El asunto
Diecisiete
Página 21 de 94
DIECISIETE
Me terminé el desayuno antes de seguir hablando. Tostadas, sirope de arce, café. Proteína, fibra, carbohidratos. Y cafeína. Todos los grupos de alimentos esenciales salvo la nicotina, pero entonces yo ya había dejado de fumar. Dejé los cubiertos en el plato y dije:
—Solo hay una manera obvia de degollar a una mujer. Te pones detrás de ella y le tiras del pelo con una mano para echarle la cabeza hacia atrás. O le metes los dedos en los ojos. O, si confías en la fuerza de tus manos, puedes ponerle la palma bajo el mentón. Pero, de la manera que sea, te aseguras de que su garganta quede al descubierto y generas un poco de tensión en los ligamentos y en los vasos sanguíneos. Después te encargas del cuchillo. Esperas que el corte encuentre una resistencia importante, porque en esa zona hay partes bastante duras. Así que empiezas tres centímetros antes y terminas tres centímetros después de lo que crees realmente necesario. Solo para estar completamente seguro.
—Supongo que eso es exactamente lo que sucedió en el callejón —dijo Deveraux—. Pero espero que sucediera de forma repentina. Para que la operación hubiese terminado antes de que ella se diera cuenta de lo que estaba pasando.
—No sucedió en el callejón —repetí—. Es imposible.
—¿Por qué?
—Uno de los beneficios secundarios de hacerlo desde atrás es que no acabas cubierto de sangre. Porque hay mucha sangre. Hablamos de carótidas y yugulares, y de una persona joven y sana que de repente está alterada y forcejeando, quizás incluso peleando. Debía de tener la presión sanguínea por las nubes.
—Ya sé que hay mucha sangre. La he visto. Había un charco de sangre enorme. Estaba completamente desangrada. Blanca como un papel. Supongo que has visto la arena. Así de grande era el charco. Parecían cuatro litros o más.
—¿Alguna vez has degollado a alguien?
—No.
—¿Has visto a alguien hacerlo alguna vez?
Negó con la cabeza.
—No —dijo.
—La sangre no sale poco a poco como cuando alguien se corta las venas en la bañera. Sale como de una manguera de bomberos. Salpica hacia todos lados, tres metros o más, a chorros, lo mancha todo. Incluso he visto sangre en el techo alguna vez. Unos dibujos demenciales, como si alguien hubiera cogido una lata de pintura y la hubiera lanzado por todas partes. Como el tipo ese, Jackson Pollock. El pintor.
Deveraux no dijo nada.
—Habría sangre por todo el callejón —continué—. En la pared de la oficina de préstamo, sin duda. Y en la del bar, y quizás en la de la farmacia. En el suelo también, a metros de distancia. Un patrón demencial con manchas largas y estrechas. No un limpio charco alrededor de donde estaba el cuerpo. Es imposible. No la mataron allí.
Deveraux entrelazó sus manos sobre la mesa e inclinó la cabeza sobre ellas. Estaba haciendo algo que no le había visto hacer a nadie. No literalmente. Estaba agachando la cabeza. Cogió aire, lo soltó, y cinco segundos después levantó la mirada de nuevo y dijo:
—Soy una idiota. Supongo que debía saber todo eso, pero no me acordé. No lo vi.
—No te sientas mal —dije—. Nunca lo has visto en directo, por lo que no hay nada de lo que te puedas acordar.
—No, es algo básico —insistió—. Soy una idiota. He desperdiciado muchos días.
—La cosa se complica —le dije—. Hay más.
No quiso escuchar de qué manera se complicaba. No quería saber más. No inmediatamente. No en ese preciso momento. Todavía se castigaba por no haberse dado cuenta de lo de la sangre. Yo había visto ese tipo de reacción muchas veces. Yo había tenido ese tipo de reacción muchas veces. La gente inteligente y concienzuda odia cometer errores. No solo por una cuestión de ego. Sino porque cierta clase de errores tiene el tipo de consecuencias con las que la gente con conciencia preferiría no tener que cargar.
Frunció el ceño, apretó los dientes, gruñó para sus adentros durante un minuto y luego sacudió la cabeza, se detuvo y recuperó su sonrisa decidida, aunque más tensa y más seria que la de su aspecto resplandeciente habitual. Dijo:
—Vale, cuéntame más. Cuéntame cómo se complica. Pero no aquí. Como aquí tres veces al día. No quiero que se contamine.
Así que pagamos los desayunos y salimos a la calle. Nos quedamos allí un buen rato, cerca de su coche, sin decir nada. Me daba cuenta por su lenguaje corporal que no iba a invitarme a su despacho. No me quería cerca de su Departamento del Sheriff. Esto no era una democracia. Al final me dijo:
—Volvamos al hotel. Podemos usar el salón. Allí tenemos privacidad garantizada. Somos los dos únicos huéspedes.
Caminamos calle abajo, subimos los escalones inestables y cruzamos el viejo porche. Entramos y cruzamos la puerta que estaba a la izquierda del vestíbulo. De nuevo olía a polvo, humedad y moho, como la noche anterior. Con la luz del día las siluetas abultadas que había visto en la oscuridad resultaron ser sillones, tal como había pensado. Había doce, agrupados en distintas combinaciones, de dos en dos y de cuatro en cuatro. Nos sentamos en dos que formaban parte de un mismo juego, uno a cada lado de una chimenea apagada.
—¿Por qué vives aquí? —pregunté.
—Buena pregunta —dijo—. Pensé que me quedaría un mes o dos. Pero se extendió.
—¿Y la casa de tu padre?
—Era alquilada —respondió—. El contrato murió con él.
—Podrías alquilar otra. O comprarte una. ¿No es eso lo que hace la gente?
Ella asintió:
—Fui a ver algunas. No pude decidirme. ¿Has visto las casas que hay aquí?
—Algunas parecen estar bien —dije.
—No para mí —dijo—. De todos modos, no estaba preparada. No había decidido cuánto tiempo iba a quedarme. Aún no lo he decidido, en realidad. Probablemente terminará siendo el resto de mi vida, pero supongo que no lo quiero admitir. Prefiero dejar que vaya sucediendo día a día, imagino.
Pensé en mi colega Stan Lowrey y sus ofertas de empleo. Alejarse de la vida militar no solo implica conseguir un nuevo trabajo. Están también las casas, los coches y la ropa. Hay cientos de detalles tan extraños y desconocidos como las costumbres de una tribu remota que uno atisba de lejos y nunca entiende del todo.
—Cuéntame entonces —dijo Deveraux.
—La degollaron, ¿verdad? —pregunté—. ¿Eso está claro?
—Definitivamente. Sin lugar a dudas.
—¿Y esa era la única herida?
—Eso dice el forense.
—Así que en algún lugar debe haber sangre desparramada por todas partes. En el lugar donde efectivamente ocurrió. En una habitación, quizás, o en el bosque. Es imposible limpiarlo completamente. Literalmente imposible. Así que en algún lugar hay pruebas esperándote.
—No puedo registrar la base. No me lo permitirán. Es una cuestión de jurisdicciones.
—No tienes la certeza de que haya sucedido en la base.
—La violaron en la base.
—No es imposible que la hayan violado en la base. Que no es lo mismo.
—Tampoco puedo registrar en mil trescientos kilómetros cuadrados de Mississippi.
—Entonces concéntrate en el responsable. Restringe la búsqueda.
—¿Cómo?
—Ninguna mujer puede morir desangrada dos veces —dije—. La degollaron en un lugar desconocido, la sangre salpicó por todas partes, ella murió y eso fue todo. Después la tiraron en el callejón. ¿Pero de quién era la sangre que había a su alrededor? No podía ser la suya, porque la suya se había derramado por completo en el lugar desconocido.
—Dios mío —exclamó Deveraux—. No me digas que el asesino la recogió y se la llevó.
—Es posible —respondí—. Pero un poco improbable. Sería complicado degollar a alguien y al mismo tiempo moverse con un balde de un lado al otro, intentando atrapar el chorro de sangre.
—Podrían haber sido dos personas.
—Es posible —repetí—. Pero también improbable. Es como una manguera de bomberos moviéndose sin parar. Hacia aquí, hacia allí, hacia todas partes. Con mucha suerte, la segunda persona habría logrado recoger medio litro.
—¿Entonces qué insinúas? ¿De quién era la sangre?
—De un animal, posiblemente. Quizás de un ciervo. Recién sacrificado, pero no lo suficientemente fresco. Había pasado algo de tiempo. Esa sangre ya se estaba coagulando. Cinco litros de sangre líquida se habrían esparcido mucho más lejos que ese montón de arena. Cuando se trata de sangre, un poco lleva muy lejos.
—¿Un cazador?
—Eso creo yo.
—Pero te basas en muy pocas cosas. No viste la sangre. No hiciste ninguna prueba. Podría haber sido sangre falsa de una tienda de disfraces. O podría haber sido su sangre. Alguien podría haber encontrado la forma de recogerla. Solo porque tú no veas la manera no quiere decir que no la haya. O podrían haberle sacado sangre primero y haberla degollado después.
—Es un cazador.
—¿Por qué?
—Hay más —dije—. La cosa se sigue complicando.