El asunto

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Treinta y nueve

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TREINTA Y NUEVE

Atendí la llamada en la oficina interna, como antes. Garber se mostró vacilante desde el principio, lo que me hizo sentir incómodo. Su primera pregunta fue:

—¿Cómo está?

—Bien —dije—. ¿Y usted?

—¿Cómo van las cosas por allí?

—Mal —respondí.

—¿Con la sheriff?

—No, con ella no hay ningún problema.

—Elizabeth Deveraux, ¿verdad? Estamos investigando sus antecedentes.

—¿Cómo?

—Estamos hablando tranquilamente con el Cuerpo de Marines.

—¿Por qué?

—Quizás podemos conseguirle información que pueda usar en su contra. Puede llegar a necesitar algo con qué presionarla.

—Ahórrese el esfuerzo. Ella no es el problema.

—¿Cuál es el problema, entonces?

—Nosotros —dije—. O ustedes. O quien sea. Me refiero al ejército. Están patrullando por fuera de la cerca de Kelham y están disparando a gente.

—Eso es categóricamente imposible.

—He visto la sangre. Y han limpiado la escena del accidente del coche.

—Eso no puede estar pasando.

—Está pasando. Y tienen que hacer que deje de pasar. Porque ahora tienen un problema grave, pero lo van a transformar en la Tercera Guerra Mundial.

—Tiene que estar equivocado.

—Aquí hay dos hombres que recibieron una paliza y un hombre muerto. No estoy equivocado.

—¿Muerto?

—Sí, muerto, que ha dejado de estar vivo.

—¿Cómo?

—Se desangró por un disparo que recibió en el muslo. Y habían intentado vendarlo con una venda militar. Y encontré un casquillo OTAN en la escena del crimen.

—No somos nosotros. De ser así, lo sabría.

—¿Lo sabría usted? —dije—. ¿O lo sabría yo? Usted está allí haciendo suposiciones y yo estoy aquí, observando.

—No es legal.

—Dígamelo a mí. En el peor de los casos, es una decisión política. En el mejor de los casos, alguien está actuando por su cuenta. Tiene que averiguar cuál de los dos es y detenerlo.

—¿Cómo? —dijo Garber—. ¿Quiere que me dirija a una selección aleatoria de oficiales superiores y que los acuse de violar la ley de manera flagrante? ¿Quizás de la peor manera que jamás se haya visto en la historia militar de los Estados Unidos? Me encarcelarían antes del almuerzo, y a la mañana siguiente estaría ante un consejo de guerra.

Hice una pausa. Tomé aire. Pregunté:

—¿Hay nombres que no debería mencionar en una línea abierta?

—Hay nombres que usted ni siquiera debería saber —dijo Garber.

—Todo esto está fuera de control. Está yendo de mal en peor. He visto tres abogados entrando y saliendo de Kelham. Alguien tiene que tomar una decisión. Al oficial en cuestión hay que sacarlo de ahí y destinarlo a otro lado. Ya mismo.

—Eso no va a suceder. No mientras Kosovo sea importante. Esta persona podría frenar una guerra con una sola mano y sin ayuda de nadie.

—Es uno entre cuatrocientos hombres, por el amor de Dios.

—No según las campañas de anuncios electorales de dentro dos años. Piénselo. Va a ser el Llanero Solitario.

—Va a estar encarcelado en Leavenworth.

—Munro cree que no. Dice que es probable que el oficial en cuestión sea inocente.

—Entonces deberíamos actuar en consecuencia. Deberíamos olvidarnos de tanto abogado y dejar de patrullar por fuera la cerca.

—No estamos patrullando por fuera la cerca.

Me di por vencido:

—¿Algo más?

—Una cosa más —dijo Garber—.Tengo que hacerlo. Espero que me comprenda.

—Dígame.

—Le llegó una postal de parte de su hermano.

—¿A dónde?

—A su despacho.

—¿Y usted la leyó?

—Un oficial del Ejército no debe tener expectativas muy altas en cuanto a su privacidad.

—¿Eso también está en el reglamento? ¿Junto con los cortes de pelo?

—Me tiene que explicar el mensaje.

—¿Por qué? ¿Qué dice?

—La imagen frontal es del centro de la ciudad de Atlanta. La tarjeta la enviaron desde el aeropuerto de Atlanta hace once días. El texto dice: Yendo a un pueblo que se llama Margrave, al sur de aquí, por trabajo, pero escuché que Blind Blake ha muerto ahí, te lo haré saber. Después está firmado con su nombre, Joe.

—Sé el nombre de mi hermano.

—¿Qué significa el mensaje?

—Es una nota personal.

—Le ordeno que me lo explique. Le pido disculpas, pero lo tengo que hacer.

—Usted ha ido al colegio. Sabe leer.

—¿Qué significa?

—No significa nada más que lo que dice. Está yendo al sur de Atlanta a un pueblo que se llama Margrave.

—¿Quién era Blind Blake?

—Un guitarrista, de hace mucho tiempo. Blues. Una de las primeras leyendas de ese estilo de música.

—¿Por qué a Joe le podría parecer importante informarle de eso a usted?

—Es un interés compartido.

—¿A qué se refiere Joe cuando dice que se lo hará saber?

—Se refiere a lo que dice ahí.

—¿Qué es lo que le hará saber?

—Si es cierta la leyenda acerca de Blind Blake, por supuesto. Si murió allí o no.

—¿Por qué es importante dónde murió este hombre?

—No es importante. Es una cosa más. Como coleccionar tarjetas de béisbol.

—¿Entonces esto va de tarjetas de béisbol?

—¿De qué demonios está hablando?

—¿Es un código para decir alguna otra cosa?

—¿Un código? ¿Por qué demonios usaría un código mi hermano?

—Usted le ha llamado a su despacho hoy —dijo Garber.

—¿Está al tanto de eso?

—Hay un mecanismo de informes operativo.

—¿Esa chica? ¿La muchacha de su despacho?

—No tengo la libertad de discutir los detalles. Pero necesito saber por qué lo ha llamado.

—Es mi hermano.

—¿Pero por qué ahora? ¿Le iba a preguntar algo?

—Sí —dije—. Le iba a preguntar cómo está. Algo exclusivamente personal.

—¿Por qué ahora? ¿Hubo algo en Kelham que haya provocado la llamada?

—No es asunto suyo.

—Todo es asunto mío. Écheme una mano, Reacher.

—Dos mujeres negras fueron asesinadas en este pueblo antes que Janice May Chapman —dije—. ¿Sabía eso? Porque es algo que debería tener presente, si está pensando en campañas políticas. A ellas las ignoramos y nos volvimos locos cuando mataron a una mujer blanca.

—¿De qué manera se relaciona eso con Joe?

—He conocido al hermano de la segunda víctima. Me hizo pensar en mi familia. Fue eso, nada más.

—¿Joe le dijo algo que tuviera que ver con dinero proveniente de Kosovo?

—No lo encontré. No estaba en el despacho. Estaba en Georgia.

—¿En Atlanta de nuevo? ¿O en Margrave?

—No tengo idea. Georgia es un estado muy grande.

—De acuerdo —dijo Garber—. Le pido disculpas por la intromisión.

—¿Quién es exactamente el que está preocupado por el dinero proveniente de Kosovo?

—No tengo libertad para hablar del tema —dijo.

 

Colgué con Garber, respiré hondo unas cuantas veces y después llevé mi camisa nueva a mi cuarto y la dejé sobre la cama. Empecé a pensar en la cena con Elizabeth Deveraux. Faltaban todavía tres horas, y solo me quedaba una cosa por hacer.

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