El asunto
Treinta y cuatro
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TREINTA Y CUATRO
Lo primero que dije fue: “Una comida larga”. Era un comentario descriptivo, pero ella lo interpretó como algo más. Dijo:
—¿Celoso?
—Depende de lo que hayas comido. Yo comí una hamburguesa con queso.
—Nosotros una carne asada muy jugosa con salsa de rábano picante. Y patatas al horno de acompañamiento. Estaba muy buena. Pero ya debes saberlo. Seguro que comes en el club de oficiales todo el tiempo.
—¿Qué tal la conversación?
—Desafiante.
—¿En qué sentido?
—Primero cuéntame lo que has hecho.
—¿Yo? Estuve tragándome el orgullo. Por lo menos metafóricamente.
—¿Y eso?
—Volví a la zona del accidente. Tenía órdenes de destruir la matrícula. Pero ya no estaba. Habían limpiado el área metódicamente. Esta mañana, en algún momento, una dotación de gran tamaño estuvo trabajando allí. Así que creo que tienes razón. Hay soldados en el terreno fuera de las fronteras de Kelham. Están operando una zona de exclusión. Les enviaron a limpiar porque alguien en el Pentágono no confiaba en mí para hacerlo.
Deveraux no contestó.
—Después caminé un buen rato —continué.
Deveraux preguntó:
—¿Viste el montón de grava?
—Lo vi esta mañana —respondí—. Volví para verlo mejor.
—¿Piensas en Janice May Chapman?
—Obviamente.
—Es una coincidencia —dijo ella—. Los casos de hombres negros que violan a mujeres blancas son increíblemente infrecuentes en Mississippi. A pesar de lo que piense la gente.
—Podría haberla llevado allí un blanco.
—Es poco probable. Habría llamado demasiado la atención. Se habría arriesgado a tener cien testigos.
—El cadáver de Shawna Lindsay también lo encontraron ahí. He hablado con su hermano pequeño.
—¿Dónde lo iban a encontrar si no? Es un terreno desocupado. El típico lugar para deshacerse de un cadáver.
—¿La han matado allí?
—No creo. No había sangre.
—¿En ese sitio o en su cuerpo?
—En ninguno de los dos.
—¿Qué piensas de eso?
—Que fue la misma persona.
—¿Y?
—Adicción al riesgo —dijo—. Junio, noviembre, marzo, lo más bajo de la escala socioeconómica, después el punto medio, después por arriba. Siempre para los estándares del condado de Carter. Empezó con algo seguro y se fue arriesgando cada vez más. A nadie le importan las chicas negras pobres. Chapman fue la primera víctima realmente visible.
—A ti te importan las chicas negras pobres.
—Ya sabes cómo funciona esto. Una investigación no se sostiene sola. Necesita una fuente de energía externa. Necesita indignación.
—¿Y no la hubo?
—Hubo dolor, obviamente. Y tristeza, y sufrimiento. Pero sobre todo resignación. Gente acostumbrada. Lo de siempre. Si todas las mujeres asesinadas de Mississippi se levantaran hoy de la tumba y se pusieran a marchar por el pueblo, te darías cuenta de dos cosas: que sería un desfile muy largo y que la mayoría serían negras. Aquí llevan asesinando a chicas negras pobres toda la vida. No tanto a mujeres blancas con dinero.
—¿Cómo se llamaba la chica McClatchy?
—Rosemary.
—¿Dónde la encontraron?
—En una cuneta cerca del cruce. Al otro lado de las vías.
—¿Había sangre?
—Nada.
—¿La violaron?
—No.
—¿Y a Shawna Lindsay?
—No.
—Por lo que con Janice May Chapman dieron un paso más.
—Eso parece.
—¿Rosemary McClatchy tenía alguna conexión con Kelham?
—Claro que sí. Ya has visto su foto. Los tipos de Kelham hacían cola babeando en la puerta de su casa. Salió con muchos de ellos.
—¿Negros o blancos?
—Las dos cosas.
—¿Oficiales o soldados?
—Las dos cosas.
—¿Algún sospechoso?
—No tenía causa probable ni siquiera para hacer preguntas. No la vieron con nadie de Kelham durante las dos semanas previas a que la asesinaran, por lo menos. Mi jurisdicción termina en la valla. No me habrían dejado cruzar el portón.
—Hoy te han dejado pasar.
—Sí —dijo—. Hoy me han dejado.
—¿Cómo es Munro? —pregunté.
—Desafiante —repitió ella.
Pasamos por encima de las vías y aparcamos justo al otro lado, con la carretera recta hacia el oeste delante de nosotros, la cuneta en la que habían encontrado a Rosemary McClatchy a nuestra derecha y la curva de la calle principal a nuestra izquierda. Un instinto policial básico. En caso de duda, detén el coche y aparca donde puedan verte. Eso da la sensación de que uno está haciendo algo, aunque no esté haciendo nada.
Deveraux dijo:
—Como es obvio, de entrada asumí que Munro mentiría descaradamente. Su principal tarea es cubrirle el culo al ejército. Lo entiendo, y no le culpo. Obedece órdenes, igual que tú.
—¿Y?
—Le pregunté por la zona de exclusión. Él lo negó, por supuesto.
—No podía hacer otra cosa —dije.
Ella asintió:
—Pero después intentó demostrármelo. Me llevó a recorrer todo el predio. Por eso he tardado tanto. Está llevando todo de manera muy estricta. Absolutamente todo el mundo está confinado en los cuarteles. Hay policías militares por todas partes, que se vigilan entre sí y vigilan a los demás. La armería está custodiada. Según el registro, no se han sacado ni devuelto armas en los últimos dos días.
—¿Y?
—Bueno, obviamente asumí que me estaba mintiendo a lo grande. Y, efectivamente, había doscientas camas vacías. Así que asumí que tenían una tropa oculta acampada en algún lugar del bosque. Pero Munro lo negó, dijo que era una compañía desplegada en otro lugar durante un mes. Insistió seriamente en eso. Y yo le creí, porque, como todo el mundo, yo he oído aviones entrando y saliendo y he visto gente yendo y viniendo.
Asentí. Compañía Alfa, pensé. Kosovo.
—Así que al final todo encajaba. Munro me enseñó muchas pruebas y todo parecía consistente. Y nadie puede armar una mentira tan perfecta. Por lo que no hay ninguna zona de exclusión. Estaba equivocada. Y tú debes estar equivocado respecto a lo del área del accidente. Debe haber sido gente de aquí, buscando algo.
—No creo —dije yo—. Parecía una búsqueda muy organizada.
Hizo una pausa:
—Entonces quizás el 75 está mandando gente directamente desde Benning. Cosa perfectamente posible. Quizás están viviendo en el bosque alrededor de la cerca. Lo único que demostró Munro es que nadie está saliendo de Kelham. Puede que sea una de esas personas que dicen una pequeña verdad para esconder una mentira más grande.
—Parece que no te cayó muy bien.
—Me cayó bastante bien. Es inteligente y fiel al ejército. Pero si los dos hubiésemos sido marines de la Policía Militar al mismo tiempo, me habría preocupado. Lo habría considerado un rival serio. Tiene algo. Es la clase de persona que no quieres que trabaje en tu despacho. Demasiado ambicioso. Y demasiado bueno.
—¿Qué dijo de Janice May Chapman?
—Me transmitió lo que parecía ser un resumen muy profesional de lo que parecía ser una investigación muy profesional que parecía demostrar que ninguna persona de Kelham había estado nunca involucrada en nada.
—¿Pero no lo creíste?
—Casi lo hice —dijo.
—¿Pero?
—No pudo ocultar la rivalidad. Lo dejó claro. Es él contra mí. Es el ejército contra el sheriff local. Ese es el reto. Quiere que todo el mundo crea que el malo está a este lado de la cerca. Pero yo no he nacido ayer. ¿Qué otra cosa va a querer?
—¿Y entonces qué vas a hacer?
—Aún no estoy segura.
—¿Qué quieres hacer?
—Tampoco respeta a los marines. Él contra mí significa el Ejército contra el Cuerpo de Marines. Y esa es una mala batalla que dar. Así que, si quiere rivalidad, voy a devolvérsela. Quiero enfrentarme a él. Quiero golpearlo como a una mula alquilada. Quiero encontrar la verdad como sea, y metérsela por el culo.
—¿Crees que puedes hacerlo?
—Puedo si me ayudas —dijo.