El asunto

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Treinta y cinco

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TREINTA Y CINCO

Nos quedamos sentados en el Caprice encendido durante un largo minuto, sin decir nada. Debía tener diez mil horas de servicio encima. De su vida anterior, en Chicago o Nueva Orleans o donde fuera. Cada poro de cada superficie interior estaba impregnado de sudor, olores y cansancio. Había mugre incrustada por todas partes. Las alfombras se reducían a duros mechones de fibra, cada uno como una perla aplastada.

—Quiero pedirte perdón —dijo Deveraux.

—¿Por qué? —pregunté.

—Por pedirte que me ayudes. No es justo. Olvídalo.

—De acuerdo.

—¿Puedo llevarte a algún lado?

—Vayamos a hablar con las vecinas cotillas de Janice May Chapman —dije.

—No —respondió—. No puedo dejar que hagas eso. No puedo dejar que te enfrentes a los tuyos.

—Quizás no me estaría enfrentando a los míos —dije—. Quizás haría exactamente lo que los míos querían que hiciera. Porque quizás ayudaría a Munro y no a ti. Porque él podría tener razón. Todavía no sabemos quién hizo qué aquí.

Sabemos. Nosotros. No me corrigió, sino que dijo:

—¿Pero qué te dice tu intuición?

Pensé en las limusinas que entraban y salían de Fort Kelham a toda velocidad, llevando abogados caros. Pensé en la zona de exclusión y en el pánico en la voz de John James Frazer cuando hablaba desde el Pentágono. Oficina de Intermediación con el Senado. Dije:

—Supongo que fue alguien de Kelham.

—¿Estás seguro de que quieres arriesgarte a saberlo con certeza?

—Hablar con alguien que está armado es un riesgo. Hacer preguntas no.

Entonces, en 1997, eso era lo que yo creía.

 

La casa de Janice May Chapman estaba a cien metros de las vías del tren, era una de las últimas tres viviendas de un callejón sin salida que estaba un kilómetro y medio al sureste de Main Street. Era un sitio pequeño, al fondo de un jardín en forma de cuña que había detrás de un montículo circular para que dieran la vuelta al final de la calle. Miraba hacia otras dos casas, como si ella fuera las nueve en un reloj y las otras fueran las dos y las cuatro. La habrían construido hace unos cincuenta años, pero la habían renovado con paneles de madera en los laterales, con un tejado nuevo y con una cuidada jardinería. Las casas vecinas estaban en un estado similar, como todas las que habíamos pasado en la misma calle. Claramente ese era el enclave de la clase media de Carter Crossing. El césped estaba verde en todas partes y no tenía nada de maleza. Las entradas para coches estaban lisas y pavimentadas. Los buzones, perfectamente verticales. El único inconveniente inmobiliario era el tren, pero solo pasaba una vez al día. Un minuto entre mil cuatrocientos cuarenta. No estaba mal.

La casa de Chapman tenía un porche que ocupaba todo su ancho, con un tejado que le daba sombra, rodeado con una elegante barandilla de madera y equipado con un juego de dos mecedoras blancas y una alfombra de trapo de varios colores apagados. Las casas vecinas tenían exactamente lo mismo, con la única diferencia de que ambos porches estaban ocupados por sendas señoras de pelo blanco, con vestidos de andar por casa floreados, sentadas bien erguidas en sus mecedoras y mirándonos fijamente.

Nos quedamos un minuto en el coche y luego Deveraux avanzó y aparcó en el medio de la rotonda. Salimos y nos quedamos un segundo de pie bajo la luz del atardecer.

—¿A cuál primero? —pregunté.

—Da lo mismo —respondió Deveraux—. Elijamos la que elijamos, la otra se acercará en menos de treinta segundos.

Eso es exactamente lo que sucedió. Elegimos la casa que estaba a la derecha, la de las cuatro en punto en el reloj, y antes de que hubiéramos contado tres pasos en el porche la vecina de la casa de las dos ya estaba detrás de nosotros. Deveraux nos presentó. Les dijo a las señoras cómo me llamaba y les explicó que era un investigador del ejército. De cerca eran ligeramente distintas. Una era mayor, la otra más delgada. Pero a grandes rasgos se parecían. Cuellos finos, labios fruncidos, halos de pelo blanco. Me dieron respetuosamente la bienvenida. Pertenecían a una generación a la que le gustaba el ejército y que sabía algo al respecto. Seguramente sus maridos, hermanos o hijos habían llevado uniforme: Segunda Guerra Mundial, Corea, Vietnam.

Me di la vuelta y comprobé las vistas desde el porche. La casa de Chapman quedaba perfectamente triangulada con las de sus vecinas. Como un punto de fuga. Como un blanco. Los porches vecinos estaban exactamente en el lugar en el que la infantería ubicaría nidos de ametralladora para lograr un efectivo fuego enfilado.

Me di la vuelta de nuevo y Deveraux repasó todo lo que ya habían hablado. Pidió que le confirmaran cada uno de los puntos y ellas lo hicieron. Todas sus respuestas eran negativas. No, ninguna de las dos señoras había visto a Chapman salir de su casa el día que murió. Ni a la mañana, ni a la tarde, ni a la noche. Ni a pie, ni en su coche, ni en el coche de otra persona. No, ninguna de ellas había recordado nada nuevo. No tenían nada que añadir.

La siguiente pregunta era tácticamente difícil, así que Deveraux me la dejó a mí. Pregunté: “¿Hubo intervalos en los que podría haber sucedido algo que ustedes no vieran?”. En otras palabras: ¿Cómo de cotillas sois exactamente?

Las dos mujeres entendieron la insinuación, por supuesto, y cacarearon, gesticularon y se indignaron durante un minuto, pero como la gravedad del asunto pesaba más que sus sentimientos heridos, dejaron todo eso a un lado y admitieron que no, que tenían la situación bastante controlada durante todo el día. A las dos les gustaba sentarse en el porche cuando no estaban haciendo otras cosas, y tendían a estar haciendo otras cosas en horarios distintos. Las dos tenían habitaciones que daban a la parte delantera de la casa, ninguna se iba a dormir antes del tren de medianoche y, de todas formas, las dos eran de sueño ligero, por lo que tampoco se les escapaba nada durante la noche.

—¿Solía haber mucho movimiento por aquí? —pregunté.

Las señoras se pusieron a hablar e iniciaron una larga y complicada narración que amenazaba con retroceder hasta la Revolución Americana. Empecé a bajarle el volumen a la conversación hasta que me di cuenta de que estaban describiendo un calendario social bastante activo que, desde hacía aproximadamente un año y medio, se había establecido en una frecuencia de un mes sí, un mes no, primero frenesí social y luego una inactividad completa. Todo o nada. Chapman no salía nunca o salía siempre, cuatro o cinco semanas en una condición, cuatro o cinco semanas en la otra.

Compañía Bravo, en Kosovo.

Compañía Bravo, en la base.

No era una buena señal.

—¿Tenía novio? —pregunté.

Tenía varios, dijeron afectadamente. A veces todos al mismo tiempo. Era prácticamente un desfile. Enumeraron secuencialmente los avistamientos, todos hombres jóvenes, educados, con el pelo corto, todos con lo que llamaban pantalones de trabajo, todos con lo que llamaban camisetas interiores, algunos con lo que llamaban cazadoras de motociclista.

Vaqueros, camisetas, cazadora de cuero.

Obviamente, militares de permiso.

No era una buena señal.

—¿Alguno en particular llamó su atención? —pregunté—. ¿Alguno especial?

Hablaron entre ellas de nuevo y convinieron que hacía tres o cuatro meses había comenzado un período de relativa estabilidad. El desfile de pretendientes se había reducido primero a una pequeña cantidad de hombres y después había cesado por completo y había sido reemplazado por las atenciones de uno solo, otra vez descrito como educado, joven, con el pelo corto, pero vestido de manera inapropiada en las muchas ocasiones en las que lo habían visto. Vaqueros, camiseta, cazadora de cuero. En su época, un caballero recogía a su dama de traje y corbata.

—¿Qué hacían cuando estaban juntos? —pregunté.

Salían, respondieron ellas. A veces por la tarde, pero casi siempre por la noche. Probablemente iban a bares. No había mucha alternativa en esta esquina del estado. El cine más cercano estaba en un pueblo llamado Corinth. Hubo un pequeño teatro en Tupelo durante un tiempo, pero llevaba cerrado muchos años. La pareja solía regresar tarde, incluso pasada la medianoche, después del tren. A veces el pretendiente se quedaba una o dos horas, pero hasta donde ellas sabían nunca había pasado la noche allí.

—¿Cuándo fue la última vez que la vieron? —pregunté.

El día antes de su muerte, respondieron. Había salido de su casa a las siete de la tarde. El mismo pretendiente la había ido a buscar, a las siete en punto, muy formalmente.

—¿Qué llevaba Janice esa noche? —pregunté.

Un vestido amarillo, respondieron, por la rodilla, pero escotado.

—¿Su amigo la recogió en su propio coche? —pregunté.

Sí, dijeron, así fue.

—¿Qué coche era?

Era un coche azul, dijeron.

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