El asunto

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Treinta

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TREINTA

Deveraux salió hacia Kelham en su coche y yo me quedé solo en la acera. Pasé por el terreno vacío de camino a la cafetería. Comida para uno. Volví a pedir la hamburguesa con queso, y después fui al teléfono público y llamé al Pentágono. Coronel John James Frazer. Oficina de Intermediación con el Senado. Contestó al primer tono. Le pregunté:

—¿Quién fue el genio que ha decidido que el número de la matrícula fuera información clasificada?

—No se lo puedo decir —respondió.

—Fuera quien fuese, es un gran error. Solo sirvió para confirmar que el coche es de alguien de Kelham. Fue prácticamente un anuncio público.

—No tuvimos alternativa. No podíamos dejar que fuera de dominio público. Los periodistas se habrían enterado cinco minutos después de las fuerzas de seguridad locales. No podíamos permitir que eso sucediera.

—Ahora parece que me está diciendo que era de alguien de la Compañía Bravo.

—No le estoy diciendo nada. Pero créame, no tuvimos alternativa. Las consecuencias habrían sido catastróficas.

Noté algo raro en su voz.

—Por favor dígame que es una broma —dije—. Porque ahora parece que era el vehículo personal de Reed Riley.

No hubo respuesta.

—¿Era su coche? —pregunté.

No hubo respuesta.

—¿Era su coche?

—No puedo confirmar ni desmentir nada —dijo Frazer—. Y no me pregunte de nuevo. Y tampoco diga de nuevo ese nombre. No en una línea que no esté asegurada.

—¿El oficial en cuestión tiene algún tipo de explicación?

—No puedo hacer ningún comentario.

—Esto está fuera de control, Frazer —dije—. Tiene que pensarlo otra vez. El encubrimiento siempre es peor que el crimen. Tiene que parar esto ahora.

—Negativo, Reacher. Hay un plan en marcha y seguirá en marcha.

—¿El plan incluye una zona de exclusión alrededor de Kelham? ¿Quizás especialmente para periodistas?

—¿De qué demonios está hablando?

—Tengo pruebas circunstanciales de la presencia de militares por fuera de la cerca de Kelham. Esas pruebas incluyen un muerto. Se lo digo: esto está fuera de control.

—¿Quién es el muerto?

—Un hombre desconocido de mediana edad.

—¿Periodista?

—No tengo la habilidad de reconocer a un periodista nada más verlo. Quizás eso sea algo que se enseña en infantería, pero a los policías militares no nos lo enseñan.

—¿No llevaba documentación?

—Todavía no lo hemos revisado. El médico no ha terminado de examinarlo.

—No hay ninguna zona de exclusión alrededor de Fort Kelham —dijo Frazer—. Ese sería un cambio de política serio.

—E ilegal.

—Estoy de acuerdo. Y estúpido. Y contraproducente. No está pasando. Nunca ha pasado.

—Creo que el Cuerpo de Marines lo hizo una vez.

—¿Cuándo?

—En los últimos veinte años.

—Bueno, los marines. Hacen todo tipo de cosas.

—Debería corroborarlo.

—¿Cómo? ¿Cree que lo ponen en su historia oficial?

—Hágalo de manera oblicua. Busque un oficial al que hayan echado de la noche a la mañana sin ningún tipo de explicación. Quizás un coronel.

 

Colgué con Frazer, me comí la hamburguesa, tomé el café y después fui a hacer lo que Garber me había ordenado a media mañana: regresar al lugar del accidente y destruir la matrícula delictiva. Giré hacia el este en la carretera de Kelham y después hacia el norte en los durmientes de las vías. Pasé la torre de agua. La trompa de elefante era de alguna clase de tela negra plastificada, descolorida y deteriorada por el paso del tiempo. Una suave brisa del sur hacía que se bamboleara un poco. Caminé cincuenta metros más y luego me bajé de las vías y me dirigí hacia donde había visto el parachoques enterrado.

El parachoques no estaba.

No aparecía por ninguna parte. Lo habían desenterrado y se lo habían llevado. Habían rellenado con tierra el agujero que había hecho su punta con forma de lanza, lo habían aplastado con unas botas y lo habían aplanado con palas.

Las huellas de las botas no se parecían a ninguna que yo hubiera visto en el ejército. Pero las marcas de las palas sí podrían ser de herramientas militares. Era difícil saberlo con certeza. No se podía descartar, pero tampoco asegurar.

Seguí caminando, adentrándome en el área del accidente. Todo estaba cambiado. Lo habían clasificado y examinado, le habían dado la vuelta, revisado y evaluado. Casi doscientos metros. Habían movido uno a uno alrededor de mil fragmentos. Sin duda, los elementos más pequeños habían sido examinados alrededor de diez veces más. Era una zona grande. Una tarea difícil. Mucho trabajo. Lento y minucioso. Seis hombres, calculé. Quizás ocho. Me los imaginé avanzando en fila, obedeciendo órdenes, trabajando con mucha precisión.

Con precisión militar.

 

Me fui por donde había venido. Llegué a la mitad del cruce y vi un coche por el este, que venía desde donde estaba Kelham. Aún estaba lejos, en la carretera recta. En la distancia parecía pequeño, pero no lo era. Al principio pensé que podía ser Deveraux volviendo de su comida, pero tampoco lo era. Era un coche negro, grande, rápido y suave. Una limusina. Se acercaba por la parte elevada de la carretera, sobre la línea central, bien alejado de las cunetas. Se bamboleaba, oscilaba y planeaba.

Me bajé de la vía por el lado de Kelham y me detuve en el medio de la carretera con los pies separados y los brazos extendidos, grandes y evidentes. Dejé que el coche se acercara y cuando estaba a unos cien metros de mí crucé los brazos por encima de la cabeza y los moví en señal de auxilio. Sabía que el conductor se detendría. Recordad que estábamos en 1997. Cuatro años y medio antes de las nuevas reglas. Hace mucho tiempo. En un mundo mucho menos desconfiado.

El coche redujo la velocidad y frenó delante de mí. Me moví hacia la derecha, rodeando el capot hacia un lateral, en dirección a la ventanilla del conductor pero manteniéndome a cierta distancia, intentando perfeccionar el ángulo. Quería ver al pasajero. Supuse que estaría en la parte de atrás, del otro lado, con el asiento delantero del acompañante movido hacia delante para dejarle más espacio a las piernas. Sabía cómo funcionaban estas cosas. Había viajado en limusinas. Una o dos veces.

El conductor bajó la ventanilla. Me asomé de cintura para arriba. Miré. Era un tío grande y gordo con una barriga que le obligaba a separar las piernas. Llevaba una gorra de chofer negra, una chaqueta negra y una corbata negra. Tenía los ojos vidriosos. Dijo:

—¿Podemos ayudarle en algo?

—Lo siento —respondí—. Me he equivocado. Pensaba que era otra persona. Pero gracias de todos modos por detenerse.

—Por supuesto —dijo él—. No hay problema.

Subió la ventanilla, me aparté y el coche siguió su camino.

El pasajero era un varón, mayor que yo, con el pelo canoso, próspero, con un elegante traje de lana. En el asiento de al lado tenía un maletín.

Un abogado, pensé.

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