El asunto
Diecinueve
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DIECINUEVE
El cuerpo humano es una máquina autocurativa, y no pierde el tiempo. Si la piel sufre una rotura, una lesión o un corte, la sangre se precipita inmediatamente hacia ese sitio, las células rojas empiezan a encostrar y tejer una matriz fibrosa para juntar los bordes separados, y las células blancas empiezan a perseguir y destruir los gérmenes y los patógenos que están por debajo. El proceso se inicia en pocos minutos y dura las horas o los días que sean necesarios para hacer que la piel recupere su integridad previa. El proceso provoca una curva de inflamación en forma de campana, que alcanza su punto máximo cuando se produce la mayor afluencia de sangre, cuando la costra se hace más gruesa y cuando la lucha contra la infección llega a su estado más intenso.
La parte baja de la espalda de Janice May Chapman estaba salpicada de cortes minúsculos, al igual que su culo y sus brazos justo por encima del codo. Los cortes eran pequeños, unas incisiones con costras finas, rodeadas de pequeñas áreas con lesiones que carecían de color debido a la ausencia de sangre. Todos los cortes estaban infligidos en direcciones aleatorias, como si hubieran sido provocados por objetos sueltos y rodantes, de tamaño y características similares, pequeños y duros, ni muy afilados ni completamente romos.
La clásica irritación ocasionada por gravilla.
Miré a Merriam y le pregunté:
—¿De cuándo cree que son las heridas?
—No tengo ni idea —respondió.
—Vamos, doctor —insistí—. Usted ha tratado cortes y raspaduras antes. ¿O no? ¿Qué era antes? ¿Psiquiatra?
—Pediatra —respondió—. No tengo idea de qué es lo que estoy haciendo aquí. Para nada. No en esta área de la medicina.
—Los niños se cortan y se raspan todo el tiempo. Tiene que haber visto cientos de cosas así.
—Esto es un asunto serio. No puedo arriesgarme con conjeturas infundadas.
—Inténtelo con algunas conjeturas lógicas.
—Cuatro horas —dijo.
Asentí. Supuse que cuatro horas era más o menos lo correcto, a juzgar por las costras, que no eran incipientes pero tampoco estaban del todo formadas. Habían estado creciendo de manera constante, pero su crecimiento se había detenido de manera abrupta cuando le cortaron el cuello, el corazón se detuvo, el cerebro murió y el metabolismo cesó.
—¿Ha determinado la hora de la muerte? —pregunté.
—Es muy difícil de saber —respondió Merriam—. Imposible, en realidad. El desangramiento interfiere en los procesos biológicos normales.
—¿Pero cuál es su mejor suposición?
—Que fue unas horas antes de que la trajeran aquí.
—¿Cuántas horas?
—Más de cuatro.
—Eso es obvio por la irritación de la grava. ¿Cuántas más que cuatro?
—No sé. Menos de veinticuatro. Eso es lo máximo que le puedo decir.
—No hay otras heridas. No hay moratones. No hay señales de que haya tratado de defenderse.
—Estoy de acuerdo —dijo Merriam.
—Quizás no se resistió —dijo Deveraux—. Quizás tenía un arma apuntándole a la cabeza. O un cuchillo en la garganta.
—Quizás —dije. Miré de nuevo a Merriam y pregunté—: ¿Le ha hecho un examen vaginal?
—Por supuesto.
—¿Y?
—Mi conclusión fue que había tenido relaciones sexuales recientemente.
—¿Alguna herida o desgarro en esa zona?
—Nada visible.
—¿Entonces por qué determinó que había sido violada?
—¿Usted cree que fue consentido? ¿Usted haría el amor sobre un suelo de grava?
—Podría ser —dije—. Depende de con quién.
—Ella tenía su casa —dijo Merriam—. Con cama. Y un coche, con asiento trasero. Cualquier presunto novio también habría tenido una casa y un coche. Y en el pueblo hay un hotel. Y hay otros pueblos, con otros hoteles. Nadie tiene necesidad de tener una cita al aire libre.
—Y menos aún en marzo —dijo Deveraux.
La pequeña sala se quedó en silencio, y permaneció en silencio hasta que Merriam preguntó:
—¿Hemos terminado?
—Sí —dijo Deveraux.
—Bueno, buena suerte, jefa —dijo Merriam—. Espero que este termine mejor que los dos últimos.
Deveraux y yo caminamos por la entrada de coches, pasamos junto al buzón y el pequeño cartel y llegamos a la acera, donde nos quedamos de pie al lado de su coche. Sabía que no me iba a llevar. No estábamos en una democracia. No todavía. Dije:
—¿Has visto alguna vez a una víctima de violación con las medias intactas?
—¿Crees que es relevante?
—Por supuesto que sí. La atacaron sobre un suelo de grava. Las medias deberían haber quedado destrozadas.
—Quizás la obligaron a desvestirse primero. Despacio y con cuidado.
—La irritación que le dejó la grava tiene distintas intensidades. Llevaba algo puesto. Levantado, bajado, como fuese, pero estaba parcialmente vestida. Y se cambió después. Lo cual es posible. Tuvo cuatro horas.
—No vayas por ahí —dijo Deveraux.
—¿Por dónde?
—Vas a intentar acusar al ejército solo de violación. Vas a decir que la mató otra persona, más tarde, por separado.
No dije nada.
—Y no va a funcionar —continuó Deveraux—. Una mujer se encuentra con alguien y la violan, ¿y menos de cuatro horas después se encuentra con una persona completamente distinta y la degüellan? Tuvo un día muy malo, ¿no? El peor día del mundo. Son demasiadas coincidencias. No, fue la misma persona. Pero su sesión duró todo el día. Tardó muchas horas. Tenía planes y equipamiento. Tenía acceso a su ropa. La obligó a cambiarse. Todo estaba premeditado.
—Es posible —dije.
—En el ejército enseñan planificación táctica eficaz. O eso es lo que dicen.
—Es cierto —dije—. Pero no te dan todo el día libre muy a menudo. No en un ambiente de entrenamiento. Normalmente eso no sucede.
—Pero Kelham no es solo un lugar de entrenamiento, ¿no? —replicó Deveraux—. Por lo que pude deducir no es así. En la base hay un par de compañías de fusileros. Entran y salen de manera rotativa. Y tienen permiso cuando vuelven. Días libres. Muchos. Todos seguidos. Uno tras otro.
No dije nada.
—Deberías llamar a tu superior para decirle que esto tiene muy mala pinta.
—Ya lo sabe —dije—. Por eso estoy aquí.
Hizo una larga pausa y dijo:
—Quiero que me hagas un favor.
—¿Cuál?
—Que vuelvas al lugar del accidente del coche. A ver si encuentras una matrícula o si puedes identificar el vehículo. Pellegrino no llegó a nada.
—¿Y por qué ibas a confiar en mí?
—Porque eres hijo de un marine. Y porque sabes que si ocultas o destruyes alguna prueba haré que te metan en la cárcel.
—¿A qué se refería Merriam cuando te deseó mejor suerte con este que con los otros dos? —pregunté.
No respondió.
—¿Los otros dos qué? —dije.
Hizo una pausa, su hermosa cara decayó un poco y dijo:
—El año pasado asesinaron a dos chicas. Mismo modus operandi. Las degollaron. No llegué a nada. Los dos casos quedaron sin resolver. Janice May Chapman es la tercera en nueve meses.