El asunto
Ochenta y seis
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OCHENTA Y SEIS
Los faros me detectaron a unos cien metros de distancia. Sentí la luz caliente en mi rostro y en la palma de mi mano y supe que Reed Riley podía verme. Lo escuché levantar el pie del acelerador y reducir la velocidad. Pura costumbre. Los soldados de infantería pasan mucho tiempo en coches, y muchos de sus viajes los permiten o los dirigen o de algún modo los interrumpen tipos en uniforme de combate que les hacen señas para que avancen, para que vayan a la izquierda o a la derecha, o para que se detengan temporalmente.
Yo me quedé donde estaba, con la mano todavía en alto, y el coche oficial verde se detuvo con el parachoques delantero a un metro de mis rodillas. Para entonces mi línea de visión estaba muy por encima de los faros delanteros, y podía ver a Riley y a su padre tras el parabrisas. Ninguno de los dos parecía sorprendido ni molesto. Ambos estaban preparados para perder un minuto en un asunto rutinario. Riley estaba igual que en su fotografía, y su padre era una versión más madura de él, un poco más delgado, con la nariz y las orejas un poco más grandes, un poco más acicalado y presentable. Estaba vestido como un tarado, como todos los políticos de visita que había visto en mi vida. Tenía puesta una chaqueta Ike color caqui y una camisa formal sin corbata. La chaqueta tenía una insignia del Senado de los Estados Unidos, como si esa rama segura y aislada de la legislatura fuera una unidad de combate.
Me acerqué a la puerta de Reed Riley y él bajó la ventanilla. La expresión de su cara comenzó siendo una pero cambió cuando vio las hojas de roble en mi cuello. Dijo:
—¿Señor?
No respondí. Di un paso más, abrí la puerta trasera y me subí detrás de él. Cerré la puerta, me moví hasta el centro del asiento y los dos giraron y estiraron el cuello para verme.
—¿Señor? —repitió Riley.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó su padre.
—Cambio de planes —respondí.
Podía oler la cerveza en su aliento y el humo y el sudor en su ropa.
—Tengo que coger un avión —dijo el senador.
—A medianoche —dije—. Nadie lo buscará antes de esa hora.
—¿Qué demonios significa eso? ¿Sabe quién soy yo?
—Sí —dije—. Sé quién es.
—¿Qué es lo que quiere?
—Obediencia instantánea —dije.
Saqué la Beretta por segunda vez en la noche, rápido, ágil, como un mago. En un momento mi mano estaba vacía y al siguiente estaba cargada de acero opaco. Le quité el seguro, con un sonido breve pero funesto en medio del silencio.
El senador dijo:
—Está cometiendo un grave error, joven. En este mismo momento acaba de terminarse su carrera militar. Que la situación se ponga aún peor es algo que depende totalmente de usted.
—Silencio —dije.
Me incliné hacia delante y sujeté el cuello de la chaqueta de Reed Riley, tal como había hecho con el sargento de Benning. Pero esta vez le apoyé el cañón del arma en el hueco de detrás de la oreja. Carne blanda, sin huesos. El tamaño justo.
—Siga conduciendo —dije—. Muy despacio. Gire a la izquierda en el cruce. Siga por las vías.
—¿Qué? —dijo Reed Riley.
—Ya me ha oído.
—Pero viene el tren.
—A medianoche —dije—. Ahora póngase en marcha, soldado.
Era una tarea difícil. Instintivamente intentó inclinarse hacia delante por encima del volante para poder ver mejor. Pero yo no se lo permití. Lo tenía sujetado con fuerza contra el asiento, tirando y empujando. Pero aun así se las arregló bien. Avanzó y giró el volante con fuerza y se movió lentamente y en diagonal hacia la pendiente. Enderezó el coche y sintió cómo su neumático delantero derecho golpeaba el surco del pavimento. Avanzó más, en línea recta, y el borde del asfalto cayó por debajo de nosotros. Los neumáticos de la derecha quedaron sobre el raíl. Las ruedas de la izquierda estaban más abajo en los durmientes. Un buen trabajo. Tan bueno como el de Deveraux.
—No es la primera vez que hace esto —dije.
No contestó.
Avanzamos, más lento que si hubiéramos estado caminando, totalmente inclinados, con el lateral derecho del coche arriba y deslizándose sin inconvenientes, y el izquierdo abajo, subiendo y bajando por los durmientes como un barco en medio de un oleaje. Pasamos el viejo tanque de agua, avanzamos diez metros más y luego dije:
—Frene.
—¿Aquí?
—Es un buen lugar —dije.
Frenó con cuidado y el coche se detuvo, bien alineado, todavía inclinado. Yo le seguía agarrando el cuello de la chaqueta y mantenía el arma en el mismo lugar. Delante de mí, a través del parabrisas, las vías corrían rectas hacia el norte hasta un punto de fuga muy lejano, como finas rayas plateadas a la luz de la luna.
—Capitán —dije—, abra todas las ventanillas con su mano izquierda.
—¿Por qué?
—Porque ustedes dos ya apestan. Y solo se va a poner peor, créanme.
Ridley tanteó a ciegas con los dedos. Primero bajó la ventanilla de su padre, después la mía, después la otra de atrás.
Un aire fresco nocturno entró con la brisa.
—Senador, muévase y apague las luces —dije.
Le llevó un segundo encontrar el mando, pero lo hizo.
—Ahora apague el motor y deme la llave —dije.
—Pero estamos aparcados en la vía del tren —dijo.
—Estoy al tanto.
—¿Sabe quién soy yo?
—Ya me lo ha preguntado antes. Y le contesté. Ahora haga lo que le he pedido. ¿O primero tengo que contribuir a su campaña? En ese caso, por favor considere como mi contribución el hecho de que no le dispare a su hijo en la rodilla.
El viejo hizo un ruido con la garganta, un ruido que ya había oído una o dos veces antes, cuando alguien se daba cuenta de que las bromas no eran bromas, cuando una situación desventurada pasaba de mal a peor, cuando una pesadilla resultaba ser una realidad del mundo de la vigilia. Se inclinó hacia un lado, giró la llave, la sacó y me la dio.
—Tírela en el asiento trasero —dije.
Lo hizo, cayó a mi lado y se deslizó hacia abajo en el asiento por la inclinación del coche.
—Ahora los dos llévense las manos a la cabeza —dije.
El senador lo hizo primero, y yo alejé la Beretta para que su hijo le siguiera. Le solté el cuello de la chaqueta, me apoyé en el respaldo del asiento y dije:
—¿Cuál es la velocidad de salida de una Beretta M9?
—No tengo ni idea —dijo el senador.
—Pero su hijo debería saberlo. Invertimos mucho tiempo y dinero en su entrenamiento.
—No me acuerdo —dijo Riley.
—Cerca de cuatrocientos metros por segundo —dije—. Y su médula espinal está más o menos a un metro de mí. Por lo que más o menos dos milésimas de segundo después de que alguno de ustedes mueva un músculo estarán muertos o lisiados. ¿Lo han entendido?
No hubo respuesta.
—Necesito que contesten —dije.
—Lo hemos entendido —dijo Riley.
—¿Qué es lo que quiere? —dijo su padre.
—Una confirmación —dije—. Quiero asegurarme de que estoy entendiendo bien las cosas.