El asunto
Veinte
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VEINTE
Elizabeth Deveraux no dijo nada más. Se subió a su Caprice y se fue. Hizo un giro en U delante de mí y se dirigió hacia el norte, de vuelta al pueblo. La perdí de vista después de la primera curva. Me quedé quieto durante un largo rato y después empecé a caminar. Diez minutos más tarde estaba cruzando los últimos recodos de la parte rural y la carretera se ensanchó y se enderezó frente a mí. Main Street, la calle principal, eso era y así se llamaba. Comenzaba cierta actividad diurna. Estaban abriendo las tiendas. Vi dos coches y dos peatones. Pero nada más. Carter Crossing no era una metrópolis bulliciosa. Eso estaba claro.
Caminé por la acera de la derecha y pasé delante de la ferretería, de la farmacia, del hotel, de la cafetería y del espacio vacío al lado de la cafetería. El coche de Deveraux no estaba aparcado en la explanada del Departamento del Sheriff. Allí no había ningún vehículo de la policía. Había dos pick-ups civiles, las dos viejas, maltrechas y modestas. La del empleado administrativo y la de la operadora, probablemente. Contratados en el pueblo, sin sindicato, sin prestaciones. Pensé de nuevo en mi amigo Stan Lowrey y sus ofertas de empleo. Supuse que aspiraría a más. Tendría que hacerlo. Tenía novias. En plural. Tenía bocas que alimentar.
Llegué hasta el cruce en forma de T y giré a la derecha. A la luz del día la carretera se extendía recta frente a mí. Arcenes estrechos, cunetas profundas. Los carriles se inclinaban hacia arriba y pasaban por encima del paso a nivel, y después los arcenes y las cunetas aparecían de nuevo y la carretera seguía avanzando entre los árboles.
Había una furgoneta aparcada a mi lado del cruce. Mirando hacia mí. Un armatoste grande y chato. Pintado de un color oscuro, con brocha. Con dos tipos dentro. Mirándome. Peludos, tatuados, con pelo largo, sucios, grasientos.
Mis amigos de la noche anterior.
Seguí caminando, ni rápido ni despacio, paseando. Me acerqué hasta que estuve a unos veinte metros. Lo suficientemente cerca como para verles bien la cara. Lo suficientemente cerca como para que ellos vieran la mía.
Esta vez se bajaron de la furgoneta. Las dos puertas se abrieron a la vez y ambos salieron. Rodearon el capot y se detuvieron juntos delante de la parrilla. Misma altura, misma complexión. Como primos. Los dos medían alrededor de un metro noventa y pesaban entre noventa y noventa y cinco kilos. Tenían los brazos largos y gruesos y las manos grandes. Botas de trabajo en los pies.
Seguí caminando. Me detuve a tres metros de distancia. Podía olerlos. Cerveza, cigarrillos, sudor rancio, ropa sucia.
El que estaba a mi derecha dijo:
—Hola de nuevo, soldado.
Era el perro alfa. Las dos veces conducía él, y las dos veces fue el primero en hablar. A no ser que el otro fuera una especie de genio silencioso, lo que parecía improbable.
No dije nada, por supuesto.
—¿A dónde vas? —preguntó.
No respondí.
—Estás yendo a Kelham —continuó él—. ¿A qué otro sitio lleva esta calle?
Se dio la vuelta e hizo un gesto extravagante con el brazo, barriendo hacia atrás, señalando la carretera, su implacable línea recta y la falta de destinos alternativos. Se dio la vuelta de nuevo y dijo:
—Anoche nos dijiste que no eras de Kelham. Nos mentiste.
—Quizás vivo en ese lado del pueblo —dije yo.
—No —replicó él—. Si hubieras intentado vivir en ese lado del pueblo, te habríamos visitado antes.
—¿Para qué?
—Para explicarte cómo es la vida. Hay un sitio para cada persona.
Se acercó un poco. Su compañero hizo lo mismo. El olor se volvió más fuerte.
—Necesitáis un baño, chicos —dije—. No necesariamente juntos.
El que estaba a mi derecha preguntó:
—¿Qué estuviste haciendo esta mañana?
—No queréis saberlo —respondí.
—Sí, queremos.
—No, de verdad que no.
—No eres bienvenido aquí. Ya no. Ninguno de vosotros.
—Este es un país libre —dije.
—No para personas como tú.
Entonces hizo una pausa y su mirada cambió de dirección de repente y se centró en algún punto lejano por encima de mi hombro. El truco más viejo del mundo. Pero no estaba fingiendo. No me di la vuelta, pero escuché un coche a mis espaldas. Lejos. Un coche grande, silencioso, con neumáticos anchos para autopista. No era un coche de policía, porque en los ojos del tipo no vi que estuviera reconociendo nada. No le resultaba familiar. Era un coche que nunca había visto. Un coche al que no le encontraba explicación.
Esperé y pasó al lado nuestro. Iba rápido. Era una limusina negra. Con cristales tintados. Dio unos golpes al subir, traqueteó por encima de las vías, dio otros golpes al bajar por el otro lado. Después siguió recto. Un minuto más tarde era un punto minúsculo en medio de la niebla. Y lo perdimos de vista.
Una visita oficial, dirigiéndose hacia Kelham. De rango y prestigio.
O de pánico.
El que estaba a mi derecha dijo:
—Tienes que volver a la base. Y quedarte allí.
No dije nada.
—Pero primero tienes que decirnos lo que has estado haciendo. Y a quién has estado viendo. Quizás deberíamos ir a comprobar que sigue con vida.
—No soy de Kelham —dije.
El tipo dio un paso adelante.
—Mentiroso —soltó.
Cogí aire e hice como que iba a hablar. Después le di un cabezazo en toda la cara. Sin previo aviso. Planté los pies en el suelo, me abalancé contra él de cintura para arriba y le estrellé la frente en la nariz. Bang. Una ejecución perfecta. Coordinación, fuerza, impacto. Todo en su justa medida. Más la sorpresa. Nadie se espera un cabezazo. Los humanos no golpean con la cabeza. Eso dice algún instinto atávico que llevamos incorporado. Un cabezazo cambia el partido. Añade un salvajismo desquiciado a la mezcla. Un cabezazo sin provocación es una escopeta recortada en una pelea de cuchillos.
El tipo se desplomó como un traje vacío. Su cerebro les dijo a sus rodillas que estaba fuera de servicio, se dobló y se cayó de espaldas. Estaba inconsciente ya antes de chocar con el suelo. Me di cuenta por la forma en que la parte posterior de su cabeza golpeó la carretera. No hubo ningún intento de amortiguar el impacto. Se estrelló con un ruido sordo. Quizás sumó algunas fracturas en la parte de atrás para compensar las que yo le había hecho en la parte de adelante. No paraba de sangrarle la nariz. Ya se estaba empezando a hinchar. El cuerpo humano es una máquina autocurativa, y no pierde el tiempo.
El otro se quedó ahí quieto. El genio silencioso. O el perro beta. Me miraba. Di un gran paso a la izquierda y le di un cabezazo a él también. Bang. Como un doble farol. El tipo no estaba para nada preparado. Esperaba un puñetazo. Se desplomó de la misma manera. Lo dejé ahí, boca arriba, a dos metros de su compañero. Me habría llevado su furgoneta para ahorrar tiempo y esfuerzo, pero no podía soportar el hedor de la cabina. Así que seguí caminando hasta las vías del tren, donde giré a la izquierda en los durmientes y me dirigí hacia el norte.
Bajé de la vía un poco antes que la noche anterior y recorrí el área en la que estaban los restos del accidente desde el principio. Las piezas más pequeñas y ligeras habían recorrido distancias más cortas. Menos impulso, supuse. O menos energía cinética. O mayor resistencia aerodinámica. O algo. Pero lo primero que se veía eran los trozos de cristal y de metal más pequeños. Se habían detenido, habían oscilado y se habían caído al suelo mucho antes que las partes más pesadas que siguieron volando.
Era un coche bastante viejo. La colisión lo había reventado y lo había dejado como en un dibujo de despiece, pero algunas piezas no habían resistido mucho. Había cuadrados y láminas oxidadas, del chasis. Estaban agrietadas, escamadas y muy sucias.
Un coche viejo, que había pasado mucho tiempo en climas fríos donde echan sal a las carreteras en invierno. No era de Mississippi. Un coche al que habían llevado de un lado a otro, seis meses aquí, seis meses allá, de manera regular e impredecible.
El coche de un militar, probablemente.
Seguí caminando, giré y traté de estimar el vector general. Los restos se habían esparcido en forma de abanico, primero por una superficie estrecha, después por una cada vez más ancha. Me imaginé una matrícula, un pequeño rectángulo de chapa delgada y ultraligera, desprendiéndose de los tornillos, surcando el aire nocturno, perdiendo impulso y cayendo, quizás de un lado a otro. Intenté proyectar dónde podría haber aterrizado. No la veía por ningún sitio, no dentro de la superficie en forma de abanico, tampoco en los bordes externos ni más allá de esos bordes. Entonces me acordé del vendaval ensordecedor que había acompañado al paso del tren y amplié la zona de búsqueda. Me imaginé la matrícula presa de un tornado en miniatura, sacudiéndose y girando en espiral en medio del aire revuelto, ascendiendo, quizás incluso moviéndose en dirección contraria.
Al final la encontré, todavía unida al parachoques cromado que había visto la noche anterior. El parachoques se había doblado a la izquierda de la matrícula y había formado una cuña que se había enterrado hasta la mitad en los arbustos. Como una lanza. Lo aflojé, lo saqué de allí, le di la vuelta y vi la matrícula, que colgaba de un tornillo negro.
Era de Oregón. Detrás del número tenía el dibujo de un salmón. Alguna clase de iniciativa relacionada con la vida silvestre. Proteja el medioambiente natural. Los tags eran actuales y estaban al día. Memoricé el número y volví a enterrar el parachoques doblado en su agujero. Después seguí caminando hacia donde la mayor parte de los restos del coche habían ardido contra los árboles.
A plena luz del día, coincidí con Pellegrino. El coche había sido azul, de un tono claro y plomizo como un cielo invernal. Quizás había sido así de siempre o quizás había empalidecido un poco con el paso del tiempo. Pero en cualquiera de los dos casos encontré bastante pintura intacta, la suficiente para estar seguro. Había una zona intacta dentro de lo que había sido la guantera. Había una mancha de pintura en aerosol debajo de un recubrimiento de plástico derretido en la parte interna de una de las puertas. No habían sobrevivido muchas cosas más. No había artículos personales. No había documentos de ningún tipo. No había material descartado. No había pelo, no había fibras. No había ni sogas ni cintos ni correas ni cuchillos.
Me limpié las manos en el pantalón y me fui por donde había venido. Los dos tipos y la furgoneta ya no estaban. Supuse que el genio silencioso había recuperado la conciencia primero. El perro beta. A él le había pegado con menos fuerza. Supuse que había subido a su compañero a la furgoneta y había arrancado, despacio y tambaleante. No había habido daños. Ninguno importante. Ninguno permanente. Al menos para él. Al otro le iba a doler la cabeza aproximadamente durante seis meses.
Me detuve en el lugar en el que habían caído y vi otro coche negro que venía hacía mí desde el oeste. Otra limusina, rápida y decidida, que se balanceaba y se bamboleaba un poco por las irregularidades de la carretera. Estaba limpia y brillante, y tenía los cristales tintados. Me dejó atrás a toda velocidad, golpeó al subir, traqueteó sobre las vías del tren, golpeó al bajar y se precipitó hacia Kelham. Me giré para observarla, y después me giré otra vez y empecé a caminar de nuevo. No tenía ningún sitio en concreto al que ir, pero para entonces ya tenía hambre, así que me dirigí hacia Main Street, a la cafetería. Estaba vacía. Yo era el único cliente. Atendía la misma camarera. Se acercó a la mesa de recepción y me preguntó:
—¿Usted se llama Jack Reacher?
—Sí, ese soy yo —respondí.
—Ha venido una mujer hace una hora —dijo—, lo estaba buscando.