El asunto
Veintitrés
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VEINTITRÉS
Volví a meter todo en la carpeta y me la guardé en la parte de atrás del pantalón debajo de la camisa. Pagué la cuenta, dejé propina y salí a la calle. Decidí que iba a ir al Departamento del Sheriff. Decidí que era hora de hacer un reconocimiento. Hora de una incursión inicial. Hora de una penetración exploratoria. Un dedo en el agua. Esto no era una democracia, pero sí un edificio público. Y tenía una razón legítima para ir. Tenía un objeto perdido para devolver. Decidí que si Deveraux no estaba, dejaría la carpeta en recepción. Y si estaba, podía improvisar.
Estaba.
Su viejo Caprice estaba en la explanada, cuidadosamente aparcado en el sitio más cercano a la puerta. Un privilegio de rango, probablemente. Todas las culturas de oficina funcionan igual. Pasé junto al coche, tiré de una pesada puerta de cristal y entré en un vestíbulo abandonado y en mal estado. Baldosas de plástico en el suelo, pintura desconchada en las paredes y una mesa de recepción frente a mí, atendida por un hombre mayor. No tenía pelo, su cara estaba demacrada y desdentada, y llevaba un chaleco de traje sin chaqueta, como un periodista de otra época. En cuanto me vio descolgó un teléfono y pulsó un botón y dijo: “Está aquí”. Escuchó la respuesta y después señaló con el teléfono, como si fuera una batuta, estirando el cable, y dijo:
—Al final del pasillo a la derecha. Lo está esperando.
Recorrí el pasillo y, a través de una puerta entornada, pude ver de pasada a una mujer robusta sentada frente a un conmutador. Después llegué al despacho de Deveraux. Su puerta estaba abierta. Golpeé una vez, por cortesía, y entré.
Era un espacio cuadrado sencillo que no estaba en mejores condiciones que el vestíbulo. Las mismas baldosas, la misma pintura en mal estado, la misma mugre. Estaba lleno baratijas compradas al final de la última era geológica. Mesa, sillas, archivadores, todo era sencillo, municipal y muy avejentado. En la pared había fotos de personas dándose la mano y sonriendo, todas con un señor de uniforme que asumí era el padre de Deveraux, el ocupante anterior. Había un perchero de pie con un cárdigan en uno de los ganchos. Llevaba tanto tiempo allí colgado que parecía acartonado y rígido.
A primera vista, no parecía un sitio maravilloso.
Pero allí estaba Deveraux. Yo tenía las fotos de tres mujeres deslumbrantes clavándose en la parte baja de mi espalda, pero ella estaba a la altura de cualquiera de las tres. Estaba ahí arriba. Quizás incluso les ganaba a todas. Una mujer muy guapa, había dicho Neagley, y me alegré de que mi subjetividad hubiese sido confirmada por la objetividad de otra persona. En la silla del escritorio parecía pequeña, esbelta de hombros, grácil y relajada. Como de costumbre, estaba sonriendo.
—¿Has podido identificar el coche, como te pedí? —preguntó.
No contesté a esa pregunta, y sonó su teléfono. Lo cogió, escuchó un instante y después dijo: “De acuerdo, pero sigue siendo un delito de lesiones. Sigue siendo prioritario, ¿está claro?”. Después colgó el teléfono y, a modo de explicación, me dijo:
—Pellegrino.
—¿Mucho trabajo? —pregunté.
—Esta mañana dos hombres fueron golpeados por alguien que ellos juran que era un militar de Kelham. Pero el ejército asegura que la base sigue cerrada. No sé qué está sucediendo. El médico está trabajando horas extra. Traumatismos, dice. Pero el que va a sufrir un traumatismo es mi presupuesto.
Me quedé callado.
Deveraux sonrió de nuevo y dijo:
—De cualquier manera, antes de nada, háblame de tu amiga.
—¿Mi amiga?
—Nos hemos conocido. Frances Neagley. Supongo que es tu sargento. La noté muy militar.
—Fue mi sargento. Durante muchos años, de manera intermitente.
—Me pregunto por qué habrá venido.
—Quizás yo le pedí que viniera.
—No, en ese caso hubiera sabido dónde y cuándo encontrarte. Lo habríais acordado previamente. No habría tenido que preguntar por todo el pueblo.
Asentí:
—Vino para advertirme de algo. Al parecer me encuentro en una situación en la que solo puedo perder. Lo llamó una misión suicida.
—Tiene razón —dijo Deveraux—. Es una mujer inteligente. Me gustó. Actuó bien. Hace eso con la cara. Como una mirada especial, para inspirar complicidad y confianza. Debe ser muy buena haciendo interrogatorios. ¿Te ha dado las fotos?
—¿Querías que se las llevara?
—Esperaba que así fuera. Las dejé al alcance de su mano y salí un minuto del despacho.
—¿Por qué?
—Es complicado —dijo Deveraux—. Quería que las vieras, solo y a tu ritmo. Como un experimento controlado. Sin ninguna presión por mi parte, y sobre todo sin que te sintieras influenciado por mí. Sin contexto. Quería una primera impresión completamente libre.
—¿Una impresión mía?
—Sí.
—¿Ahora sí estamos en una democracia?
—Todavía no. Pero, como dicen, toda ayuda es bienvenida.
—Vale —dije.
—¿Cuál fue entonces tu primera impresión?
—Las tres eran increíblemente hermosas.
—¿Eso era lo único que tenían en común?
—Imagino que sí. Además de que son todas mujeres.
Deveraux asintió.
—Bien —dijo—. Estoy de acuerdo. Eran todas increíblemente hermosas. Me alegro de poder confirmarlo desde una perspectiva independiente. Me resultaba difícil de articular, incluso para mí misma. Y sin duda evitaría decirlo en voz alta. Sonaría muy raro, como algo de lesbianas.
—¿Eso te resulta un problema?
—Vivo en Mississippi —respondió—. Formé parte del Cuerpo de Marines y no estoy casada.
—Vale —dije.
—Y actualmente no salgo con nadie.
—Vale —repetí.
—No soy lesbiana —aclaró.
—Entendido.
—Pero aun así, que una mujer policía parezca obsesionada con el aspecto de una víctima de sexo femenino nunca termina bien.
—Entendido —dije de nuevo.
Me incliné hacia delante para separar la espalda de la silla y saqué la carpeta del pantalón. La dejé sobre el escritorio.
—Misión cumplida —dije—. Muy buenos movimientos, por cierto. No mucha gente gana a Neagley en un juego mental.
—Se necesita ser uno para reconocer a otro —dijo.
Se acercó la carpeta y le pasó la mano por encima, del lado izquierdo y del derecho, detuvo la mano en uno de los bordes y la dejó allí. Quizás donde todavía conservaba el calor de mi espalda.
—¿Has identificado el coche? —preguntó.