El asunto
Dieciocho
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DIECIOCHO
En ese momento la señora que había visto en la cafetería asomó la cabeza por la puerta. La copropietaria del hotel. Nos preguntó si podía traernos algo. Elizabeth Deveraux dijo que no con la cabeza. Yo le pedí un café. La señora dijo que lo sentía mucho, pero que no tenía. Dijo que si realmente necesitaba café, podía ir a la cafetería y pedirme uno para llevar. Me pregunté qué nos estaba ofreciendo exactamente, si es que nos ofrecía algo. Pero a ella no le pregunté nada. La señora volvió a dejarnos solos, y Deveraux dijo:
—¿Por qué esa fijación tuya con los cazadores?
—Pellegrino me dijo que ella iba vestida para salir de noche, impecable, boca arriba en el suelo en medio de un charco de sangre. Esas fueron sus palabras. ¿Es correcta esa descripción?
Deveraux asintió:
—Es exactamente lo que yo vi. Pellegrino es un imbécil, pero es un imbécil en el que se puede confiar.
—Eso es una prueba más de que no la mataron allí. Habría caído boca abajo, no boca arriba.
—Sí, tampoco me di cuenta de eso. No me lo restriegues.
—¿Qué llevaba puesto?
—Un vestido de tubo azul oscuro con el cuello abierto y blanco. Ropa interior y medias. Zapatos de color azul oscuro y tacón de aguja.
—¿La ropa estaba desarreglada?
—No. Impecable. Como te dijo Pellegrino.
—Así que no le pusieron esa ropa después de matarla. Eso siempre se nota. La ropa no se ajusta del todo bien en un cadáver. Y menos las medias. Así que aún estaba vestida cuando la mataron.
—Acepto eso.
—¿En el cuello había sangre? ¿En la parte delantera?
Deveraux cerró los ojos, presumiblemente para recordar la escena. Dijo:
—No, estaba inmaculado.
—¿Había sangre en algún lugar en la parte delantera del cuerpo?
—No.
—De acuerdo —dije—. Así que la degollaron en un lugar que no sabemos cuál es, vestida con esa ropa. Pero no tenía nada de sangre en el cuerpo hasta que la dejaron boca arriba en un charco, que llevaron por separado. Explícame cómo el que hizo eso no es un cazador.
—Explícame cómo sí. Si puedes. Puedes ayudar al ejército cuanto quieras, pero no tienes por qué creerte tus propias mentiras.
—No estoy ayudando al ejército. Los militares también pueden ser cazadores. Muchos lo son.
—¿Pero por qué es un cazador?
—Explícame cómo degüellas a una mujer sin que le caiga ni una gota de sangre en el cuerpo.
—No sé cómo hacer eso.
—La atas a un caballete para degollar ciervos. Así es como se hace. De los tobillos. Cabeza abajo. Le atas las manos en la espalda. La levantas de los brazos hasta que el cuerpo le quede arqueado y la garganta expuesta en el punto más bajo.
Nos quedamos sentados un minuto en el silencio sombrío, sin decir nada. Supuse que Deveraux se estaba imaginando la escena. Desde luego yo lo estaba haciendo. Un claro remoto y solitario en algún lugar del bosque, o una habitación lejos de todo, con equipamiento improvisado, o una choza, o una cabaña con techo de vigas, Janice May Chapman colgada cabeza abajo, con las manos levantadas por detrás del cuerpo, hacia los pies, los hombros en tensión, la espalda dolorosamente arqueada. Probablemente también estuviera amordazada, con la mordaza atada a una tercera cuerda que colgaba de la barandilla superior del caballete. La tercera cuerda debía estar tirante, arqueándole la cabeza hacia arriba y hacia atrás, apartándola del camino para permitir que el cuello quedara totalmente expuesto.
—¿Cómo tenía el pelo? —pregunté.
—Corto —dijo Deveraux—. No habría estorbado.
No dije nada.
—¿De verdad crees que lo hicieron así? —preguntó Deveraux.
Asentí:
—Con cualquier otro método, no se hubiese desangrado del todo. No hasta quedarse blanca como el papel. Habría muerto, el corazón le habría dejado de latir pero le habría quedado algo de sangre en el cuerpo. Un litro, litro y medio quizás. Que estuviera boca abajo fue lo que terminó el trabajo. La gravedad, simple y llanamente.
—Pero las cuerdas le habrían dejado marcas, ¿no?
—¿Qué dijo el forense? ¿Recibiste su informe?
—No tenemos forense. Solo un médico del pueblo. Un avance respecto a cuando solo teníamos al encargado de la funeraria, pero no un gran avance.
No es una democracia. Dije:
—Deberías ir a verlo en persona.
—¿Quieres venir conmigo? —preguntó.
Volvimos a la cafetería, nos montamos en el coche de Deveraux, que estaba junto a la acera, dimos la vuelta en U y avanzamos por la calle principal. Volvimos a pasar por delante del hotel, de la farmacia y de la ferretería, y seguimos hasta donde la calle principal se convertía en una serpenteante carretera rural. La casa del médico estaba un kilómetro al sur del pueblo. Era una casita normal, de tablones de madera pintados de blanco, ubicada en un terreno grande y descuidado, con un cartel al lado del buzón al final de la entrada de coches. El apellido que aparecía en el cartel era Merriam, y estaba nítidamente escrito con letras negras sobre un rectángulo de pintura blanca más brillante y más nueva que la superficie que tenía alrededor. Un recién llegado que llevaba poco tiempo en el pueblo, todavía nuevo para la comunidad.
La planta baja de la casa estaba asignada a la consulta. El salón delantero era una sala de espera y la habitación de atrás era donde examinaba y trataba a los pacientes. Encontramos a Merriam allí, sentado en su escritorio, entre el papeleo. Era un hombre lozano que rondaba los sesenta años. Tal vez era nuevo en el pueblo, pero no en el ejercicio de la medicina. Su saludo fue lánguido y su ritmo era lento. Me dio la impresión de que consideraba que su puesto en Carter Crossing era un semiretiro, quizás después de una estresante carrera en una consulta de una gran ciudad. No me cayó muy bien. Tal vez fue un juicio apresurado, pero esos juicios son tan buenos como cualquier otro.
Deveraux le dijo lo que queríamos ver y el médico se puso de pie despacio y nos condujo a través de la casa hasta lo que podría haber sido una cocina. Ahora estaba revestida con azulejos blancos fríos y tenía armarios y fregaderos de estilo médico por todas partes. En el centro de la sala había una mesa de disección de acero inoxidable, y sobre la mesa había un cadáver. La luz que había sobre él era brillante.
Era el cuerpo de Janice May Chapman. Tenía una etiqueta atada al dedo gordo del pie con su nombre manuscrito en una letra temblorosa. Estaba desnuda. Pellegrino había dicho que estaba blanca como el papel, pero para entonces ya estaba entre azul pálido y violeta suave, manchada y moteada con el jaspeado característico de los cuerpos a los que no les queda ni una gota de sangre. Tal vez midió un metro setenta y pudo haber pesado cincuenta y cinco kilos: ni gorda ni demasiado flaca. Tenía el pelo corto y oscuro. Era grueso y tupido, estaba bien cortado y seguía en buenas condiciones. Pellegrino había dicho que era guapa, y no se requería mucha imaginación para estar de acuerdo. Tenía el rostro demacrado y vacío, pero su estructura ósea estaba bien. Sus dientes eran blancos y uniformes.
El cuello era un desastre. Estaba abierto de lado a lado y la herida se había secado en un tajo grande y gomoso. La carne y los músculos se habían contraído, los tendones y los ligamentos se habían retorcido, y las venas y las arterias vacías habían quedado retraídas. El hueso estaba a la vista, y pude ver una marca horizontal en él.
Habían usado un cuchillo grande, con la hoja bien afilada, y el golpe de gracia había sido contundente, seguro y rápido.
—Necesitamos examinar las muñecas y los tobillos —dijo Deveraux.
El médico hizo un gesto de toda vuestra.
Deveraux tomó el brazo izquierdo de Chapman y yo el derecho. Los huesos de su muñeca eran ligeros y delicados. La piel que tenían por encima no mostraba ningún tipo de abrasión. Ninguna fricción causada por cuerdas. Pero había unas débiles marcas residuales. Una franja de cinco centímetros de ancho un poco más azul que el resto. Solo un poco más azul. Casi inexistente. Pero perceptible. Y un poco hinchada, comparada con el resto del antebrazo. Definitivamente inflamada. Justo lo contrario a una compresión.
Miré a Merriam y le pregunté:
—¿Qué opina de esto?
—La causa de muerte fue desangramiento por arterias carótidas seccionadas —dijo—. Me pagaron para que resolviera eso.
—¿Cuánto le pagaron?
—El presupuesto fue acordado entre mi predecesor y el condado.
—¿Fue más de cincuenta centavos?
—¿Por qué?
—Porque esa conclusión solo vale cincuenta centavos. La causa de la muerte es completamente obvia. Así que ahora puede justificar el pago echándonos una mano con esto.
Deveraux me miró y yo me encogí de hombros. Era mejor que lo hubiese dicho yo y no ella. Ella tenía que convivir con ese tipo. Yo no.
—No me gusta su actitud —dijo Merriam.
—Y a mí no me gusta ver mujeres de veintisiete años muertas sobre una mesa de autopsias —respondí—. ¿Quiere ayudar o no?
—No soy patólogo —dijo.
—Yo tampoco —dije.
Él se quedó quieto un instante, y después suspiró y se acercó. Cogió de mi mano el brazo blando e inerte de Janice May Chapman. Examinó la muñeca con mucha atención, y después le pasó los dedos hacia arriba y hacia abajo, suavemente, desde el dorso de la mano hasta la mitad del antebrazo, palpando la zona hinchada. Preguntó:
—¿Tiene alguna hipótesis?
—Creo que la ataron —dije—. De las muñecas y de los tobillos. Las ataduras empezaron a dejarle marcas, pero no vivió lo suficiente como para que se desarrollaran mucho. Pero claramente empezaron a marcarse. Un poco de sangre se filtró en los tejidos, y permaneció allí cuando el resto se drenó. Por eso vemos las heridas de compresión como franjas inflamadas.
—¿La ataron con qué?
—Con cuerdas no —dije—. Quizás con cinturones o con correas. Algo ancho y plano. Quizás pañuelos de seda. Algo acolchado, tal vez. Para disimular lo que se había hecho.
Merriam no dijo nada. Pasó a mi lado para ir hasta el otro extremo de la mesa y examinó los tobillos de Chapman. Dijo:
—Cuando la trajeron tenía las medias puestas. El nylon no estaba dañado. No estaban ni rasgadas ni retorcidas.
—Por el acolchado. Quizás era gomaespuma. Algo así. Pero la ataron.
Merriam se quedó callado otra vez.
Después dijo:
—No es imposible.
—¿Cómo de plausible es? —pregunté.
—Los exámenes post mortem tienen sus limitaciones. Necesitaríamos un testigo presencial para poder estar seguros.
—¿Cómo explica el desangramiento total?
—Podría haber sido hemofílica.
—Supongamos que no lo era.
—Entonces la única explicación sería la gravedad. Estaba colgada cabeza abajo.
—¿Con cinturones o correas, o cuerdas sobre alguna clase de acolchado?
—No es imposible —repitió Merriam.
—Dele la vuelta —dije.
—¿Por qué?
—Quiero ver la irritación que le dejó la grava.
—Va a tener que ayudarme —dijo, y eso hice.