El asunto

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Veintiuno

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VEINTIUNO

La camarera era una típica testigo presencial. Fue totalmente incapaz de describir a la mujer que me había estado buscando. Alta, baja, fuerte, delgada, vieja, joven: no tenía ningún recuerdo fiable. No le había preguntado cómo se llamaba. No se había formado impresión alguna respecto a su posición social, su profesión o su relación conmigo. No había visto ningún coche ni ningún otro medio de transporte. De lo único que se acordaba era de una sonrisa y de una pregunta. ¿Había alguien nuevo en el pueblo, un tipo grande, muy alto, que respondía al nombre de Jack Reacher?

Le agradecí la información y ella me sentó en la mesa habitual. Pedí una porción de tarta, un café y monedas para el teléfono. Abrió la caja registradora y me dio un rollo de monedas de veinticinco centavos a cambio de un billete de diez dólares. Me trajo el café y me dijo que la tarta estaría lista enseguida. Crucé el silencioso salón hasta el teléfono al lado de la puerta, rompí el rollo de papel con la uña del dedo gordo y marqué el número del despacho de Garber. Contestó él, inmediatamente.

—¿Acaba de mandar a otro agente? —le pregunté.

—No —dijo—. ¿Por qué?

—Hay una mujer preguntando por mí que me llama por mi nombre.

—¿Quién?

—No sé quién. Todavía no ha dado conmigo.

—No es de los míos —dijo Garber.

—Y vi dos coches yendo hacia Kelham. Limusinas. Gente del Departamento de Defensa o políticos, probablemente.

—¿Hay alguna diferencia?

—¿Ha recibido noticias de Kelham? —pregunté.

—Nada relacionado con el Departamento de Defensa o con políticos —dijo—. Escuché que Munro está detrás de algo médico.

—¿Médico? ¿Como qué?

—No lo sé. ¿Tiene alguna dimensión médica este caso?

—¿Con un perpetrador potencial? No que yo haya visto. Más allá de la irritación ocasionada por la grava, por la que pregunté antes. La víctima la tiene por todas partes. El responsable también tendría que tenerla.

—Todos tienen marcas de grava. Al parecer hay una pista de atletismo bastante particular. Corren hasta que no pueden más y se caen.

—¿Incluso la Compañía Bravo justo cuando vuelve?

—Especialmente la Compañía Bravo justo cuando vuelve. Hay mucha autoestima en juego. Son todos hombres muy duros. O eso es lo que les gusta pensar.

—Tengo el número de matrícula del coche accidentado. Era un coche azul claro, de Oregón.

Recité el número de memoria y escuché cómo lo apuntaba. Dijo:

—Llámeme en diez minutos. No hable con nadie hasta entonces. Con nadie, ¿está claro? Ni una palabra.

 

Ignoré la interpretación literal de la orden al hablar con la camarera. Le agradecí la tarta y el café. Se quedó un poco más cerca de mí de lo necesario. Algo le rondaba la cabeza. Resultó que estaba preocupada porque creía que podía haberme metido en problemas al decirle a una desconocida que me había visto. Estaba dispuesta a sentirse culpable por eso. Me dio la impresión de que Carter Crossing era el tipo de sitio donde los asuntos privados se mantienen en privado. Donde una pequeña parte de la población no quiere que la encuentren.

Le dije que no se preocupara. A esas alturas ya estaba bastante seguro de quién era la mujer misteriosa. Por un proceso de eliminación. ¿Qué otra persona tenía la información y la imaginación necesarias para encontrarme?

La tarta estaba rica. Arándanos, masa, azúcar y crema. Nada saludable. Sin materia vegetal. Daba en el clavo. Invertí los diez minutos íntegros en comerla, un bocado cada vez. Me terminé el café. Después volví al teléfono y llamé otra vez a Garber.

—Rastreamos el coche —dijo.

—¿Y? —pregunté.

—¿Y qué?

—¿De quién es?

—No se lo puedo decir —dijo.

—¿En serio?

—Es información clasificada, desde hace cinco minutos.

—Alguien de la Compañía Bravo, ¿no?

—No se lo puedo decir. No puedo ni confirmar ni desmentir nada. ¿Apuntó el número en algún lado?

—No.

—¿Dónde está la matrícula?

—Donde la encontré.

—¿A quién se lo dijo?

—A nadie.

—¿Está seguro?

—Completamente.

—De acuerdo —dijo Garber—. Sus órdenes son las siguientes. En primer lugar, no, repito, no dé ese número a nadie de la policía local. Bajo ninguna circunstancia. En segundo lugar, regrese al lugar del accidente y destruya la matrícula de inmediato.

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