El asunto
Ochenta y cinco
Página 89 de 94
OCHENTA Y CINCO
Al final el gran General Motors diésel me llevó a un poco más de ciento cinco kilómetros por hora, y dos minutos antes de las diez frené, escondí la furgoneta entre los últimos árboles y caminé lo que quedaba del recorrido. Un hombre a pie es mucho más sigiloso que un vehículo militar de cuatro toneladas, y la seguridad es siempre la mejor política.
Pero no había nada de lo que esconderse. Main Street estaba tranquila. No había nada más que ver que la luz en la ventana de la cafetería, mi Buick prestado y el Caprice de Deveraux aparcado delante. Supuse que Deveraux estaba vigilando a medias la situación, sin preocuparse demasiado. La presencia del senador prácticamente garantizaba una noche tranquila y atípica.
Seguí por la carretera que llevaba a Kelham, evité Main Street y di la vuelta por detrás trazando un radio amplio y prudente. Me mantuve escondido detrás de la última hilera de coches aparcados y caminé hasta quedar a la altura del Brannan’s. El grupo grande de gente que estaba en la puerta seguía allí. Alcanzaba a ver unos cincuenta tipos agrupados en el mismo semicírculo que había visto antes. Y más allá veía una gran cantidad de personas dentro del bar, algunas de pie y otras, supuse, sentadas en las mesas que estaban más adentro del salón, aunque no las veía directamente. Me acerqué, pasando de lado entre coches aparcados y pick-ups. El barullo era más fuerte a cada paso que daba. Pero no mucho más fuerte. El ruido estaba en un nivel mucho más bajo, amable y contenido de lo que lo habría estado cualquier otra noche. Todos con su mejor conducta.
Crucé un carril despejado entre la primera fila de coches y la segunda, pasé sin dificultad entre un Cadillac de veinte años de antigüedad y una GMC Jimmy destartalada y una voz suave a mi lado dijo:
—Hola, Reacher.
Me di la vuelta y vi a Munro apoyado contra el extremo más alejado de la Jimmy, estratégicamente entre las sombras, prácticamente invisible, relajado, paciente y atento.
—Hola, Munro —dije—. Me alegro de verte. Aunque debo confesar que creí que no lo haría.
—Lo mismo digo —dijo.
—¿Te ha llamado Stan Lowrey?
Asintió:
—Pero un poco tarde.
—¿Tres tipos?
Asintió de nuevo:
—Morteristas del regimiento 75.
—¿Dónde están ahora?
—Atados con cables de teléfono, amordazados con sus propias camisetas, encerrados en mi habitación.
—Buen trabajo —dije.
Y era un buen trabajo. Uno contra tres, sin previo aviso, por sorpresa, pero aun así un resultado satisfactorio. Estaba impresionado. Munro no era tonto. Eso estaba claro.
—¿Qué te ha tocado a ti? —preguntó.
—Una dotación antiaérea.
—¿Dónde están?
—Caminando de regreso desde la mitad del camino a Memphis sin zapatos ni pantalones.
Sonrió, dientes blancos en la oscuridad. Dijo:
—Espero que nunca me destinen a Benning.
—¿Riley está en el bar? —pregunté.
—Fue el primero en llegar, con su padre. Están oficiando de grandes anfitriones. La cuenta ya debe ir por los trescientos dólares.
—¿Sigue en pie el toque de queda para volver?
Asintió:
—Pero van a salir todos en el último minuto. Sabes cómo es. Se ha creado un buen ambiente, y nadie querrá ser el primero en marcharse.
—De acuerdo —dije—. Tu tarea es asegurarte de que Riley sea el último en irse. Necesito que sea el último coche que se vaya de aquí. Y no uno o dos segundos después. Por lo menos un minuto. Haz lo que tengas que hacer para que sea así, ¿de acuerdo? Dependo de eso.
Con cualquier otra persona la conversación habría seguido y habría esbozado algunas alternativas para lograr ese objetivo, como sugerencias, cualquier cosa, desde pincharle un neumático hasta pedirle un autógrafo al viejo Riley, pero para entonces ya me había dado cuenta de que Munro no necesitaba ayuda. Se le ocurrirían las mismas cosas que a mí, y quizás algunas más.
—Entendido —dijo.
—Y después tu tarea es estar con Elizabeth Deveraux. Necesito que la tengas todo el tiempo a la vista. En la cafetería, o donde sea. De nuevo, como sea necesario.
—Entendido —repitió—. Ahora mismo, casualmente, está en la cafetería.
—Haz que se quede allí —dije—. No dejes que salga a vigilar los coches esta noche. Dile que con el senador alrededor, todo el mundo se comportará como corresponde.
—Ella ya lo sabe. Les dio la noche libre a sus ayudantes.
—Es bueno saberlo —dije—. Buena suerte. Y gracias.
Pasé de nuevo entre el Cadillac y la Jimmy, crucé el carril despejado, pasé por delante de la última hilera de coches y me fui de la explanada por el mismo camino por el que había venido. Cinco minutos después estaba justo al otro lado del cruce de tren, escondido entre los árboles a un lado de la carretera que iba hacia Kelham, esperando de nuevo.
La estimación de Munro sobre el ambiente que se había creado era correcta. Nadie se fue a las diez y media, debido a la extraña dinámica que rodeaba al senador. Yo había visto cosas similares en otras ocasiones. Estaba seguro de que nadie de la Compañía Bravo le mearía por encima si estuviese ardiendo, pero todos parecían fascinados por su exótica presencia, y sin duda todos tenían en mente las instrucciones del comandante de la base. Sed amable con el senador. Mostrad algo de respeto. Por lo que nadie se fue temprano. Nadie se quería ir de primero. Nadie quería llamar la atención. Por lo que dieron las diez y media sin que hubiese movimiento en la carretera. Ninguna clase de movimiento.
Al igual que a las diez y treinta y cinco.
Once menos veinte, lo mismo.
A las once menos cuarto la presa se rompió y empezaron a salir en masa.
Escuché el ruido, que fue como una versión amortiguada de una división blindada poniéndose en marcha, y vi el humo de los tubos de escape y los haces de los faros delanteros entrecruzándose a lo lejos a medida que empezaban a ubicarse para salir de la explanada. Las luces giraron hacia donde yo estaba en una cadena interminable y treinta segundos después el primer coche cruzó las vías dando un golpe y pasó de largo a toda velocidad. Lo siguieron todos los demás, uno detrás de otro, demasiados como para contarlos, todos solo unos metros por detrás del que les precedía, como coches de carreras en la recta de un autódromo. Los motores rugían y resoplaban, los neumáticos gastados traqueteaban sobre los raíles y me llegó el olor penetrante y dulce de la gasolina sin plomo. Vi el Cadillac viejo y la furgoneta GMC entre los cuales había pasado, y vi Chevys y Dodges y Fords y Plymouths y Jeeps y Chryslers, sedanes y pick-ups, cuatro por cuatro, cupés y convertibles de dos plazas. Seguían llegando, en una corriente ininterrumpida, de vuelta a la base, aliviados, pletóricos, con el deber cumplido.
Diez minutos más tarde la corriente comenzó a menguar, los espacios entre los coches empezaron a estirarse y a lo lejos vi cómo salían los rezagados. La última docena de vehículos tardó un minuto entero en pasar junto a mí. Ninguno era un coche oficial verde. El último en pasar fue un Pontiac maltratado y abollado. Observé cómo se acercaba. En cuanto pase por aquí, te aseguro que estamos solos, había dicho Deveraux. Luego el viejo Pontiac cruzó las vías dando unos golpes suaves con sus neumáticos blandos y después despareció.
Salí de entre los árboles, miré hacia el este y vi cómo unas diminutas luces traseras rojas desaparecían en la oscuridad. El ruido se apagó detrás de las luces y el humo del tubo de escape se dispersó. Me di la vuelta hacia el otro lado y justo entonces, a lo lejos, vi que se encendían unos faros delanteros. Vi cómo su haz de luz barría y rebotaba, de un lado al otro, hacia arriba y hacia abajo. Vi cómo marcaban el rumbo hacia el norte, saliendo de la explanada, y después los vi barrer hacia donde estaba yo y rebotar dos veces más cuando las ruedas traseras salían de la tierra y subían al asfalto.
Mi reloj mental marcaba un minuto para las once.
Caminé hacia el oeste, otra vez sobre el cruce de tren, diez metros en dirección al pueblo, y después me detuve, me puse en el medio de la carretera y levanté la mano bien alto, con la palma hacia afuera, como un agente de tráfico.