí.
—¿No te despertó el tren a medianoche? Uno tarda en acostumbrarse.
—Todavía estaba despierto —dije.
—¿Y qué hacías?
—Cosas —dije.
—¿Dentro o fuera?
—Fuera —dije.
—¿Diste con la escena del crimen?
Asentí.
—Y seguro que encontraste un par de cosas interesantes —dijo—. Así que se te ocurrió pasar por aquí para asegurarte de que yo valorara su importancia antes de ponerte en marcha. Muy solidario por tu parte.
Llegó la camarera y puso una torre de tostadas sobre la mesa. Después me miró y yo le pedí lo mismo, con café. Deveraux esperó a que se fuera y preguntó:
—¿Lo hiciste por interés puramente personal? ¿Es tu último intento de proteger al ejército antes de irte?
—No voy a irme —dije.
Sonrió de nuevo:
—¿Este es el momento en el que sueltas un discurso sobre tus derechos civiles? ¿Sobre que este es un país libre y todas esas tonterías?
—Algo así.
Hizo una pausa.
—Estoy completamente a favor de los derechos civiles —dijo—. Y sin duda hay sitio en la posada, como se suele decir. Así que por supuesto, por favor, quédate. Disfruta. Hay senderos para caminar, animales para cazar y lugares que visitar. Haz lo que quieras. Pero no te metas entre mi investigación y yo.
—¿Cómo explicas ese par de cosas? —le pregunté.
—¿Necesito explicártelas? ¿A ti?
—Dos cabezas piensan más que una.
—No puedo confiar en ti —dijo—. Has venido para llevarme por el mal camino, si te parece necesario.
—No, estoy aquí para avisar al ejército si las cosas se ponen feas. Cosa que haré si tengo que hacerla. Pero estamos muy lejos de llegar a una conclusión. Acabamos de empezar. Es demasiado pronto para llevar a alguien por cualquier camino, incluso si yo fuera a hacer eso. Que no es el caso.
—¿Estamos muy lejos de llegar a una conclusión? ¿Qué es esto, una democracia?
—De acuerdo, estás —dije.
—Sí —dijo—. Estoy. Yo.
En ese momento llegó la camarera con mi comida. Y con mi café. Aspiré el humo y bebí un primer trago largo. Un pequeño ritual. No hay nada mejor que el café recién hecho por la mañana temprano. Al otro lado de la mesa Deveraux seguía comiendo. Rebañaba el plato. El metabolismo de una planta nuclear.
—Vale, tiempo muerto. Convénceme. Quiero ver tus cartas sobre la mesa. Háblame de la primera de las dos cosas, dale una vuelta para que parezca un problema para el ejército. Que es lo que es, por cierto, con vuelta o sin ella.
Le miré a los ojos:
—¿Has estado en la base?
—La he recorrido de punta a punta.
—Yo no. Por lo tanto, en principio tú sabes algo que yo solo estoy suponiendo.
Ella asintió:
—Pues tenlo en cuenta. Ve con cuidado. No eches leña al fuego.
—A Janice May Chapman no la violaron en ese callejón —dije.
—¿Porque…?
—Porque Pellegrino informó abrasiones de grava en el cadáver. Y en ese callejón no hay grava. Ni en ningún otro lugar que yo haya podido ver. Solo hay tierra, asfalto o baldosas en kilómetros a la redonda.
—En las vías del tren hay grava —dijo.
Me estaba poniendo a prueba. Quería que sacara conclusiones a partir de eso.
—Eso no es realmente grava —dije—. En las vías del tren hay piedras más grandes. Balasto, le llaman, está en la plataforma de soporte. Son trozos de granito, más grandes que un guijarro, más pequeños que un puño. Las heridas serían completamente distintas. No parecerían marcas de grava.
—Las carreteras son de grava.
Otra prueba.
—Mezclada con alquitrán y compacta —dije—. No es para nada lo mismo.
—¿Entonces?
La última prueba.
Dale una vuelta para que parezca un problema para el ejército.
—Kelham no es para todo el mundo —respondí—. Es una escuela de elite para el 75, un regimiento de apoyo en operaciones especiales. Es un sitio grande. Deben tener toda clase de terrenos simulados. Arena, para emular el desierto. Hormigón, para las estepas heladas. Pueblos falsos, todas esas cosas. Estoy seguro de que eso está lleno de grava, por una razón u otra.
Deveraux asintió de nuevo:
—Tienen una pista de atletismo con suelo de grava. Diez vueltas equivalen a diez horas sobre una superficie normal. Además, a los que obtienen las peores marcas los ponen a rastrillarla cada mañana. Como castigo. Así matan dos pájaros de un tiro.
No dije nada.
—La violaron en la base —dijo Deveraux.
—No es imposible —contesté.
—Eres una persona honesta, Reacher —dijo ella—. Hijo de marine.
—Los marines no tienen nada que ver con esto. Soy un oficial del Ejército de los Estados Unidos. Nosotros también tenemos reglas.
Empecé a comer el desayuno cuando ella terminó el suyo. Dijo:
—De cualquier forma, la segunda cosa es más problemática. No consigo que encaje.
—¿En serio? —respondí—. ¿No es básicamente lo mismo que la primera?
Me miró como si no entendiera.
—No veo cómo —dijo.
Paré de comer y la miré.
—Explícate —dije.
—Es muy sencillo —respondió—. ¿Cómo llegó hasta allí? Había dejado el coche en casa, y no fue caminando. En primer lugar porque llevaba unos zapatos con un tacón de diez centímetros, y en segundo lugar porque ya nadie va caminando a ningún lado. Pero tampoco la fueron a buscar. Sus vecinas son las personas más cotillas del mundo, y las dos juran que nadie llamó a su puerta. Y las creo. Y nadie por el pueblo la vio con un militar. En realidad, tampoco con un civil. Ni siquiera sola. Y créeme, los encargados de esos bares controlan el movimiento. Todos. Es una costumbre. Quieren saber si podrán permitirse la comida del día siguiente. Así que simplemente se materializó en ese callejón, sin ningún tipo de explicación.
Me quedé callado durante un segundo.
Después dije:
—Esa no era la segunda cosa a la que yo me refería.
—¿Ah no?
—Tus dos cosas y mis dos cosas no son las mismas. Lo que significa que hay tres cosas en total.
—¿Y cuál es tu segunda cosa?
—Que tampoco la mataron en ese callejón —dije.