El asunto

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Treinta y tres

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TREINTA Y TRES

Bruce me enseñó la habitación de su hermana. Estaba limpia y ordenada. No la habían conservado como si fuera un santuario, pero tampoco la habían vaciado. Hablaba de pérdida, desconcierto y falta de energía. La cama estaba hecha y había montones de ropa cuidadosamente doblada. No habían tomado ninguna decisión sobre su futuro.

Nada reflejaba a primera vista la personalidad de Shawna Lindsay. Ya era una mujer, y no una adolescente. No había posters en las paredes, ni suvenires, ni un diario apasionado. Ningún recuerdo. Sus pertenencias se limitaban a algo de ropa, zapatos y dos libros. Nada más. Uno de los libros era muy fino y explicaba los pasos a seguir para hacerse notario. El otro era una anticuada guía turística de Los Ángeles.

—¿Quería trabajar en la industria del cine? —pregunté.

—No —respondió Bruce—. Solo quería viajar.

—¿A Los Ángeles en particular?

—A cualquier parte.

—¿Tenía trabajo?

—Trabajaba a tiempo parcial en la oficina de préstamo. Al lado del Brannan’s. Era bastante buena con los números.

—¿Qué te contó a ti que no le podía contar a tu madre?

—Que odiaba el pueblo. Que se quería ir.

—¿Tu madre no quería oír ese tipo de cosas?

—Quería mantener a Shawna a salvo. Mi madre le tiene miedo al mundo.

—¿Dónde trabaja?

—Se encarga de la limpieza en los bares del pueblo. Los deja preparados para la happy hour.

—¿Qué más sabes de Shawna?

El chico empezó a decir algo y después se calló. Al final solo se encogió de hombros, sin decir nada. Fue hasta el centro de aquel sencillo espacio cuadrado y se quedó allí, como si estuviese absorbiendo algo. Algo suspendido en el aire. Sentí que no había estado muchas veces en aquel cuarto. Pocas veces antes de la muerte de Shawna, y pocas veces después.

—Sé que la echo mucho de menos —dijo.

 

Volvimos a la cocina y le pregunté:

—Si dejo dinero, ¿crees que a tu madre le molestaría que usara el teléfono?

—¿Tienes que hacer una llamada? —preguntó él, como si fuera algo extraordinario.

—Dos —respondí—. Una tengo que hacerla, y otra la quiero hacer.

—No sé cuánto cuesta.

—En los teléfonos públicos cuesta veinticinco centavos —dije—. ¿Qué te parece si dejo un dólar por llamada?

—Eso es demasiado.

—Son de larga distancia —dije.

—Lo que creas que esté bien. Yo vuelvo fuera.

Esperé hasta que lo vi aparecer en el jardín delantero. Se puso cerca de la valla y se quedó allí, simplemente, mirando la calle con una paciencia infinita. Una especie de vigilancia perpetua. Puse un billete de un dólar entre la carcasa de plástico del teléfono y la pared y descolgué el auricular. Marqué el número de la llamada que tenía que hacer. A Stan Lowrey, en la base que compartíamos. Hablé con su sargento y un minuto después apareció él en la línea.

—Qué sorpresa —dije—. Todavía estás ahí. Todavía tienes trabajo.

—Ahora mismo creo que mi puesto corre menos peligro que el tuyo —respondió—. Frances Neagley nos acaba de informar.

—Se preocupa demasiado.

—Tú no te preocupas lo suficiente.

—¿Karla Dixon sigue trabajando en cuestiones económicas?

—Puedo averiguarlo.

—Hazle una pregunta de mi parte. Quiero saber si debería prestarle atención a cierto dinero que podría estar entrando en el país desde Kosovo. Si puede haber gánsteres blanqueando mucho efectivo. Ese tipo de cosas.

—No parece muy probable. Eso es en los Balcanes, ¿no? Ahí el que tiene una cabra es de clase media. Y es rico el que tiene dos. No es como en Estados Unidos.

Miré por la ventana y dije:

—Se parece bastante a algunas partes del país.

—Ojalá yo trabajara en asuntos económicos. Podría haber aprendido algunas cosas necesarias. Cómo ahorrar, por ejemplo.

—No te preocupes —le dije—. Recibirás el subsidio de desempleo. Al menos durante un tiempo.

—Te escucho de buen humor.

—Tengo motivos para estar de buen humor.

—¿Por qué? ¿Qué está pasando?

—Toda clase de cosas maravillosas —respondí, y colgué.

Después metí un segundo billete de un dólar entre el teléfono y la pared y marqué el número de la llamada que quería hacer. Llamé al conmutador principal del Departamento del Tesoro y me atendió una mujer que parecía elegante y de mediana edad. Preguntó:

—¿En qué puedo ayudarle?

—Páseme con Joe Reacher, por favor —le dije.

Primero escuché unos ruidos y después un minuto de aire hueco. Tampoco había música de espera en el Departamento del Tesoro, en 1997. Después una mujer atendió la llamada y dijo: “Despacho del señor Reacher”. Su voz era brillante y joven. Probablemente una doctora cum laude de alguna universidad prestigiosa, toda ella ojos resplandecientes e idealismo. Probablemente atractiva. Probablemente vestida con una falda escocesa corta y un jersey de cuello alto blanco. Mi hermano sabía elegirlas.

—¿Está el señor Reacher? —pregunté.

—Me temo que el señor Reacher no vendrá al despacho durante algunos días. Ha tenido que ir a Georgia. —Dijo Georgia como si hubiese dicho Saturno o Neptuno. Una distancia incomprensible y un lugar estéril. Preguntó—: ¿Quiere dejarle algún mensaje?

—Dígale que lo ha llamado su hermano.

—Qué bien. Nunca ha dicho que tuviera un hermano. Pero de hecho su voz es exactamente igual que la suya, ¿lo sabía?

—Eso dicen. No tengo ningún mensaje más. Dígale que quería saludarlo. Para estar en contacto. Para saber cómo está.

—¿Sabrá qué hermano lo llamó?

—Eso espero —dije—. Solo tiene uno.

 

Inmediatamente después me fui. El hermano de Shawna no interrumpió su vigilancia solitaria. Lo saludé y me devolvió el saludo, pero no se movió. Siguió mirando el horizonte. Caminé hasta la carretera de Kelham y giré a la izquierda, hacia la ciudad. Me acerqué un poco a las vías y escuché un coche a mis espaldas y el sonido de una sirena, como de cortesía. Me di la vuelta y Deveraux se detuvo a mi lado, limpia y suavemente. Poco después estaba sentado en el asiento del copiloto, y lo único que nos separaba era la escopeta dentro de su funda.

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