El asunto
Veintidós
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VEINTIDÓS
Obedecí la primera parte de la orden de Garber al no ir inmediatamente al Departamento del Sheriff a transmitir la información. Desobedecí la segunda parte al no regresar inmediatamente al lugar donde estaban los restos del accidente. Me quedé sentado en la cafetería, bebiendo café y pensando. Ni siquiera estaba seguro de cómo destruir una matrícula. Si la quemaba no se vería el estado que la había emitido, pero el número sí, porque estaba en relieve. Al final supuse que podía doblarla en dos, aplastarla y enterrarla.
Pero no lo hice. Me quedé allí sentado. Me imaginé que si me quedaba en la cafetería el tiempo suficiente, tomando café, la misteriosa mujer que me buscaba seguramente me encontraría.
Y lo hizo, cinco minutos después.
La vi antes de que ella me viera. Yo miraba hacia fuera a una calle con mucha luz y ella miraba hacia dentro a un salón oscuro. Iba a pie. Llevaba un pantalón negro y zapatos negros de cuero, una camiseta negra y una chaqueta de cuero con el color y la textura de un guante de béisbol viejo. Tenía en la mano un maletín del mismo material. Era delgada, grácil y esbelta, y parecía que se movía más lento que el resto del mundo, como pasa siempre con la gente fuerte y en forma. Seguía teniendo el pelo oscuro y corto, y su cara seguía estando cargada de inteligencia rápida y miradas veloces. Frances Neagley, sargento primero del Ejército de los Estados Unidos. Habíamos trabajado juntos muchas veces, en casos duros y sencillos, en periodos largos y breves. Era lo más cercano a un amigo que yo tenía en 1997, y hacía más de un año que no nos veíamos.
Entró buscando a la camarera, lista para pedirle una actualización. Me vio en la mesa y cambió de rumbo inmediatamente. Sin sorpresa en su cara. Solo una rápida asimilación de la información nueva y la satisfacción de que su método había funcionado. Conocía el estado y el pueblo, y sabía que yo tomaba mucho café, así que una cafetería era el sitio donde encontrarme.
Empujé la silla de enfrente con el pie, tal como Deveraux había hecho conmigo dos veces. Neagley se sentó, resuelta y tranquila. Apoyó el maletín en el suelo, junto a sus pies. Sin saludo, ni apretón de manos, ni beso en la mejilla. Había que saber dos cosas acerca de Neagley. A pesar de su calidez, no podía soportar que la tocaran, y a pesar de todos sus talentos, se negaba a convertirse en oficial. Nunca había dado explicaciones para ninguna de las dos. Algunos pensaban que era inteligente y otros pensaban que estaba loca, pero todos estaban de acuerdo en que con Neagley nadie sabría nunca nada con seguridad.
—Un pueblo fantasma —dijo.
—La base está cerrada —dije yo.
—Ya lo sé. Estoy al tanto. Cerrar la base fue su primer error. Es lo mismo que confesar.
—Dicen que les preocupaba generar una situación tensa con la gente del pueblo.
Neagley asintió:
—No se necesita mucho para que pase eso, en ninguna de las dos direcciones. He visto la calle que está detrás de esta. Todas esas tiendas, alineadas como una hilera de dientes, mirando hacia la base. Es muy agresivo. Nuestra gente debe estar cansada de que se rían de ellos y de que los estafen.
—¿Has visto algo más?
—Todo. Ya hace dos horas que estoy aquí.
—¿Y cómo estás?
—No tenemos tiempo para charlar de cuestiones personales.
—¿Qué necesitas?
—Nada —dijo—. El que necesita algo eres tú.
—¿Qué necesito?
—Necesitas encontrar una maldita pista —dijo—. Esto es una misión suicida, Reacher. Me llamó Stan Lowrey. Está preocupado. Así que empecé a preguntar. Y Lowrey tenía razón. Deberías haber dicho que no.
—Estoy en el Ejército —dije—. Voy adonde me mandan.
—Yo también estoy en el Ejército. Pero evito ponerme una soga alrededor del cuello.
—Kelham es la soga. El que se está arriesgando a que lo ahorquen es Munro. Yo estoy del lado de fuera.
—No sé quién es Munro —dijo ella—. Nunca nos conocimos. Ni siquiera había escuchado hablar de él. Pero te apuesto lo que quieras a que hará lo que le digan. Va a taparlo todo y va a jurar que el blanco es negro. Pero tú no.
—Mataron a una mujer. No podemos pasar eso por alto.
—Mataron a tres mujeres.
—¿Ya lo sabes?
—Como te dije, ya hace dos horas que estoy aquí. Estoy al día.
—¿Cómo lo averiguaste?
—Conocí a la sheriff. A la jefa Deveraux en persona.
—¿Cuándo?
—Pasó por su despacho. Yo casualmente estaba allí, preguntando por ti.
—¿Y te contó cosas?
—Le eché la mirada.
—¿Qué mirada?
Neagley pestañeó, se recompuso, bajó un poco el rostro, levantó la vista y me miró con los ojos muy abiertos y con una mirada franca, empática, comprensiva y alentadora, con la boca un poco abierta como si estuviese a punto de exhalar un inminente susurro de plena comprensión mutua, con el semblante asombrado y maravillado por la valentía con la que yo cargaba todas las pesadas responsabilidades que me había deparado la vida. Dijo:
—Esta es la mirada. Funciona muy bien con las mujeres. Un poco conspiratoria, ¿no? Como si estuviésemos en el mismo barco.
Asentí. Realmente era una mirada muy buena. Pero me decepcionó que Deveraux hubiese caído. Vaya cabeza de chorlito. Pregunté:
—¿Qué más te contó?
—Algo acerca de un coche. Cree que es fundamental para el caso y que era de alguien de Kelham.
—Tiene razón. Acabo de encontrar la matrícula. Garber la cotejó en las bases de datos y me dijo que no le diera la información a nadie.
—¿Y vas a hacer lo que te dijo?
—No lo sé. Quizás no es una orden muy legal.
—¿Ves lo que te digo? Te vas a suicidar. Lo sabía. Me voy a quedar por aquí para que no te metas en problemas. Para eso he venido.
—¿No estás destinada en ningún sitio?
—Estoy en el D. C. Frente a un escritorio. Nadie me echará en falta un día o dos.
Negué con la cabeza.
—No —dije—. No necesito ayuda. Sé lo que hago. Sé jugar a este juego. No me voy a vender barato. Pero no quiero que caigas conmigo en caso de que así deba ser.
—Nada debe ser de ninguna manera, Reacher. Es una elección.
—No crees eso de verdad.
Hizo una mueca:
—Por lo menos elige tus batallas.
—Eso es lo que hago siempre. Y esta es tan buena como cualquier otra.
En ese momento la camarera salió de la cocina. Me vio a mí, vio a Neagley y la reconoció, vio que no estábamos revolcados por el suelo sacándonos los ojos, y su culpa se evaporó. Me sirvió café de nuevo. Neagley pidió té, Lipton English Breakfast, con el agua en el punto de hervor adecuado. Nos quedamos sentados en silencio hasta que nos trajo el pedido. Después la camarera volvió a irse y Neagley dijo:
—Deveraux es una mujer muy guapa.
—Estoy de acuerdo —dije.
—¿Ya te has acostado con ella?
—Por supuesto que no.
—¿Lo vas a hacer?
—Supongo que puedo fantasear. La esperanza es lo último que se pierde, ¿no?
—No lo hagas. Hay algo raro en ella.
—¿A qué te refieres?
—Le da todo igual. Tiene tres homicidios sin resolver y el pulso tan lento como el de un oso en invierno.
—Fue marine de la Policía Militar. Ha estado revolviendo en el mismo lugar que nosotros durante toda su vida. ¿Cuánto te afectan a ti tres personas muertas?
—Profesionalmente me afectan.
—Ella cree que lo hizo alguien de Kelham. Por lo que no tiene jurisdicción. Por lo que no desempeña ningún papel. Por lo que no le pueden afectar profesionalmente.
—Sea como sea, desprende malas vibraciones. Es lo único que digo. Confía en mí.
—No te preocupes.
—Mencioné tu nombre y me miró como si le debieras dinero.
—No le debo dinero.
—Entonces está loca por ti. Lo noto.
—Dices eso de cada mujer que conozco.
—Pero esta vez es verdad. En serio. Su corazoncito frío latía acelerado. Quedas advertido, ¿vale?
—Gracias —dije—. Pero esta vez no necesito una hermana mayor.
—Hablando de eso —dijo—. Garber está preguntando por tu hermano.
—¿Mi hermano?
—Rumores que corren por la red de suboficiales. Garber mandó que vigilaran tu despacho para saber si recibes notas o llamadas de tu hermano. Quiere saber si estáis en contacto.
—¿Por qué estará haciendo eso?
—Por dinero —dijo Neagley—. Es lo único que se me ocurre. Tu hermano sigue en el Departamento del Tesoro, ¿no? Quizás hay algún problema financiero con Kosovo. Tiene que haber caudillos militares y gánsteres allí. Quizás la Compañía Bravo está trayendo aquí dinero suyo. Ya sabes, lavándolo. O robándolo.
—¿De qué manera podría estar eso relacionado con una mujer llamada Janice May Chapman que vive en un rincón perdido de Mississippi?
—Quizás se enteró. Quizás quería una parte. Quizás era la novia de alguien de la Compañía Bravo.
No respondí.
—Última oportunidad —dijo Neagley—. ¿Me quedo o me voy?
—Vete —dije—. Este es mi problema, no el tuyo. Larga vida y prosperidad.
—Un regalo de despedida —dijo. Se agachó, abrió su maletín y sacó una carpeta verde y fina. En la parte exterior tenía impresas las palabras Departamento del Sheriff del Condado de Carter. La dejó en la mesa y apoyó la mano encima, como para deslizarla hacia el otro lado. Dijo—: Te va a interesar.
—¿Qué es? —pregunté.
—Fotos de las tres mujeres muertas. Todas tienen algo en común.
—¿Te la ha dado Deveraux?
—No exactamente. La dejó un poco descuidada.
—¿La has robado?
—La tomé prestada. Puedes devolverla cuando termines. No me cabe duda de que encontrarás la manera de hacerlo. —Deslizó la carpeta hacia mí, se levantó y se alejó. Ni apretón de manos ni beso, ninguna clase de contacto. Empujó la puerta, salió a la calle, giró a la derecha y desapareció.
La camarera escuchó la puerta cuando Neagley se fue. Quizás había un timbre en la cocina. Salió para comprobar si había llegado un nuevo cliente y vio que no. Se conformó con servirme café por tercera vez y regresó a la cocina. Coloqué la carpeta verde frente a mí y la abrí.
Tres mujeres. Tres víctimas. Tres fotografías, todas tomadas en las últimas semanas o meses de sus vidas. Nada más triste. La policía pide una imagen reciente, y los familiares, desconsolados, se apresuran a elegir entre lo que tienen. Por lo general entregan imágenes en las que se ve a las víctimas alegres y sonrientes, fotos de graduación, retratos de estudio o instantáneas de las vacaciones, porque alegres y sonrientes es como las quieren recordar. Quieren que el largo y sombrío informe empiece lleno de vida y energía.
Janice May Chapman había dado muestras claras de las dos cosas. La suya era una foto en color de cintura para arriba en lo que parecía ser una fiesta. Estaba medio girada en dirección a la cámara, mirando directamente al objetivo, sonriendo en los primeros segundos de espontaneidad. Un disparo muy oportuno. El fotógrafo no la había pillado desprevenida, pero tampoco la había hecho posar demasiado.
Pellegrino se equivocó. Había dicho que era muy guapa, pero eso era como decir que Estados Unidos es un país bastante grande. Decir que era muy guapa era subestimarla mucho. En vida, Chapman había sido absolutamente espectacular. Era difícil imaginar una mujer más bella. El pelo, los ojos, la cara, la sonrisa, los hombros, la silueta, todo. Janice May Chapman lo había tenido todo, eso estaba claro.
Puse la foto al final del montón y observé a la segunda mujer. Había muerto en noviembre de 1996. Hacía cuatro meses. Estaba escrito en una nota pegada en la esquina inferior de la foto. La fotografía era uno de esos retratos en color, apresurados, semiformales, que sacan fotógrafos contratados por los institutos cuando comienza el año académico, o algún aficionado excedido de trabajo en un crucero. Una tela oscura al fondo, una banqueta, un par de flashes de estudio con sombrilla, tres, dos, uno, pop, gracias. La mujer de la foto era negra, tenía alrededor de veinticinco años, y era tan espectacular como Janice May Chapman. Quizás incluso más. Tenía una piel perfecta y una sonrisa de las que hacen que se encienda el aire acondicionado. Tenía unos ojos que harían estallar guerras. Oscuros, líquidos, radiantes. No miraba a la cámara. La atravesaba con la mirada. Me miraba directamente a mí. Como si hubiera estado sentada del otro lado de la mesa.
La tercera mujer había muerto en junio de 1996. Hacía nueve meses. También era negra. También joven. También espectacular. Realmente espectacular. La habían fotografiado al aire libre, en un jardín, a la sombra, con la última luz del atardecer rebotando contra una pared de tablones de madera blanca y bañándola en su brillo. Tenía el pelo corto con un peinado natural y una blusa blanca con tres botones desabrochados. Tenía ojos líquidos y una sonrisa tímida. Tenía unos pómulos magníficos. Me quedé mirando. Si alguien de un laboratorio, con su bata blanca, hubiese cargado una supercomputadora IBM con toda la información disponible acerca de la belleza, desde Cleopatra hasta el presente, los circuitos habrían zumbado durante una hora y después habrían imprimido exactamente esa imagen.
Aparté mi taza y coloqué las tres fotos sobre la mesa, una al lado de otra. Todas tienen algo en común, había dicho Neagley. Todas eran aproximadamente de la misma edad. Dos o tres años las podrían haber abarcado. Pero Chapman era blanca, y las otras dos eran negras. A juzgar por su vestido y por sus joyas, Chapman era por lo menos económicamente acomodada, la primera mujer negra un poco menos y la segunda parecía casi marginal, en un sentido rural, a juzgar por su ropa, por un cuello y unas orejas sin adornos y por el patio en el que estaba sentada.
Tres vidas, vividas en una estrecha proximidad geográfica, pero separadas por brechas muy amplias. Podía ser que nunca se hubieran conocido o hablado. Podía ser que ni siquiera se hubieran visto. No tenían absolutamente nada en común.
Salvo que las tres eran asombrosamente bellas.