El asunto
Veinticuatro
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VEINTICUATRO
Deveraux mantuvo la mano sobre la carpeta y me miró a los ojos. La pregunta quedó suspendida en el aire entre los dos. ¿Has identificado el coche? Recordé el graznido enfático de Garber en mi oído cuando hablamos por teléfono en la cafetería: mi superior.
Una orden es una orden.
—¿Lo has identificado? —dijo Deveraux.
—Sí —dije.
—¿Y?
—No te puedo decir nada.
—¿No puedes o no lo harás?
—Las dos cosas. Se volvió información clasificada cinco minutos después de que llamara.
No respondió.
—Bueno, ¿tú qué harías en esta situación? —le pregunté.
—¿Ahora?
—No ahora. Antes. Cuando estabas en el Cuerpo de Marines.
—Como marine habría hecho exactamente lo que estás haciendo tú.
—Me alegra que lo entiendas.
Asintió. Mantuvo la mano sobre el expediente. Dijo:
—Antes no te dije la verdad. O al menos no toda la verdad. Sobre la casa de mi padre. No fue siempre una casa alquilada. Antes era suya, de cuando estaba casado. Pero cuando mi madre enfermó, descubrieron que no tenían seguro. Se suponía que sí. Se suponía que estaba incluido en la nómina. Pero el responsable de estos asuntos en el condado se había metido en líos y había estado robando primas. Solo durante dos años, pero justo resultaron los años en los que mi madre se puso enferma. Después, su enfermedad era una condición preexistente. Mi padre refinanció, las cosas empeoraron y no pudo pagar. El banco se quedó con el título de propiedad, pero lo dejaron vivir ahí como inquilino. Ambas partes me parecieron admirables. El banco hizo lo correcto, hasta donde podía, y mi padre siguió sirviendo a su comunidad, aunque le hubiera dado una patada en los dientes. El honor y el compromiso son dos cosas que valoro.
—Semper Fi —dije.
—Claro que sí. Y además respondiste a mi pregunta, como seguro era tu intención. Si es información clasificada, entonces se trata de un coche de Kelham. Eso es lo único que necesito saber.
—Solo si hay una conexión —señalé—. Entre el coche y el homicidio.
—Es improbable que sea una coincidencia.
—Siento lo de tu padre —dije.
—Yo también. Era una persona agradable, y se merecía algo mejor.
—Fui yo el que les pegó a los civiles —dije.
—¿En serio? —respondió Deveraux—. ¿Y cómo llegaste hasta ahí?
—Caminando.
—Es imposible. No te puede haber dado tiempo. Son más de veinte kilómetros. Casi pasada la frontera norte de Kelham. Prácticamente en Tennessee.
—¿Qué pasó allí?
—En la zona había dos personas haciendo algo. Quizás solo daban un paseo. Desde allí veían el bosque que rodea la cerca de Kelham, aunque no estaban tan cerca. Alguien salió del bosque, ellos se asustaron, la cosa se complicó, les pegó. Dicen que quien les pegó era militar.
—¿Iba de uniforme?
—No. Pero tenía el aspecto de un militar y llevaba un fusil M16.
—Eso es raro.
—Ya lo sé. Es como si estuvieran estableciendo una zona de cuarentena.
—¿Pero por qué harían algo así? Tienen quinientas mil hectáreas solo para ellos.
—No sé por qué. ¿Pero qué más pueden estar haciendo? Persiguen a cualquiera que se acerque a la cerca.
Me quedé callado.
—Espera —dijo Deveraux—. ¿A quiénes has golpeado?
—A dos tipos que iban en una pick-up. Anoche se metieron conmigo, y volvieron a hacerlo esta mañana. La segunda vez fue demasiado.
—¿Descripción?
—Sucios y grasientos, con pelo largo y tatuajes.
—¿Con una camioneta vieja pintada de negro con brocha?
—Sí.
—Son los primos McKinney. En un mundo ideal deberían recibir una paliza al menos una vez a la semana, puntualmente. Así que agradezco tu confesión franca y cabal, y propongo no tomar ninguna medida en este momento.
—¿Pero?
—No lo hagas de nuevo. Y ve con cuidado. Estoy segura de que ahora mismo planean reunir a toda la familia e ir a por ti.
—¿Son más?
—Hay decenas de McKinney. Pero no te preocupes. Por lo menos no todavía. Les llevará un tiempo reunirse. Ninguno tiene teléfono. Ninguno sabe usar el teléfono.
Justo en ese momento empezaron a sonar teléfonos por todo el edificio. Escuché una conversación de radio urgente que venía de la sala de la operadora, donde la mujer robusta. Diez segundos después ella apareció en la puerta, agitada, agarrándose al marco para estabilizarse, y dijo:
—Pellegrino ha informado desde cerca de la casa de Clancy. Cerca del roble partido. Dice que tenemos otro homicidio.