El asunto
Treinta y siete
Página 41 de 94
TREINTA Y SIETE
El jardín trasero de Janice May Chapman no estaba tan cuidado como el de delante. De hecho, apenas lo estaba. Estaba prácticamente abandonado. Era casi todo césped, y parecía triste y hundido. Estaba segado, pero sólo habían segado la maleza, no el césped. Al fondo había una valla baja, de paneles de madera, que necesitaba pintura o mantenimiento, y que tenía el panel central caído hacia un lado.
Lo que había visto desde la puerta era un caminito tenue y estrecho que atravesaba la hierba segada. Era casi imperceptible. Casi no se veía. Solo el sol del final de la tarde lo hacía visible. La luz llegaba desde abajo desde un lado y dejaba ver una senda espectral con la hierba poco marcada, aplastada y dañada. Un poco más oscura que el resto del césped. El camino trazaba una trayectoria curva y llevaba directamente al agujero de la valla. Era el rastro de unas huellas, yendo y viniendo.
Avancé dos pasos por esa senda y me detuve otra vez. El suelo crujía bajo mis pies. Miré hacia abajo. Deveraux chocó conmigo por detrás.
Era la segunda vez que nos tocábamos.
—¿Qué? —dijo.
Alcé la vista.
—Una cosa cada vez —respondí, y me puse a caminar de nuevo.
El camino cruzaba el césped, atravesaba el hueco de la valla y llevaba a un campo seco y abandonado de unos cien metros de ancho. En el extremo más lejano estaban las vías del tren. A mitad de camino, en el borde derecho, había dos postes de entrada derruidos y, después, un camino de tierra que iba hacia el este y hacia el oeste. Supuse que hacia el oeste llevaría a más entradas de campos viejos y conectaría con la continuación serpenteante de Main Street, y que hacia el este llevaría a las vías del tren, donde el camino terminaba.
Unas huellas de neumáticos cruzaban el campo de un lado al otro. Venían de los postes y hacían un gran giro en ángulo recto hacia el hueco en la valla de Chapman. Terminaban no muy lejos de donde estaba yo de pie, en un amplio triángulo en bucle en el que los coches daban marcha atrás para dar la vuelta, listos para irse.
—Se cansó de las viejas —dije—. Jugaba con ellas. A veces salía por la parte de delante y a veces salía por la parte de atrás. Y estoy seguro de que a veces los novios se despedían, daban la vuelta a la manzana con el coche y volvían a por más.
—Mierda —dijo Deveraux.
—No se le puede echar la culpa a ella. Ni a los novios. Y en realidad tampoco a las viejas. La gente hace lo que hace.
—Pero entonces sus declaraciones no tienen ningún valor.
—Eso es lo que ella quería. No sabía que en algún momento podrían resultar importantes.
—Entonces no sabemos cuándo llegó y cuándo se fue el último día.
Me quedé de pie en medio del silencio y miré a mi alrededor. No había nada. Ni otras casas, ni otras personas. Un paisaje vacío. Privacidad total.
Después me di la vuelta y miré el terreno lleno de hierbas que hacía las veces de jardín.
—¿Qué? —dijo de nuevo Deveraux.
—Ella había comprado esta casa hace tres años, ¿verdad?
—Sí.
—Cuando tenía veinticuatro.
—Sí.
—¿Eso es normal? ¿Que alguien de veinticuatro años tenga una propiedad?
—Quizás no tan normal.
—¿Sin hipoteca?
—Definitivamente no es normal en absoluto. ¿Pero qué tiene que ver eso con su jardín?
—No era muy buena jardinera.
—Eso no es un delito.
—El propietario anterior tampoco lo era. ¿Lo conocías? ¿O la conocías?
—Hace tres años yo todavía estaba en el Cuerpo de Marines.
—¿No podría ser alguien que viviese aquí desde hace mucho tiempo, alguien que puedas recordar de cuando eras pequeña? ¿Quizás otra vieja, una tercera para completar el juego?
—¿Por qué?
—Por nada. No es importante. Pero fuera quien fuera, no le gustaba cortar el césped. Así que lo quitó y lo reemplazó con otra cosa.
—¿Con qué?
—Ve a mirar.
Desanduvo lo andado por el hueco de la valla, y cuando había recorrido la mitad del camino se agachó. Separó un poco los tallos de la maleza y enterró los dedos en la superficie que había debajo. Los movió un poco a un lado y al otro y después alzó la vista, me miró y dijo:
—Grava.
El propietario anterior se había cansado de cuidar el césped y había optado por grava para rastrillar. Como un jardín japonés, quizás, o como los patios con bajo consumo de agua que los californianos más comprometidos estaban comenzando a incorporar. Quizás había habido recipientes de cerámica llenos de flores vistosas. O quizás no. Era imposible de saber. Pero estaba claro que la grava no había funcionado. No había sido la solución definitiva para no tener que trabajar más. Habían puesto poca. El subsuelo estaba lleno de raíces de maleza. Tendrían que haber echado herbicida de manera regular.
Janice May Chapman no había echado herbicida. Eso estaba claro. En el garaje no había manguera. Ni regadera. Estábamos en la parte rural de Mississippi. Tierra de plantaciones. Sol y lluvia. La maleza había brotado como loca. Algún novio había llevado un cortacésped y la había arrancado. Un buen hombre, lleno de energía. La clase de tío al que no le gusta la suciedad ni el desorden. Un militar, seguramente. La clase de tío que hace cosas por los demás, que arregla las cosas y las mantiene arregladas.
—¿Qué insinúas? —preguntó Deveraux—. ¿Que la violaron aquí?
—Quizás no la violaron.
Deveraux no dijo nada.
—Es posible que no la hayan violado —continué—. Piénsalo. Una tarde soleada, privacidad total. Están fuera, en la parte de atrás, porque no quieren sentarse en el porche frente a esas viejas que observan cada cosa que hacen. Están ahí en los escalones, se sienten cómodos, empiezan a hacerlo.
—¿En el césped?
—¿Tú no lo harías?
Me miró a los ojos y dijo:
—Como tú le dijiste al médico, depende de con quién.
Nos pasamos los minutos siguientes hablando de lesiones. Yo hice lo del antebrazo otra vez. Lo apreté y lo froté contra el suelo. Simulé el ímpetu de la pasión. Se me quedó lleno de manchitas de clorofila verdes y con un manchurrón de barro seco y arenoso. Cuando me limpié el brazo los dos vimos las marcas pequeñas que habíamos visto en el cadáver de Janice May Chapman. Eran superficiales y no había cortes en la piel, pero los dos estuvimos de acuerdo en que Chapman podría haber estado así más tiempo y con mayor intensidad, con más peso y con más fuerza.
—Tenemos que volver dentro —dije.
Encontramos la cesta de la ropa sucia de Chapman en el baño. Era un objeto de mimbre rectangular, con tapa. Pintado de blanco. En el montón de dentro, arriba de todo, había un vestido corto de verano. Tenía mangas japonesas y rayas rojas y blancas. Estaba arrugado en la cintura. Tenía manchas de césped en la parte superior de la espalda. El siguiente artículo del montón era una toalla de mano. Después una blusa blanca.
—No hay ropa interior —dijo Deveraux.
—Evidentemente —dije.
—El violador se la llevó de recuerdo.
—No llevaba ropa interior. Iba a ver a su novio.
—Estamos en marzo.
—¿Qué tiempo hacía ese día?
—Hacía calor —dijo Deveraux—. Y estaba soleado. Era un día agradable.
—A Rosemary McClatchy no la violaron —dije—. Tampoco a Shawna Lindsay. La escalada es una cosa. Un completo cambio del modus operandi es otra.
Deveraux no respondió a eso. Salió del baño hacia el distribuidor. El punto central de la casita. Recorrió todo el espacio con la mirada. Preguntó:
—¿Qué es lo que me he perdido? ¿Qué es lo que debería estar y no está?
—Algo que tenga más de tres años —dije—. Se mudó aquí desde algún otro lugar, y debería haber traído sus cosas. Unas pocas, por lo menos. Libros, quizás. O fotos. Su silla favorita… o algo.
—La gente de veinticuatro años no es tan sentimental.
—Algo guardas.
—¿Qué guardabas tú cuando tenías veinticuatro años?
—Yo soy distinto. Tú eres distinta.
—¿Qué insinúas?
—Insinúo que apareció acá de un día para otro hace tres años y que vino sin nada. Compró una casa, un coche y se sacó el carné de conducir en el pueblo. Compró muebles para equipar la casa entera. Pagó todo con dinero en efectivo. No parece que tuviera un padre rico, porque de ser así tendría una foto suya en un marco plateado al lado de la televisión. Quiero saber quién era ella.