El asunto

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Treinta y dos

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TREINTA Y DOS

El chico me invitó a pasar. Su madre no estaba, y había una jarra de té frío en la nevera. La casa estaba cerrada y a oscuras. Olía a rancio. Por dentro era fea y estrecha, pero tenía muchas habitaciones. Una cocina con comedor, una sala de estar y al fondo lo que supuse que serían tres habitaciones. Un espacio pensado para un padre, una madre y dos hijos, aunque yo no vi ni rastro del padre y Shawna nunca iba a volver.

Me dijo que se llamaba Bruce. Nos servimos té y nos sentamos en la mesa de la cocina. Al lado de la nevera había un viejo teléfono de pared. Era de plástico y de color amarillo pálido. El cable estaba totalmente estirado y debía alcanzar los cuatro metros de largo. Sobre la encimera había una televisión vieja. Pequeña pero a color, con detalles cromados. Prácticamente una antigüedad, probablemente rescatada de cualquier montón de basura y abrillantada como si fuese un viejo Cadillac.

Mirado de cerca el chico no era más atractivo de lo que me había parecido fuera. Pero si ignorabas la cabeza, el resto estaba en bastante buena forma. Era todo hueso y músculo, ancho de pecho y de hombros, con los brazos fuertes. En el fondo parecía paciente y alegre. En general me cayó bien.

—¿De verdad dejarían que me alistara en el Ejército? —me preguntó.

—Ellos, los que deberían dejarte, ¿quiénes serían?

—El Ejército, quiero decir. El Ejército en sí. ¿Me dejarían entrar?

—¿Tienes alguna condena por delito grave?

—No, señor.

—¿Alguna otra clase de antecedentes?

—No, señor.

—Entonces por supuesto que te dejarían entrar. Te aceptarían hoy mismo si tuvieras la edad suficiente.

—Los demás se reirán de mí.

—Probablemente —dije—. Pero no por lo que tú crees. Los militares no son así. Encontrarían alguna otra cosa. Algo en lo que ni siquiera has pensado todavía.

—Podría llevar puesto el casco todo el tiempo.

—Solo si encuentran uno lo suficientemente grande.

—Y gafas de visión nocturna.

—Quizás la capucha de un uniforme de desactivar bombas —dije.

Pensé que desactivar bombas era lo que nos iba a tocar. Pequeñas guerras y trampas explosivas. Pero no lo dije. No era el tipo de mensaje que quiere escuchar un recluta en potencia.

Bebí un poco de té.

—¿Sueles ver la televisión? —me preguntó.

—No mucho —dije—. ¿Por qué?

—En la televisión ponen anuncios —dijo—. Por lo que tienen que encajar historias de una hora en cuarenta y pocos minutos. Así que van directo al grano.

—¿Crees que es lo que debería hacer yo?

—Eso es.

—Entonces, ¿quién crees que ha matado a tu hermana?

Bruce tomó un sorbo de té, respiró muy hondo y empezó a decir todo lo que había estado pensando y lo que nunca le habían preguntado. Le salió de manera atropellada, rápida, coherente, perceptiva y atenta. Dijo:

—Bueno, la degollaron, por lo que hay que preguntarse quién está capacitado para hacer ese tipo de cosas, o quién tiene experiencia en hacerlas, o ambas.

Ese tipo de cosas. La garganta de su hermana.

—Entonces, ¿quién cumple con los requisitos?

—Los militares —respondió—. Especialmente aquí. Y los exmilitares, especialmente aquí. Fort Kelham es una base de entrenamiento para tipos de operaciones especiales. Ellos saben hacer esas cosas. Y también los cazadores. Y la mayoría de la gente del pueblo, para ser honesto. Yo incluido.

—¿Tú? ¿Eres cazador?

—No, pero tengo que comer. Hay personas que crían cerdos.

—¿Y?

—¿Crees que los cerdos se suicidan? Los degollamos.

—¿Tú lo has hecho?

—Decenas de veces. A veces me pagan un dólar.

—¿Cuándo y dónde viste a Shawna con vida por última vez? —pregunté.

—El día que la mataron. Era un viernes de noviembre. Se fue de aquí sobre las siete. O por lo menos ya había anochecido. Iba muy arreglada.

—¿Adónde iba?

—Al otro lado de las vías. Probablemente al Brannan’s. En general iba ahí.

—¿Brannan’s es el bar al que va más gente?

—A todos va mucha gente. Pero Brannan’s es donde empieza y termina la mayoría.

—¿Con quién fue Shawna esa noche?

—Fue sola. Probablemente había quedado con su novio en el bar.

—¿Y llegó al bar?

—No. La encontraron a dos calles de aquí. En el sitio donde alguien estaba construyendo una casa.

—¿El sitio donde hay un montón de grava?

El chico asintió:

—La tiraron ahí encima. Como los sacrificios humanos de los libros de historia.

 

Nos levantamos y dimos unas vueltas por la cocina. Después nos servimos más té y nos volvimos a sentar. Dije:

—Háblame del último novio de Shawna.

—Fue el primer novio blanco que tuvo en su vida.

—¿Le gustaba?

—Bastante.

—¿Se llevaban bien?

—Bastante bien.

—¿Ningún problema?

—Yo no vi ninguno.

—¿La mató él?

—Pudo haber sido él.

—¿Por qué lo dices?

—No lo podemos descartar.

—¿Cuál es tu impresión?

—Quiero decir que no, pero alguien la mató. Podría haber sido él.

—¿Cómo se llamaba?

—Reed. Así le llamaba siempre Shawna. Reed esto, Reed aquello. Reed, Reed, Reed.

—¿Apellido?

—No sé.

—Llevamos identificadores con nuestro nombre —dije—. En el uniforme, sobre el bolsillo derecho del pecho.

—Nunca lo vi de uniforme. Cuando vienen al pueblo siempre llevan camiseta y vaqueros. A veces chaquetas.

—¿Oficial o soldado?

—No lo sé.

—Has hablado con él. ¿No te lo dijo?

El chico negó con la cabeza:

—Dijo que se llamaba Reed. Eso es todo.

—¿Era un imbécil?

—Un poco.

—¿Daba la impresión de trabajar duro?

—La verdad es que no. No se tomaba las cosas muy en serio.

—Probablemente un oficial, entonces —dije—. ¿Qué te dijo sobre lo de alistarte en el Ejército?

—Dijo que servir a tu país era algo noble.

—Definitivamente un oficial.

—Dijo que podía aprender un oficio. Dijo que podría llegar a especialista.

—Podrías llegar a más que eso.

—Dijo que en la oficina de reclutamiento me explicarían todo. Dijo que en Memphis había una bastante buena.

—No vayas a esa —dije—. Es demasiado peligroso. Las oficinas de enrolamiento las comparten las cuatro ramas del servicio militar. Podrían cogerte los Marines. Un destino peor que la muerte.

—¿Y adónde debería ir?

—Vete directamente a Kelham. Hay personal de reclutamiento en todas las bases.

—¿Funcionará?

—Claro que sí. En cuanto tengas en la mano un papel que demuestre que eres mayor de edad, te dejarán entrar y no te volverán a dejar salir.

—Pero dicen que el Ejército es cada vez más pequeño.

—Gracias por recordármelo.

—¿Y entonces para qué me podrían querer?

—Va a seguir contando con cientos de miles de personas. Seguirán marchándose decenas de miles todos los años. Siempre van a necesitar reemplazos.

—¿Qué tienen de malo los Marines?

—En realidad nada. Es una rivalidad tradicional. Ellos maldicen, nosotros maldecimos.

—Hacen desembarcos anfibios.

—La historia demuestra que el Ejército ha hecho muchos más.

—La sheriff Deveraux fue marine.

—Es marine —dije—. Uno nunca deja de ser marine, ni siquiera después de irse. Es así.

—Te gusta —dijo él—. Lo he notado. Te he visto con ella en el coche.

—Es atractiva —respondí—. ¿Reed tenía coche? ¿El novio de Shawna?

El chico asintió:

—Todos tienen coches. Yo también voy a tener un coche, después de alistarme.

—¿Qué coche tenía Reed?

—Un Chevy Bel-Air 1957 cupé con techo rígido. No era un clásico. Estaba bastante destrozado.

—¿De qué color era?

—Azul —dijo.

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