El asunto

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Treinta y seis

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TREINTA Y SEIS

Dejamos a las dos señoras en el porche y cruzamos la calle para ver la casa de Chapman de cerca. Se parecía mucho a cualquiera de las casas vecinas. Eran las clásicas viviendas en bloque, construidas rápido en conjuntos uniformes para los militares que regresaban y que se instalaban allí con sus familias surgidas del baby boom justo después de la Segunda Guerra Mundial. Con el paso del tiempo cada unidad se había diferenciado ligeramente del resto, como unos trillizos, idénticos al nacer, evolucionan de manera distinta con la edad. La de Chapman terminó siendo modesta y discreta, pero agradable. Alguien le había puesto adornos de estilo victoriano todo alrededor, y habían cambiado la puerta principal.

Subimos al porche, miré por una ventana y vi una pequeña sala de estar, llena de muebles que parecían bastante nuevos. Había un sofá de dos plazas, un sillón y una televisión pequeña sobre una cajonera baja. Al lado había un reproductor de vídeo y algunas cintas. La puerta de la sala estaba abierta, y vi que más allá había un pasillo estrecho. Cambié de posición y estiré el cuello para ver mejor.

—Entra si quieres —dijo Deveraux detrás de mí.

—¿De verdad?

—La puerta no está cerrada. Estaba abierta cuando llegamos.

—¿Eso es normal?

—No es anormal. Nunca encontramos la llave.

—¿No estaba en su bolso?

—No tenía bolso. Parece que lo había dejado en la cocina.

—¿Eso es normal?

—No fumaba —dijo Deveraux—. Y sin duda no pagaba lo que consumía en el bar. ¿Para qué iba necesitar un bolso?

—¿Para el maquillaje? —aventuré.

—Una chica de veintisiete años ya no se retoca la nariz en la mitad de la noche. No como antes. Ya no.

Abrí la puerta principal y entré en la casa. Estaba ordenada y limpia, pero el aire estaba denso y estancado. El suelo, las alfombras, la pintura y los muebles parecían bastante recientes, pero no nuevos. Había una cocina con comedor al otro lado del pasillo, con dos dormitorios detrás, y probablemente un baño.

—Bonita casa —dije—. Podrías comprártela. Sería mejor que estar en el hotel Toussaint’s.

—¿Con esas dos viejas al otro lado de la calle espiándome todo el tiempo? —dijo Deveraux—. Me volvería loca en menos de una semana.

Sonreí. Tenía razón.

—No la compraría ni siquiera sin las viejas —dijo—. No me gustaría vivir así. No es a lo que estoy acostumbrada.

Asentí. No dije nada.

—De hecho, tampoco podría comprarla si quisiera —continuó—. No sabemos quién es el familiar más cercano. No sabría con quién hablar.

—¿Y el testamento?

—Tenía veintisiete años.

—¿No había ningún tipo de documentación?

—Hasta ahora no encontramos nada.

—¿No tenía una hipoteca?

—No hay ningún registro en el condado.

—¿Familiares?

—Nadie recuerda que ella mencionara alguno.

—¿Y qué vais a hacer?

—No lo sé.

Avancé por el pasillo.

—Mira todo lo que quieras —dijo Deveraux en voz alta mientras yo me alejaba—. Siéntete libre. Como en tu casa. Pero dime si encuentras algo que debería haber visto.

Fui de habitación en habitación, con la misma sensación de estar invadiendo la propiedad privada que tengo cada vez que recorro la casa de una persona muerta. Algunas zonas estaban un poco desordenadas, el tipo de cosas que habrían limpiado y acomodado antes de que llegara un invitado. Humanizaban un poco el lugar, pero en conjunto era una casa fría e impersonal. Era todo demasiado uniforme. Todos los muebles combinaban. Parecía que formaban parte de la misma colección del mismo fabricante, y que habían sido elegidos al mismo tiempo. Todas las alfombras hacían juego. Toda la pintura era del mismo color. No había cuadros en las paredes, no había fotos en las estanterías. No había libros. No había suvenires, no había objetos personales.

El baño estaba limpio. La bañera y las toallas estaban secas. Sobre el lavabo, el botiquín tenía una puerta de espejo, dentro había analgésicos de venta sin receta, pasta de dientes, tampones, hilo dental y jabón y champú de repuesto. En el dormitorio principal no había nada de interés salvo la cama, que estaba hecha, pero no muy bien. En el segundo dormitorio había una cama más estrecha que parecía no haber sido usada nunca por nadie.

En la cocina había bastantes cosas útiles, pero me hizo dudar de que Chapman fuera una gran cocinera. Su bolso estaba cuidadosamente colocado sobre la encimera, apoyado contra la nevera. Era un pequeño sobre de cuero, con una solapa diseñada para cerrar de manera magnética. Era azul marino, lo que quizás podría haber sido el motivo de que no lo llevara consigo. No estaba seguro del protocolo relativo a combinar un bolso azul con un vestido amarillo. Quizás no estaba permitido. Aunque muchas medallas tenían azul y amarillo en las cintas, y las mujeres militares que yo conocía habrían matado, literalmente, por conseguir una.

Abrí la solapa y miré dentro. Había una cartera de cuero fina, de color rojo oscuro, un paquete de Kleenex sin abrir, un bolígrafo, algunas monedas, algunas migas y la llave de un coche. La llave tenía una parte larga y dentada, un agarre de plástico negro moldeado para adaptarse bien a los pulgares y una H en relieve.

—Honda —dijo Deveraux, de pie a mi lado—. Un Honda Civic. Comprado de primera mano hace tres años en un concesionario de Tupelo. Al día en cuanto al mantenimiento.

—¿Dónde está? —pregunté.

Deveraux señaló una puerta:

—En el garaje.

Saqué la cartera del bolso. Dentro no había nada más que dinero en efectivo y un carné de conducir de Mississippi, expedido hacía tres años. La foto reducía el atractivo de Chapman a la mitad, pero aun así merecía la pena mirarla. El dinero sumaba menos de treinta dólares.

Volví a guardar la cartera y dejé el bolso en su sitio, al lado de la nevera. Abrí la puerta que había señalado Deveraux y al otro lado encontré un distribuidor minúsculo con otras dos puertas: una a la izquierda, que llevaba al jardín trasero, y justo enfrente la que llevaba al garaje. Más allá del coche, el garaje estaba totalmente vacío. Un Honda. Un vehículo pequeño e importado, de color plata, limpio y sin marcas, aparcado allí frío, paciente y con un ligero olor a aceite e hidrocarburos sin consumir. Lo único que se veía alrededor era el suelo de cemento barrido. Ni cajas de mudanza sin abrir, ni sillas con el relleno salido, ni proyectos a medias, ni basura: ningún desorden.

Nada de nada.

No era normal.

Abrí la puerta que daba al jardín trasero y salí. Deveraux salió conmigo y preguntó:

—¿Entonces?, ¿debería haber visto algo?

—Sí —respondí—. Hay cosas que cualquiera debería haber visto.

—¿Qué fue lo que pasé por alto?

—Nada —dije—. Esas cosas no estaban, por lo que no había manera de verlas. Ese es el punto. Deberíamos haber visto ciertas cosas, pero no las vimos. Porque algunas cosas no estaban.

—¿Qué cosas? —preguntó ella.

—Más tarde —dije, porque en ese momento había visto algo más.

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