El asunto

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Treinta y ocho

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TREINTA Y OCHO

Seguí a Deveraux de una habitación a otra mientras ella lo comprobaba por sí misma. La pintura en las paredes, todavía impecable. El sofá de dos plazas y el sillón, todavía nuevos. Una televisión bastante reciente. Un reproductor de vídeo caro. Incluso las ollas, las sartenes, los cuchillos y los tenedores de la cocina no tenían marcas del uso.

En el armario no había ropa que tuviera más de un par de temporadas. No había ningún vestido del baile de graduación metido en un plástico. Ningún traje de animadora. Ni fotos familiares. Ni recuerdos. Ni cartas antiguas. Ni trofeos de sóftbol, ni un joyero con su bailarina rota. No había peluches destrozados que hubiera conservado de la infancia.

—¿Importa? —preguntó Deveraux—. Después de todo, fue una víctima aleatoria.

—Es un cabo suelto —dije—. No me gustan los cabos sueltos.

—Ella ya vivía aquí cuando yo volví al pueblo. Nunca pensé en eso. La gente va y viene todo el rato. Estamos en Estados Unidos.

—¿Has escuchado algo acerca de su pasado?

—No.

—¿Nunca te llegó algún rumor o alguna teoría?

—Nada.

—¿Tenía trabajo?

—No.

—¿Acento?

—Del Medio Oeste, quizás. O al sur del Medio Oeste. De la zona central, en cualquier caso. Solo hablé con ella una vez.

—¿Tomasteis las huellas dactilares del cadáver?

—No. ¿Para qué? Ya sabíamos quién era.

—¿Lo sabíais?

—Ya es demasiado tarde.

Asentí. Para entonces la piel de Chapman se estaría desprendiendo de sus dedos como si fuera un guante viejo y blando. Se estaría arrugando y rasgando como una bolsa de papel mojada. Pregunté:

—¿Tienes un equipo para tomar huellas dactilares en el coche?

Negó con la cabeza:

—El que lo hace es Butler. El otro ayudante. Hizo un curso en el Departamento de Policía de Jackson.

—Deberías llamarlo para que venga. Puede tomar huellas de la casa.

—No van a ser todas de ella.

—Pero sí nueve de cada diez. Podría empezar por la caja de tampones.

—No van a estar en ningún registro. ¿Por qué razón lo estaría? Era muy joven. No estuvo en las fuerzas armadas y no era policía.

—El que no arriesga no gana —dije.

 

Deveraux habló por la radio del coche, fuera, en el medio de la rotonda. Tenía que mover algunas piezas. Pellegrino tenía que remplazar a Butler en la entrada de Kelham. Volvió dentro y dijo:

—Veinte minutos. Tengo que volver. Tengo trabajo. Espera aquí. Pero no te preocupes. Butler debería hacer bien las cosas. Es una persona bastante inteligente.

—¿Más inteligente que Pellegrino?

—Cualquiera es más inteligente que Pellegrino. Mi coche es más inteligente que Pellegrino.

—¿Quieres cenar conmigo? —pregunté.

—Tengo que trabajar hasta tarde —respondió ella.

—¿Hasta qué hora?

—Hasta las nueve, quizás.

—A las nueve está bien.

—¿Invitas tú?

—Por supuesto.

Hizo una pausa.

—¿Como en una cita? —preguntó.

—Puede ser —respondí—. Solo hay un restaurante en el pueblo. Íbamos a terminar comiendo juntos de todos modos.

—Vale —dijo—. Cena. A las nueve en punto. Gracias.

Después dijo:

—No te afeites, ¿vale?

—¿Por qué no? —pregunté.

—Te queda bien así —dijo.

Y se fue.

 

Esperé en el porche delantero de Janice May Chapman, en una de sus mecedoras. Las dos señoras me miraban desde el otro lado de la calle. Butler llegó dentro de los veinte minutos que le habían asignado. Venía en un coche como el de Pellegrino. Lo dejó donde Deveraux había dejado el suyo, salió y lo rodeó hasta llegar al maletero. Era un hombre alto y de buen aspecto, debía tener alrededor de treinta y cinco años. Tenía el pelo largo para ser un policía, y su cara era cuadrada y firme. A primera vista, no parecía la persona más fácil de manejar. Pero quizás no era imposible.

Sacó una caja negra de plástico del maletero y avanzó hacia mí por la entrada para coches de la casa de Chapman. Me levanté y le tendí la mano. Siempre es mejor ser amable. Dije:

—Jack Reacher. Encantado de conocerte.

—Geezer Butler —dijo.

—¿En serio?

—Sí, en serio.

—¿Tocas el bajo?

—Como si fuera la primera vez que me lo preguntan.

—¿Tu padre era fan de Black Sabbath?

—Mi madre también.

—¿Y tú?

Asintió:

—Tengo todos sus discos.

Le hice pasar dentro. Se quedó de pie en el vestíbulo, mirando alrededor. Dije:

—El reto aquí es conseguir sus huellas y las de nadie más.

—¿Para evitar confusiones? —preguntó.

No, pensé. Para evitar que un tipo de la compañía Bravo haga saltar las alarmas. Es mejor prevenir que curar.

—Sí, para evitar confusiones —respondí.

—La jefa dijo que debía empezar por el baño.

—Es un buen plan —dije—. Cepillo de dientes, dentífrico, caja de tampones, cosas así. Cosas que en la tienda hayan estado metidas en cajas cerradas o envueltas en celofán. No las debería haber tocado ninguna otra persona.

Me mantuve lejos de él, para no molestarlo, pero lo observé con mucha atención. Era extremadamente competente. Estuvo veinte minutos y consiguió veinte buenas huellas, veinte óvalos pequeños y nítidos, todos de mujer, claramente. Convinimos en que esa era una muestra adecuada, recogió sus cosas y me llevó al pueblo.

 

Me bajé del coche de Butler en la puerta del Departamento del Sheriff y caminé hacia el sur en dirección al hotel. Al llegar me quedé de pie en la acera de enfrente, atravesado por un dilema. Sentía que debía comprarme una camisa nueva, pero no quería que Deveraux pensara que la cena era algo más que una cena. O en realidad quería que pensara que podía llegar a ser algo más, pero no quería que notase que yo deseaba eso. No quería que se sintiera presionada ni quería parecer excesivamente entusiasmado.

Al final decidí que una camisa era solo una camisa, así que fui al otro lado de Main Street para ver las tiendas. La mayoría estaban a punto de cerrar. Eran más de las cinco de la tarde. Encontré un comercio de ropa para hombres tres puertas al sur del sitio en el que había empezado a buscar. Parecía poco prometedor. En el escaparate había una chaqueta de tela vaquera sintética. Relucía y brillaba bajo las luces. Parecía estar hecha con residuos radiactivos. Pero la única alternativa para comprar algo era la farmacia, y no quería ir a cenar con una camiseta de un dólar. Así que entré y miré lo que había.

La tienda estaba llena de prendas fabricadas con telas sospechosas, pero también había cosas más sencillas. Detrás del mostrador había un viejo al que parecía alegrarle que yo estuviera allí mirando. Tenía una cinta métrica colgada del cuello. Como una insignia del oficio. Como un doctor lleva un estetoscopio. No dijo nada, pero pareció entender que yo estaba buscando una camisa, y fruncía el ceño y chasqueaba la lengua o sonreía y asentía mientras yo me movía de un montón a otro, como si estuviese jugando a un juego de buscar algo y él me orientara diciendo “frío” o “caliente” en función de la distancia a la que estuviera mi objetivo.

Al final encontré una buena, de algodón, blanca, con cuello de botones. El cuello era de dieciocho centímetros y las mangas de noventa y cuatro, más o menos mi talla. Llevé la prenda que había elegido al mostrador y pregunté:

—¿Esta camisa está bien para ir a la oficina?

—Sí, señor, está bien —respondió el viejo.

—¿Llamaría la atención en una cena?

—Creo que buscaría algo más fino, señor. Quizás un tejido pinpoint.

—¿Entonces considera que esta camisa no es formal?

—No, señor. Está muy lejos de ser formal.

—Vale, me la llevo.

Me costó menos que la camisa rosa de la tienda militar. El viejo la envolvió en papel kraft e hizo un pequeño paquete. Lo guardé hasta el otro lado de la calle. Planeaba tirarlo en mi habitación. Entré en el vestíbulo del hotel justo para ver al dueño empezando a subir las escaleras a toda velocidad. Se dio la vuelta cuando oyó la puerta, vio que era yo y se detuvo. Estaba muy agitado. Dijo:

—Su tío está otra vez al teléfono.

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