El asunto

El asunto


Veintiséis

Página 30 de 94

VEINTISÉIS

Di el mismo rodeo que Deveraux y me acerqué con cuidado desde el norte. Me puse en cuclillas a su lado. Apoyé los codos en las rodillas. Entrelacé las manos.

Miré de derecha a izquierda y después de izquierda a derecha.

Era el cadáver de un hombre.

Blanco.

Cuarenta y cinco años, quizás algo más, quizás algo menos.

Alrededor de metro ochenta de alto, alrededor de ochenta kilos. Pelo oscuro con reflejos más claros. Barba de dos o tres días, con canas. Camisa verde de trabajo, cortavientos de lona marrón. Pantalones vaqueros. Botas gastadas, agrietadas y manchadas de tierra.

—¿Lo conoces? —le pregunté a Deveraux.

—No lo he visto en mi vida —respondió.

Se había desangrado. En el muslo derecho tenía la marca de lo que supuse era una bala de fusil. Tenía el pantalón empapado de sangre. Seguramente la bala le había desgarrado la arteria femoral. La arteria femoral es un vaso sanguíneo de gran capacidad. Esencial. Sin un tratamiento de emergencia, rápido y eficaz, cualquier herida se vuelve mortal en cuestión de minutos.

Pero lo extraordinario de la escena que teníamos delante era que alguien había intentado hacerle un tratamiento de emergencia rápido y eficaz. Habían rajado la pernera del pantalón con un cuchillo. La herida estaba parcialmente tapada con una gasa absorbente.

Las gasas absorbentes eran una típica venda militar.

 

Deveraux se levantó y retrocedió con pasos cortos y cuidadosos, y con la mirada clavada en el cuerpo, hasta que estuvo a tres o cuatro metros de distancia. Yo hice lo mismo y me puse a su lado. Habló en voz baja, como si hacer ruido fuera una falta de respeto. Como si el cadáver pudiera escucharnos. Me preguntó:

—¿Qué opinas?

—Ha habido una pelea —dije—. Alguien disparó. Probablemente un tiro de advertencia desviado. O un tiro para obligarlo a moverse que se acercó demasiado.

—¿Por qué no un tiro a matar que no dio en el blanco?

—Porque de ser así, el que disparó lo habría vuelto a intentar inmediatamente. Se habría acercado y le habría disparado en la cabeza. Pero no hizo eso, sino que intentó ayudarlo.

—¿Y?

—Y vio que su intento fracasaba. Así que entró en pánico y huyó. Lo dejó morir. No debe haber tardado mucho.

—El que disparó fue un militar.

—No necesariamente.

—¿Qué otra persona va por ahí con vendas militares?

—Cualquiera que compre en tiendas de excedentes.

Deveraux se dio la vuelta. Le dio la espalda al cuerpo. Levantó el brazo y señaló el horizonte a nuestra derecha. Un rápido barrido con su brazo.

—¿Qué ves? —preguntó.

—El perímetro de Kelham —respondí.

—Te lo dije —dijo ella—. Están estableciendo una zona de cuarentena.

 

Deveraux volvió al coche para coger algo y yo me quedé quieto observando el suelo alrededor de mis pies. La tierra era blanda y había muchas huellas. Las del muerto daban vueltas y se tambaleaban, algunas de ellas hacia atrás, como una antigua tabla de baile. La secuencia curva terminaba donde él yacía. Alrededor de la mitad inferior de su cuerpo había marcas de zapatos y huecos de rodillas que coincidían con el lugar donde su atacante se había agachado y se había arrodillado para ayudarlo. Esas marcas estaban al final de una larga línea recta de huellas parciales, sobre todo punteras, no muchos tacones, muy espaciadas. La persona que disparó se había acercado corriendo. Era una persona más bien alta. No un gigante. No muy pesado. Había unas huellas idénticas que avanzaban en sentido contrario, por donde se había ido. No reconocí las huellas de las suelas. No se parecían a las de ninguna bota militar que yo hubiese visto.

Deveraux volvió del coche con una cámara. Era una réflex plateada. Se preparó para hacer las fotos de la escena del crimen y yo seguí la línea de las huellas que se alejaban a la carrera y me aparté de la zona. Las mantuve un metro a mi izquierda y las rastreé durante cien metros hasta que desaparecían en una ancha franja de tierra extremadamente dura. Una formación geológica, o algo relacionado con el riego, o quizás el límite de lo que a Clancy le gustaba arar. No encontré ninguna razón que justificara que un hombre huyendo cambiara de rumbo en ese lugar, por lo que seguí recto con la esperanza de volver a encontrar las huellas, pero no las encontré. Cincuenta metros después el suelo empezaba cubrirse de una especie de maleza baja y espesa. Justo delante de mí era un poco más alta, y después se perdía entre los arbustos que crecían a los pies de la cerca de Kelham. No vi tallos aplastados, pero la vegetación era resistente y no cabía esperar que mostrara grandes marcas.

Me giré, di un paso y vi un destello de luz cuatro metros a mi izquierda. Metálico. Cobrizo. Me desvié hacia allí, me agaché y vi un casquillo en el suelo. Brillante y fresco. Nuevo. Largo, de fusil. Era, en el mejor de los casos, un cartucho Remington .223 fabricado para armas deportivas. En el peor, era un OTAN de 5,56 milímetros, fabricado para uso militar. Son difíciles de diferenciar a simple vista. El casquillo Remington es de un latón más fino. El casquillo OTAN es más pesado.

Lo levanté y lo sopesé en la palma de mi mano.

Apostaría cualquier cosa a que era un cartucho militar.

 

Miré hacia donde estaban Deveraux, Pellegrino y el muerto. A unos ciento cuarenta metros de distancia. Al alcance de la mano de un fusilero. El cartucho OTAN 5,56 fue diseñado para atravesar un casco de acero a seiscientos metros. El muerto estaba cuatro veces más cerca. Era un disparo sencillo. Era difícil fallarlo: eso era mi único consuelo. Los hombres que son enviados de Benning a Kelham para terminar su entrenamiento no son de los que fallan un tiro a tan poca distancia. Y este era claramente un impacto accidental. Lo demostraba el vendaje. Era un tiro de advertencia que había salido mal. O un tiro para obligarlo a moverse. Pero los hombres que son enviados de Benning a Kelham han resuelto sus problemas de testosterona hace tiempo. Dirigen sus tiros de advertencia, o los tiros para obligar a alguien a moverse, hacia arriba y hacia un lado. La otra persona solo necesita ver el fogonazo del cañón y escuchar el ruido del arma. Eso es todo lo que pide la situación. Y ningún militar hace más que lo que tiene que hacer. Ningún militar lo ha hecho desde que Alejandro Magno formó su ejército. En las filas, las decisiones personales suelen terminar en lágrimas. Especialmente cuando hay balas de por medio. Y civiles.

Guardé el cartucho vacío en el bolsillo y regresé. No vi ninguna otra cosa importante. Deveraux había terminado un carrete de fotos, lo rebobinó, lo sacó de la cámara y le pidió a Pellegrino que volviera al pueblo para que lo imprimieran. Le dijo que solicitara un revelado urgente y que al regresar trajera al médico con él, con la mesa forense. Pellegrino se marchó nada más recibir la orden y Deveraux y yo quedamos uno junto al otro en medio de quinientas hectáreas vacías, solo acompañados por un cadáver y por un árbol partido.

—¿Alguien habrá oído el disparo? —pregunté.

—El único que podría haberlo oído es el señor Clancy —dijo ella—. Pellegrino ha hablado con él. Asegura que no escuchó nada.

—¿Algún grito? Un disparo de advertencia presupone unos cuantos gritos previos.

—Si no escuchó el disparo, no habrá escuchado los gritos.

—Un cartucho OTAN a lo lejos y al aire libre no es tan ruidoso. Los gritos podrían haber sido más fuertes. Sobre todo si se produjeron en ambas direcciones, de ida vuelta, cosa bastante probable. Ya sabes, si es que hubo una pelea o una discusión.

—¿Ahora aceptas que sea un cartucho OTAN?

Metí la mano en el bolsillo y saqué el cartucho vacío. Lo sostuve con la palma abierta. Dije:

—Lo encontré a ciento cuarenta metros de distancia, a cuatro metros del vector recto. Exactamente en el lugar donde lo hubiese dejado el puerto de eyección de un M16.

—Podría ser un Remington .223 —dijo Deveraux: un detalle por su parte.

Después lo cogió. Sentí sus uñas afiladas sobre la palma de mi mano. Era la primera vez que nos tocábamos. El primer contacto físico. No nos habíamos dado la mano cuando nos conocimos.

Hizo lo que yo había hecho. Sopesó el metal con la mano. Un procedimiento sin rigor científico, pero la familiaridad puede ser tan precisa como un instrumento de laboratorio. Dijo:

—Es OTAN, sin duda. He disparado muchos, y los he recogido después.

—Yo también —dije.

—Voy a armar un escándalo —dijo—. ¿Militares contra civiles, en suelo americano? Voy a llegar hasta el Pentágono. Y hasta la Casa Blanca si hace falta.

—No lo hagas —sugerí.

—¿Por qué razón no habría de hacerlo?

—Eres la sheriff de una zona rural. Te aplastarán como a un insecto.

No dijo nada.

—Créeme —dije—. Si han llegado a desplegar militares contra civiles, saben cómo aplastar a las fuerzas de seguridad locales.

Ir a la siguiente página

Report Page