El asunto

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Treinta y uno

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TREINTA Y UNO

Me quedé mirando al este, a la parte negra del pueblo, había cosas que quería volver a ver, así que empecé a caminar en esa dirección. Me gustaba sentir la carretera bajo mis pies. Supuse que en los días de gloria del ferrocarril había sido un simple camino de tierra, pero que la habían renovado, seguramente en la década de los cincuenta, seguramente a expensas del Departamento de Defensa. Habían hundido los cimientos para poder transportar vehículos blindados en camiones de plataforma plana, y habían enderezado la línea, porque si un ingeniero del ejército ve una línea trazada en un mapa, en el terreno debe aparecer una carretera recta. Yo había recorrido muchas carreteras del Departamento de Defensa. Hay montones, por todo el mundo, todas ellas construidas hace muchísimo tiempo, durante el espectacular y prolongado esplendor de la autoconfianza y el poderío militar americano, cuando no había nada que no pudiéramos o que no quisiéramos hacer. Yo fui un producto de esa época, pero no formé parte de ella. Sentía nostalgia por algo que nunca había vivido.

Luego pensé en mi viejo colega Stan Lowrey hablando de ofertas de empleo en la hamburguesería que había cerca de donde estábamos destinados. Venían cambios, sin duda, pero yo estaba satisfecho. La carretera recta entre el bosque bajo de Mississippi me ayudaba. Hacía sol, el clima era caluroso. Había dejado muchos kilómetros a mis espaldas, tenía muchos por delante, y me sobraba tiempo. No tenía nada de ambición y muy pocas necesidades. Viniese lo que viniese iba a estar bien. No había alternativa. Iba a tener que estarlo.

 

Giré en el mismo sitio en el que Deveraux había girado con el coche, dirección sur por el camino de tierra entre las estrechas cunetas y las cabañas de esclavos. Hacia la casa de Emmeline McClatchy. A pie pude ver cosas diferentes a las que había visto en coche. Pobreza, sobre todo, y muy de cerca. Había ropa remendada colgada de cuerdas, tan desgastada por los lavados que era casi transparente. No había coches nuevos. En algunos de los patios había gallinas, cabras y ocasionalmente algún cerdo. Había perros sarnosos encadenados. Había apaños de cinta aislante o de alambre por todas partes, en el tendido eléctrico, en los canalones para la lluvia, en las cañerías. Y también había desconfianza. Había niños descalzos casi invisibles que me miraban con los dedos en la boca hasta que sus ansiosas madres, que evitaban mirarme, se los llevaban.

Seguí avanzando y pasé por la casa de Emmeline McClatchy. No la vi. No vi a nadie en ese tramo de la calle. Ningún niño, ningún adulto. Nadie. Pasé por la casa que tenía los carteles de cerveza en la ventana. Hice el mismo recorrido que había hecho antes con Deveraux, primero a la izquierda y luego a la derecha y luego a la izquierda, hasta que encontré la obra abandonada y el motón de grava.

La casa prevista para el solar era pequeña, y los cimientos estaban dispuestos en diagonal, obedeciendo una práctica y una sabiduría ancestrales, para aprovechar la brisa y evitar el impacto directo del sol del suroeste en el verano. Estaban construidos con bloques reciclados y cemento muy arenoso. Habían instalado una tubería de alcantarillado y otra para el suministro de agua. Los postes de las esquinas ya se estaban desgastando. No habían hecho nada más. Se habían quedado sin dinero, supuse.

Supuse que la grava del montón estaba esperando que la convirtieran en hormigón. Quizás el suelo de la casa iba a ser de losa maciza y no de tablas de madera. Tal vez hacerlo así tenía ciertas ventajas, tal vez relacionadas con las termitas. No tenía ni idea. Nunca había construido una casa. Nunca había tenido que ocuparme de asuntos relacionados con casas.

El montón de grava se había extendido y asentado durante aquellos meses improductivos. A través de los bordes, donde la capa era más fina, crecían los hierbajos. Llegaba a las rodillas casi por todas partes, y vista de cerca tenía el tamaño de una cama de matrimonio. Las marcas y agujeros en la parte superior parecían un test de Rorschach. Era perfectamente posible ver en ellos el resultado de niños inocentes corriendo, saltando y pisoteando. También era posible ver a una mujer adulta que hubiesen tirado y violado allí, en una violenta ráfaga de rodillas, codos y espaldas.

Me agaché y pasé un dedo por encima de la grava. Era muy difícil de mover. Las piedrecitas estaban muy apretadas y cubiertas de una especie de residuo polvoriento que se había mezclado con la lluvia o el rocío para conformar un débil adhesivo. Hice un agujero de unos tres centímetros de ancho y otros tres de profundidad, y después giré la mano.

Presioné el dorso de mi mano contra el montón y la mantuve ahí un minuto. Observé el resultado. Unas pequeñas marcas blancas, sin hendiduras, porque en el dorso de la mano no había mucha carne. Así que me remangué y presioné la parte interior de mi antebrazo contra la grava. Presioné con fuerza con la otra mano. Lo subí y lo bajé un par de veces y lo restregué un poco. Observé.

Por resultado obtuve unas pequeñas marcas rojas, unas pequeñas marcas blancas y mucha tierra, suciedad y barro. Me escupí en el brazo y lo froté contra mi pantalón, y la franja limpia que salió de aquello se parecía mucho y al mismo tiempo no se parecía en nada a la parte baja de la espalda de Janice May Chapman. Otro test de Rorschach. No era concluyente.

Pero sí llegué a una conclusión menor. Me limpié el brazo lo mejor que pude, que no fue del todo, y decidí que, independientemente del lugar con suelo de grava en el que hubiesen violado a Chapman, ella no solo se había vestido después, sino que además se había duchado.

 

Seguí caminando y llegué a la calle ancha en la que había vivido Shawna Lindsay. La segunda víctima. Comparativamente, la chica de clase media. Su hermano pequeño seguía en el jardín. El chico feo de dieciséis años. Estaba allí de pie. Sin hacer nada. Mirando a la calle. Mirando cómo me acercaba. Sus ojos me siguieron durante todo el recorrido. Avancé el último tramo por el arcén y me detuve para quedar cara a cara frente a él, solo con la cerca baja de madera entre nosotros.

—¿Cómo te va la vida? —le pregunté.

—Mi madre no está —respondió él.

—Es bueno saberlo —dije—. Pero no te he preguntado eso.

—La vida es una mierda —soltó.

—Y además te mueres —dije yo. Y me arrepentí inmediatamente. Poco cuidadoso, teniendo en cuenta su historia familiar reciente. Pero no le prestó atención. Eso me alegró—. Necesito hablar contigo —dije.

—¿Por qué? ¿Para ganarte una medalla al mérito para blanquitos? ¿Necesitas encontrar una persona negra con la que hablar hoy?

—Soy del ejército —dije—. Lo que significa que la mitad de mis amigos son negros y, más importante aún, que la mitad de mis jefes son negros. Hablo con gente negra todo el tiempo, y ellos hablan conmigo. Así que no me vengas con esa mierda de gueto.

El chico se quedó callado un segundo. Después preguntó:

—¿En qué parte del ejército estás?

—Soy Policía Militar.

—¿Es un trabajo duro?

—Peor que duro —dije—. Piénsalo con lógica. Cualquier militar te podría patear el culo, y yo podría patearle el culo a cualquier militar.

—¿Eso es cierto?

—Es mucho más que real —dije—. Lo real es para otra gente. No para nosotros.

—¿De qué quieres hablar? —preguntó.

—De una intuición.

—¿De qué tipo?

—Intuyo que nadie ha hablado nunca contigo acerca de la muerte de tu hermana —dije.

Él bajó la cabeza.

—Ante una víctima de homicidio, normalmente los investigadores hablan con todas las personas que la conocieron —continué—. Le piden impresiones y opiniones. Quieren saber qué tipo de cosas hacía, adónde iba, con quién andaba. ¿Alguna vez han hablado contigo de esas cosas?

—No —dijo—. Nadie ha hablado conmigo nunca.

—Deberían haberlo hecho —dije—. Yo habría hablado contigo. Porque los hermanos saben cosas de sus hermanas. Especialmente a vuestra edad. Apuesto a que tú sabías cosas de Shawna que no sabía nadie más. Apuesto a que a ti te contaba cosas que no le podía contar a tu madre. Y apuesto a que descubriste algunas cosas por tu cuenta.

El chico se agitó un poco en el sitio. Tímido y un poco orgulloso. Como diciendo: Sí, puede que haya descubierto algunas cosas. Pero dijo:

—Nadie habla conmigo de nada.

—¿Por qué no?

—Porque soy deforme. Además, creen que soy medio retrasado.

—¿Quién dice que eres deforme?

—Todo el mundo.

—¿Tu madre también?

—No lo dice, pero lo piensa.

—¿Tus amigos también?

—No tengo amigos. ¿Quién querría ser mi amigo?

—Están equivocados —dije—. No eres deforme. Eres feo, pero no deforme. Son cosas distintas.

Sonrió:

—Eso era lo que me decía Shawna.

Me los imaginé juntos. La bella y la bestia. Una vida dura para los dos. Dura para él, por las interminables comparaciones implícitas. Dura para ella, con la interminable necesidad de tener tacto y paciencia. Le dije:

—Deberías alistarte en el Ejército. Pareces una estrella de cine comparado con la mitad de la gente que conozco. Deberías ver al tío que me mandó venir aquí.

—Voy a alistarme en el Ejército —dijo—. He hablado de eso con una persona.

—¿Con quién has hablado?

—Con el último novio de Shawna —dijo—. Era militar.

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