El asunto

El asunto


Veinticinco

Página 29 de 94

VEINTICINCO

Deveraux y yo miramos instintivamente el expediente que estaba sobre el escritorio. Tres fotografías. Pronto serían cuatro. Otra visita a familiares de luto. Otra foto reciente. La peor parte del trabajo.

Después Deveraux me miró a mí, y dudó. No era una democracia. Dije:

—Me lo debes. Necesito verlo. Necesito conocer la razón de mi suicidio.

Dudó un poco más, luego dijo: “Vale”, y fuimos corriendo a su coche.

 

La casa de Clancy estaba a más de quince kilómetros del pueblo en dirección noreste. Cruzamos las silenciosas vías del tren y avanzamos casi dos kilómetros hacia Kelham, internándonos en la mitad escondida de Carter Crossing. El lado malo de las vías. Allí la carretera no tenía arcenes ni cunetas. Me imaginé que las cunetas se habían cubierto y que los arcenes habían sido arados. Llanos campos de tierra llegaban hasta el borde del asfalto. Vi viejas casas de madera y graneros bajos, casetas destartaladas y casuchas en ruinas. Vi mujeres mayores sentadas en sus porches y niños harapientos en bicicleta. Vi viejas furgonetas que circulaban despacio y un comprador solitario con sombrero de paja y una cesta de mimbre. Todas las caras que veía eran negras. Hay un sitio para cada persona, habían dicho los primos McKinney. Mississippi rural, 1997.

Después Deveraux giró hacia el norte por una carretera de dirección única que parecía un lavadero y dejó las casas atrás. Pisó el acelerador. El coche respondió. Había un motivo para que el Chevy Caprice fuera el coche favorito de todos los policías en activo. Era una perfecta propuesta y si. ¿Y si cogemos un sedán espacioso y le ponemos el motor de un Corvette? ¿Y si le ponemos una suspensión un poco más resistente? ¿Y si le ponemos frenos de disco en las cuatro ruedas? ¿Y si hacemos que alcance una velocidad máxima de 210 kilómetros por hora? El de Deveraux ya estaba muy usado y gastado, pero funcionaba. La superficie rugosa golpeaba bajo las ruedas, la carrocería se bamboleaba y se sacudía, pero llegamos bastante rápido a nuestro destino.

Nuestro destino resultó ser un terreno miserable con una casa maltrecha en el medio. Giramos y recorrimos una carretera de doble carril que pasada la casa se convertía en un camino de tierra. Deveraux hizo sonar una vez la sirena como gesto de cortesía. Vi que alguien respondía haciendo gestos con la mano desde una ventana. Un hombre mayor. Una cara negra. Seguimos a través del terreno llano y seco. Muy a lo lejos vi un árbol solitario, partido por un rayo de arriba abajo, dos tercios de su altura. Las mitades se alejaban entre sí dándole al árbol una dramática forma de Y. Las mitades estaban salpicadas de primaverales hojas verde claro. El roble partido, supuse. Todavía vivo y activo. Aguantando. Cerca había un coche patrulla aparcado sobre la tierra. El coche de Pellegrino, supuse.

Deveraux aparcó su coche al lado y salimos. Pellegrino estaba a cincuenta metros de distancia, de pie, en posición de descanso, mirando hacia nosotros con las manos detrás de la espalda.

Como un centinela.

Diez metros más allá había una figura en el suelo.

 

Atravesamos los cincuenta metros de tierra. Había buitres en el cielo, tres, girando morosamente sobre nosotros, esperando que nos fuéramos. A lo lejos, a mi derecha, podía ver una hilera de árboles, frondosa en algunas partes y escasa en otras. A través de las partes en las que había pocos árboles podía ver una cerca de alambre. La frontera noroeste de Kelham, supuse. El lado izquierdo de todas las hectáreas que el Departamento de Defensa había confiscado hacía cincuenta años. Y una pequeña parte de lo que algún contratista de vallas con contactos había cobrado a precio de oro por instalar.

Ya a mitad de camino hasta donde estaba Pellegrino pude ver algunos detalles de la figura que tenía detrás. Una espalda, mirando hacia mí. Una chaqueta corta marrón. Indicios de un pelo oscuro y una piel blanca. El fardo vacío de un cadáver. La quietud absoluta de los muertos recientes. Esa relajación imposible. Inconfundible.

Deveraux no se detuvo para escuchar un informe verbal. Pasó junto a Pellegrino y siguió caminando. Dio un amplio rodeo y se acercó por el otro lado al cuerpo desplomado. Yo me detuve cinco metros antes y esperé. El caso era suyo. Esto no era una democracia.

Se acercó al cuerpo, despacio y con cuidado, vigilando por dónde pisaba. Se acercó hasta casi poder tocarlo y se puso en cuclillas con los codos en las rodillas y las manos entrelazadas. Miró de derecha a izquierda, la cabeza, el torso, los brazos, las piernas. Luego miró de izquierda a derecha, la misma secuencia, pero al revés.

Luego levantó la vista y dijo:

—¿Qué demonios es esto?

Ir a la siguiente página

Report Page