El asunto

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Veintisiete

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VEINTISIETE

El hombre finalmente fue declarado muerto media hora después, a la una de la tarde, cuando el médico apareció con Pellegrino. Pellegrino llegó en su coche patrulla y el médico en una furgoneta de quinta mano que parecía sacada de un libro de historia. Supuse que era una versión de un coche fúnebre de los sesenta, pero construido sobre una plataforma Chevrolet y no Cadillac, sin ventanillas y sin artilugios funerarios de ningún tipo. Era una especie de furgoneta alta, pintada de color blanco sucio.

Merriam comprobó el pulso en la garganta y en el corazón y observó la herida un momento. Dijo:

—Este hombre se ha desangrado por la arteria femoral. Muerte por disparo.

Hasta ahí era evidente, pero luego añadió algo interesante. Levantó la tela cortada de la pernera y dijo:

—Un vaquero mojado no es fácil de cortar. Han usado un cuchillo muy afilado.

 

Ayudé a Merriam a subir el cuerpo a una camilla de tela y luego a cargarlo en la parte de atrás de la furgoneta. El médico se lo llevó, y Deveraux estuvo cinco minutos hablando por radio en su coche. Yo me quedé con Pellegrino. No dijo nada y yo tampoco. Luego Deveraux salió del coche y ordenó a Pellegrino que fuera a ocuparse de sus cosas. Él se marchó, y Deveraux y yo volvimos a quedarnos solos con el árbol partido y una mancha oscura en el suelo, donde la sangre del muerto había empapado la tierra.

—Butler asegura que nadie salió de Kelham por la puerta principal en ningún momento de la mañana —dijo Deveraux.

—¿Quién es Butler? —pregunté.

—Otro de mis ayudantes. El homólogo de Pellegrino. Lo he plantado delante de la base. Quiero enterarme inmediatamente si la abren. Va a haber mucha tensión. La gente está muy enfadada por lo de Chapman.

—¿Y por las dos primeras no?

—Depende de a quién preguntes, y dónde. Pero los militares nunca paran antes de las vías. Todos los bares están del otro lado.

Me quedé callado.

Ella dijo:

—Tiene que haber más entradas. O agujeros en la valla. Debe de medir… ¿cuánto? ¿Cuarenta kilómetros de largo? Y la construyeron hace cincuenta años. Tiene que haber puntos débiles. Alguien ha salido por algún lado, eso está claro.

—Y ha vuelto a entrar —añadí—. Si es que tienes razón. Alguien regresó ensangrentado hasta los codos, con un cuchillo sucio y una bala menos en el cargador, como mínimo.

—Tengo razón —dijo.

—Nunca he oído hablar de zonas de cuarentena —dije—. Por lo menos no en Estados Unidos. No me lo creo.

—Yo sí —zanjó ella.

Había algo en su tono. Algo en su cara.

—¿Cómo? —pregunté—. ¿Los Marines lo han hecho alguna vez?

—No fue nada importante.

—Cuéntamelo.

—Es información clasificada —dijo.

—¿Dónde fue?

—No te lo puedo decir.

—¿Cuándo?

—Tampoco te lo puedo decir.

Hice una pausa y pregunté:

—¿Ya has hablado con Munro, el hombre que enviaron a la base?

Ella asintió:

—Llamó y dejó un mensaje cuando llegó. Fue lo primero que hizo. Un gesto de cortesía. Me dejó un número de contacto.

—Bien —dije—. Porque necesito hablar con él.

 

Volvimos juntos en el coche, cruzamos el terreno de Clancy, atravesamos el portón y nos dirigimos hacia el sur por la carretera de dirección única que parecía un lavadero y luego hacia el oeste por la parte oscura del pueblo, alejándonos de Kelham y avanzando hacia las vías. Vi a las mismas mujeres mayores en los mismos viejos porches, a los mismos niños en las mismas bicicletas, y a hombres de distintas edades caminando lentamente desde puntos de partida desconocidos hasta destinos desconocidos. Las casas estaban inclinadas y hundidas. Había edificios abandonados. Cimientos sin estructura por encima. Marañas de varillas de hierro oxidadas. Ladrillos y arena amontonados. A nuestro alrededor todo era tierra labrada y árboles. En el aire había una especie de letargo aplastado y sin esperanza, probablemente había sido así durante los últimos cien años.

—Mi gente —dijo Deveraux—. Mi base. Todos me votaron. En serio, prácticamente el cien por cien. Gracias a mi padre. Él fue justo con ellos. Lo votaron a él, en realidad.

—¿Cómo te fue entre la gente blanca? —pregunté.

—Casi el cien por cien también. Pero todo eso va a cambiar, en ambos lados. A no ser que consiga respuestas para todos los implicados.

—Háblame de las dos primeras mujeres.

Su respuesta fue frenar en seco, girarse en el asiento y conducir marcha atrás veinte metros. Luego girar en la curva que acabábamos de pasar. Era un camino de tierra, bien alisado y apisonado. Hacia la mitad, el terreno se elevaba y se combaba hacia los lados, que terminaban en pequeñas cunetas estrechas a la derecha y a la izquierda. Avanzaba recto hacia el norte, y a ambos lados había hileras de lo que parecían haber sido cabañas de esclavos. Deveraux pasó por delante de diez de ellas, más o menos, y por delante del huevo que había dejado una cabaña incendiada y después giró en un patio que reconocí como el de la tercera foto que había visto. Era la casa de la chica pobre. La del cuello y las orejas sin accesorios. La de la belleza increíble. Reconocí el árbol bajo cuya sombra había estado sentada, y la pared blanca que había reflejado el sol del atardecer suave y oblicuamente sobre su rostro.

Aparcamos en un trozo de hierba y nos bajamos. En algún sitio un perro ladró y sacudió su cadena. Caminamos bajo las ramas del árbol y llamamos a la puerta de atrás. La casa era pequeña, no mucho más grande que una barraca, pero estaba bien cuidada. La madera blanca de los laterales no era nueva, pero la habían pintado con frecuencia. En la parte de abajo había unas manchas castañas, como el color del pelo, allí donde las fuertes lluvias habían hecho que salpicara el barro.

Nos abrió la puerta una mujer no mucho mayor que Deveraux o que yo. Era alta y flaca y se movía despacio, con el tipo de languidez que produce una prolongada exposición al sol, y con un estoicismo de hierro que imaginé compartiría con todos sus vecinos. Le sonrió a Deveraux con un gesto resignado, le dio la mano y le preguntó:

—¿Alguna novedad de mi pequeña?

—Seguimos trabajando —dijo Deveraux—. Lo resolveremos.

La desconsolada madre era demasiado amable para responder a ese comentario. Sonrió de nuevo con su sonrisa apagada y se giró hacia mí:

—Creo que no nos conocemos.

—Jack Reacher, señora —y le di la mano.

—Yo soy Emmeline McClatchy —respondió ella—. Encantada de conocerlo. ¿Está trabajando con el Departamento del Sheriff?

—Me envió el ejército para ayudar.

—Ahora —dijo—. No hace nueve meses.

No respondí a eso.

La mujer continuó:

—Tengo un poco de carne de ciervo en la olla. Y un poco de té en una jarra. ¿Quieren comer conmigo?

—Emmeline, estoy segura de que esa es tu cena, no tu comida —dijo Deveraux—. Estamos bien. Comeremos en el pueblo. Pero gracias de todas formas.

Era la respuesta que ella parecía estar esperando. Sonrió de nuevo y volvió a la penumbra que tenía a sus espaldas. Nosotros regresamos al coche. Deveraux dio marcha atrás hasta el camino y nos fuimos. Un poco más allá en la hilera de cabañas había una que era muy parecida a las demás, pero tenía carteles eléctricos de cerveza en las ventanas. Una especie de bar. Quizás con música. Seguimos avanzando por un entramado de caminos de tierra. Vi otro proyecto de edificación abandonado. Habían levantado unos muros de hormigón a la altura de la rodilla, y en cada uno de los cuatro rincones había un poste de madera. Eso era todo. En el resto del terreno el material de construcción se desparramaba en montones desordenados. Había más bloques de hormigón, había ladrillos, había una pequeña montaña de arena, había pilas de bolsas de cemento que se había puesto liso y duro por el rocío y la lluvia.

Había también un montón de grava.

Me giré para mirarla cuando pasamos por delante. Había unos dos metros cúbicos de esa piedra gris pequeña y filosa que se mezcla con arena y cemento para fabricar hormigón. Se había desparramado y desplegado en un montón bajo del tamaño de una cama de matrimonio a la que le salían hierbas altas por los bordes. Tenía agujeros y marcas en la superficie, como si unos niños hubiesen caminado por encima.

No dije nada. Deveraux ya había tomado una decisión. Siguió conduciendo y giró a la izquierda en un camino más ancho. Con casas y jardines más grandes. Con vallas de madera en lugar de alambrados. Callecitas de cemento hasta cada puerta en lugar de tierra batida. Redujo la velocidad y frenó en la entrada de una propiedad dos veces más grande que la cabaña a la que acabábamos de ir. Una casa digna, de una sola planta. Cara, de estar en California. Pero destartalada. La pintura se estaba desconchando y los canalones para lluvia estaban rotos. El techo era de alquitrán y algunas tejas se habían caído. En el jardín había un chico de unos dieciséis años. Estaba de pie sin hacer nada. Solo nos miraba.

—Esta es la otra —dijo Deveraux—. Se llamaba Shawna Lindsay. El que nos está mirando es su hermano pequeño.

El hermano menor no parecía sacado de un cuadro. En la lotería genética había salido perdiendo. Seguro. No se parecía nada a su hermana. Ni siquiera un poquito. Se había caído del árbol más feo y se había golpeado con todas las ramas. Tenía una cabeza como una pelota de bolos y los ojos como los agujeros para los dedos, casi igual de juntos.

—¿Vamos a entrar? —le pregunté.

Deveraux negó con la cabeza:

—La madre de Shawna me dijo que no volviera hasta que pudiera decirle quién degolló a su hija mayor. Esas fueron sus palabras. Y no la culpo. Perder un hijo es algo terrible. Especialmente para gente como esta. No es que pensaran que sus hijas iban a ser modelos y les iban a comprar una casa en Beverly Hills. Pero tener algo especial significaba mucho para ellos. Ya sabes, después de no haber tenido nada, nunca.

El chico seguía mirando. Callado, siniestro y paciente.

—Entonces vámonos —dije—. Tengo que hacer una llamada.

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