El asunto

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Veintiocho

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VEINTIOCHO

Deveraux me dejó llamar por teléfono desde su despacho. Esto todavía no era una democracia, pero se iba pareciendo. Buscó el número que Munro le había dado, lo marcó y dijo al que estaba al otro lado que era la sheriff Elizabeth Deveraux y quería hablar con el comandante Duncan Munro. Después me pasó el auricular, se levantó de la silla y salió de la habitación.

Me senté tras su escritorio solo acompañado por un aire hueco en mi oído y su calor corporal en mi espalda. Esperé. El silencio siseaba. El ejército no utilizaba música de espera. No en 1997. Un minuto después se oyó un chasquido y un repique como de plástico. Alguien cogió el teléfono en su escritorio y dijo:

—¿Sheriff Deveraux? Habla el comandante Munro. ¿Cómo está?

Su voz era dura, brusca e hipercompetente, pero por debajo su tono parecía de buen humor. Aunque bueno, supuse que cualquiera se alegraría de recibir una llamada de Elizabeth Deveraux.

—¿Munro? —dije.

—Lo siento —respondió—, pensé que era Elizabeth Deveraux.

—Lamentablemente no —dije—. Me llamo Reacher. Hablo desde el teléfono de la sheriff. Formo parte del 396, actualmente destinado con el 110. Tenemos el mismo rango.

—¿Jack Reacher? —dijo Munro—. He oído hablar de usted, por supuesto. ¿En qué puedo ayudarle?

—¿Garber le ha informado de que iba a mandar a un infiltrado al pueblo?

—No, pero supuse que lo haría. Es usted, ¿verdad? ¿Su tarea es la de espiar a los vecinos? Debe de estarle saliendo bastante bien, puesto que me llama desde el teléfono de la sheriff. Eso debe de ser divertido, en algún punto. Por aquí dicen que es una verdadera belleza. Aunque también dicen que es lesbiana. ¿Algo que decir al respecto?

—Nada de eso es asunto suyo, Munro.

—Llámeme Duncan, ¿vale?

—No, gracias. Lo llamaré Munro.

—Claro. ¿En qué lo puedo ayudar?

—Aquí hay mucha mierda. Esta mañana mataron a un hombre de un tiro, cerca de la valla de la base, en el cuadrante noroeste. Atacante desconocido, pero probablemente un cartucho militar, y definitivamente un intento medio logrado de cubrir la herida con una venda militar.

—¿Cómo? ¿Alguien le disparó a un hombre y le hizo primeros auxilios? Eso me suena a un accidente civil.

—Esperaba que fuera menos predecible. ¿Cómo explica la bala y la venda?

—Remington .223 y tienda de excedentes.

—Antes de eso le dieron una paliza a otras dos personas, que aseguran que fue un militar.

—No un militar destinado en Kelham.

—¿En serio? ¿Por cuántos de los que están en Kelham puede responder? En lo que se refiere a su paradero exacto de esta mañana.

—Por todos —dijo Munro.

—¿Literalmente?

—Sí, literalmente —afirmó—. La Compañía Alfa está en el extranjero desde hace cinco días, y todos los demás están confinados en el cuartel, o sentados en el comedor o en el club de oficiales. Hay un buen equipo de policías militares aquí, y los están vigilando a todos ellos y vigilándose entre sí al mismo tiempo. Puedo garantizar que nadie ha salido de la base esta mañana. Ni desde que yo llegué aquí, de hecho.

—¿Este es su procedimiento estándar?

—Es mi arma secreta. Todo el día sentados, sin leer, sin ver la televisión, sin hacer nada. Antes o después alguien habla, de puro aburrimiento. Nunca falla. Se acabaron los días de partirme la espalda. He aprendido que el tiempo es mi amigo.

—Dígamelo otra vez —le pedí—. Es muy importante. ¿Está absolutamente seguro de que nadie ha salido de la base esta mañana? ¿O ayer por la noche? ¿Ni siquiera obedeciendo órdenes secretas, quizás de aquí, quizás de Benning o incluso del Pentágono? Hablo en serio. No intente engañarme.

—Estoy seguro —respondió Munro—. Lo garantizo. Por mi madre. Sé hacer este trabajo, y lo sabe. Al menos concédame eso.

—De acuerdo —dije.

—¿Quién era la persona que murió? —preguntó Munro.

—Todavía no lo han identificado. Un civil, casi con toda seguridad.

—¿Cerca de la valla?

—Igual que esos tipos a los que les pegaron. Como una zona de cuarentena.

—Eso es ridículo. No está sucediendo nada parecido. Lo sé a ciencia cierta.

Los dos nos quedamos callados durante un segundo, y después yo le pregunté:

—¿Qué más sabe a ciencia cierta?

—No se lo puedo decir. Las órdenes son que mantengamos esto más cerrado que el culo de un muñeca.

—Juguemos al juego de las veinte preguntas.

—No.

—En versión reducida. Tres preguntas cerradas. Con respuesta de sí o no.

—No me comprometa, ¿vale?

—Los dos estamos ya en una situación comprometida. ¿No lo ve? Tenemos un problema de verdad. Y está ahí dentro con usted o aquí afuera conmigo. Así que antes o después uno de los dos va a tener que ayudar al otro. Podríamos empezar ahora mismo.

Silencio. Después:

—Vale, Dios mío, tres preguntas.

—¿Ha sido informado de lo del coche?

—Sí.

—¿Alguien mencionó un dinero proveniente de Kosovo como posible móvil?

—Sí.

—¿Ha sido informado de otras dos mujeres muertas?

—No. ¿Qué otras mujeres muertas?

—El año pasado. Del pueblo. Mismo modus operandi. Las degollaron.

—¿Hay relación?

—Probablemente.

—Dios mío. No, nadie me dijo nada.

—¿Tiene un registro por escrito de los movimientos de la Compañía Bravo? ¿En junio y en noviembre del año pasado?

—Van cuatro preguntas.

—Ahora solo estamos charlando. Dos oficiales del mismo rango, hablando un poco. El juego ha terminado.

—Aquí no hay registros de los movimientos de la Compañía Bravo. Operan con un protocolo de operaciones especiales. Por tanto, todo está archivado en Fort Bragg. Habría que pasar por la citación más grande jamás vista solo para ver el archivo de lejos.

—¿Está llegando a algo ahí en la base? —pregunté.

No hubo respuesta.

—¿Cuánto tarda en funcionar normalmente su arma secreta? —pregunté.

—Por lo general es mucho más rápida que esto —dijo.

No respondí, y en el oído sentí más aire hueco y unas respiraciones leves. Después Munro añadió:

—Oiga, Reacher, supongo que no vale la pena hablar de esto, porque usted va a pensar simplemente que, bueno, que qué otra cosa voy a decir, si ambos sabemos que me mandaron aquí para cubrirle el culo a alguien. Pero yo no soy así. Nunca he sido así.

—¿Y?

—Por lo que sé hasta ahora, ninguno de los nuestros ha matado a ninguna mujer. Ni este mes, ni en noviembre, ni en junio. Ahora mismo así es como están las cosas.

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