El asunto
Veintinueve
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VEINTINUEVE
Colgué con Munro y Deveraux volvió inmediatamente al despacho. Quizás había estado observando la luz de la centralita. Dijo:
—¿Entonces?
—No hay patrullas de cuarentena. Nadie ha salido de Kelham desde que Munro llegó.
—¿Qué va a decir él?
—Y no está notando nada. Cree que el asesino no está en la base.
—Ídem.
Asentí. Espejos y cortinas de humo. El mundo real y la política. Confusión total.
—¿Quieres ir a comer? —pregunté.
—Después —respondió ella.
—¿Después de qué?
—Tienes un problema que resolver. Los primos McKinney están en la calle. Te están esperando. Y han traído refuerzos.
Deveraux me condujo por el pasillo a una habitación oscura que hacía esquina y que tenía ventanas en dos de sus paredes. Por la ventana que daba a Main Street no se veía nada. No había ninguna actividad. Pero por la ventana que daba hacia el norte, en dirección al cruce en forma de T, se veían cuatro figuras. Mis dos viejos amigos con otros dos hombres parecidos. Sucios, con el pelo largo, peludos y tatuados. Estaban de pie en la amplia zona donde se encontraban las dos carreteras, con las manos en los bolsillos, dando patadas en el suelo, sin hacer nada.
Mi primera reacción fue una especie de admiración embelesada. Un cabezazo es un golpe muy serio, especialmente si es mío. Que pudieran hablar y caminar solo unas horas después me parecía impresionante. Mi segunda reacción fue de fastidio. Conmigo mismo. Había sido demasiado amable. Demasiado recién llegado al pueblo, demasiado reticente, demasiado correcto, demasiado predispuesto a encontrar circunstancias atenuantes en la pura estupidez animal. Miré a Deveraux y le pregunté:
—¿Qué quieres que haga?
—Podrías disculparte y decirles que se vayan —dijo ella.
—¿Cuál es mi segunda opción?
—Podrías dejar que te peguen primero. Entonces podría arrestarlos por agredirte sin haber sido provocados. Me encantaría poder hacer eso.
—Si te ven ahí no habrá oportunidad para que me peguen.
—Puedo esconderme.
—No sé si quiero hacer ninguna de las dos cosas.
—Una o la otra, Reacher. Tú eliges.
Salí a Main Street como si fuera un personaje de una película antigua. Debería haber sonado música. Giré a la derecha y miré hacia el norte. Me quedé quieto. Los cuatro tipos me vieron. Durante un instante parecieron sorprendidos, y durante el instante siguiente parecieron movidos por una cálida expectación. Se pusieron en fila uno al lado del otro, de este a oeste, a un poco más de un metro de distancia entre sí. Todos dieron un paso hacia mí, y después todos se detuvieron y esperaron. En la carretera que iba a Kelham había dos furgonetas aparcadas, detrás de ellos a la derecha. Estaba la furgoneta pintada con brocha que ya había visto, y enfrente había otra en el mismo estado.
Seguí caminando como el pez que va a una red. El sol estaba lo más alto que podría estar en marzo. El aire era caluroso. Sentía el calor en mi piel. Sentía la superficie de la calle bajo la suela de mis zapatos. Me metí las manos en los bolsillos. No había nada, salvo casi todas las monedas de veinticinco centavos que me habían dado en la cafetería. Cerré mi puño alrededor del tubo de papel. Un puñetazo de diez dólares, menos lo que me había gastado en el teléfono.
Seguí caminando y me detuve a tres metros de la línea de la pelea. Los tipos que conocía estaban a la izquierda. El genio silencioso estaba en el extremo y el perro alfa estaba en la segunda posición. Ambos tenían la nariz como una berenjena podrida. Ambos tenían los dos ojos morados. Ambos tenían costras de sangre en los labios. Ninguno daba muy buena impresión en cuanto a equilibrio o concentración. A la derecha del perro alfa había un tipo un poco más bajo que los demás, y a su lado había uno grande con un chaleco de motociclista.
Miré al perro alfa y dije:
—¿Este es tu plan?
No respondió.
—¿Cuatro? ¿Nada más? —insistí.
No respondió.
—Me dijeron que había decenas de McKinney —dije.
No hubo respuesta.
—Pero supongo que la logística y la comunicación son complicadas. Por lo que optaste por una tropa más ligera, rápidamente reunida y rápidamente desplegada. Lo que en realidad es de lo más actual. Deberías ir al Pentágono y asistir a algunos seminarios. Te sentirías muy a gusto con su manera de pensar.
El segundo empezando por la derecha estaba borracho. Tenía activado una especie de zumbido grave. Le salía por los poros. Prácticamente lo podía oler. Cerveza para desayunar. Tal vez seguida de alguna otra cosa. Una dieta, a juzgar por su aspecto, que parecía seguir desde hacía por lo menos una década. Así que su reacción sería lenta, y luego actuaría de forma desordenada e imprecisa. No era un problema. El del chaleco de motociclista sufría alguna clase de dolor de espalda. Abajo, en la base de la columna. Lo sabía porque estaba de pie con la pelvis hacia delante, para reducir la presión en la zona. Una hernia o una distensión muscular. Había cientos de causas posibles. Era un hombre de campo. Podría haber sido levantando un fardo o se podría haber caído de un caballo. Tampoco era una gran amenaza. Se derrotaría a sí mismo. Un movimiento entusiasta y se empezaría a desgarrar por dentro. Se iría renqueando como un lisiado. Momento en el cual su amigo borracho estaría ya en el suelo. Y los otros dos, los que ya conocía y los que me conocían, no estaban en buena forma. El perro alfa estaba un poco a mi izquierda, y yo peleo con la diestra. Prácticamente se estaba ofreciendo voluntario.
En conjunto, una situación favorable.
—Es una lástima que alguno de vosotros no sea más grande —dije—. O dos, o tres. O todos, de hecho.
No hubo respuesta.
—Pero está bien, un plan es un plan —continué—. ¿Tardó mucho en funcionar?
No hubo respuesta.
—¿Sabes lo que decíamos de los planes en West Point? —dije.
—¿Qué?
—Que todo el mundo tiene un plan hasta que le dan un puñetazo en la boca.
No hubo respuesta. No hubo ningún movimiento. Solté el rollo de monedas que tenía agarrado. Saqué las manos de los bolsillos. Dije:
—El problema de las tropas ligeras es que si las cosas se empiezan a poner feas, se ponen muy feas muy rápido. Mira lo que pasó en Somalia. Así que deberías considerar muy bien la opción que estás eligiendo. Estás en una encrucijada. Tienes que decidir qué camino tomar. Podríais poneros a ello, los cuatro, ahora. Pero vuestra siguiente parada sería el hospital. Os lo prometo. Os lo garantizo. Vais a recibir los golpes más duros que hayáis recibido jamás. Hablo de huesos rotos. No puedo prometer daño cerebral. Parece que en eso se me han adelantado.
No hubo respuesta.
—O podríais intentar una retirada táctica y tomaros vuestro tiempo para reunir a la gran tropa. Podríais volver en un par de días. Decenas de vosotros. Podríais venir con el rifle vizcachero de su bisabuelo. Podríais empezar a tomar analgésicos antes de volver.
No hubo respuesta. O por lo menos no verbal. Pero la postura de los hombros se les hundió un poco y empezaron a arrastrar los pies.
—Buena decisión —dije—. La fuerza abrumadora siempre funciona mejor. Deberíais pasar por el Pentágono, en serio. Podríais explicarles vuestros razonamientos. Os escucharían. Están escuchando a todo el mundo menos a nosotros.
El perro alfa dijo:
—Volveremos.
—Aquí estaré —respondí—. Cuando estéis preparados.
Se fueron, intentando que pareciera algo casual, intentando mantener la dignidad. Se subieron a sus furgonetas y montaron un gran espectáculo con el ruido de los motores e hicieron rechinar los neumáticos mientras daban una vuelta de ciento ochenta grados. Se alejaron por el bosque en dirección oeste, hacia Memphis, hacia el resto del mundo. Me quedé mirando cómo se iban, y después caminé de vuelta al Departamento del Sheriff.
Deveraux había presenciado la escena desde la ventana de la habitación oscura que hacía esquina. Como si fuera una película muda. Sin diálogos. Dijo:
—Has conseguido que se vayan. Te has disculpado. No me lo puedo creer.
—No fue exactamente así —le dije—. Lo pospuse. Van a volver, decenas de ellos.
—¿Por qué has hecho eso?
—Más arrestos para ti. Te beneficiarán en tu campaña de reelección.
—Estás loco.
—¿Ahora quieres ir a comer?
—Ya he quedado para comer —dijo ella.
—¿Cuándo?
—Hace cinco minutos. Me ha llamado el comandante Duncan y me ha invitado a comer con él en el club de oficiales de Kelham.