El asunto

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Cuarenta

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CUARENTA

Salí por la puerta principal del hotel, di la vuelta por el callejón en zigzag que estaba entre la farmacia y la ferretería y salí por el otro lado, entre la oficina de préstamo y el Brannan’s. Donde habían encontrado el cadáver de Janice May Chapman. El montón de arena seguía allí, seco, endurecido, polvoriento y redistribuido por la brisa. Lo esquivé y comprobé la actividad que había en la calle de dirección única. No mucha. Algunos bares estaban cerrados, porque la base estaba cerrada. No tenía sentido abrir sin clientes. Un simple cálculo económico.

Pero el Brannan’s estaba abierto. Optimista empedernido, o tal vez fiel a su vieja tradición. Entré y no vi a nadie más que a dos hombres bastante parecidos que colocaban cosas en el almacén de las bebidas. Podrían ser hermanos. Tendrían unos treinta y cinco años, quizás con dos años de diferencia entre uno y otro, como Joe y yo. Parecían saber cómo funcionaban las cosas, lo que me daría ventaja. Su local era exactamente igual que otros mil bares situados en pueblos cercanos a bases militares en los que yo había estado, una compleja máquina diseñada para transformar el aburrimiento en dinero. Tenía un tamaño considerable. Supuse que en el pasado había sido un restaurante pequeño, pero los restaurantes pequeños se transforman en bares grandes. La decoración era tal vez un poco mejor que la media. Había posters de viajes en las paredes, las grandes ciudades del mundo fotografiadas de noche. Ninguna foto local, lo que tenía sentido. Si uno está seis meses atrapado en el medio de la nada, lo último que quiere es que se lo recuerden todo el rato.

—¿Tienen café? —pregunté.

Me dijeron que no, lo que no me sorprendió demasiado.

—Me llamo Jack Reacher, soy un policía militar y he quedado para cenar —dije.

No me entendieron.

—Eso quiere decir que, aunque cualquier otro día podría quedarme aquí toda la noche e ir sacándoles información durante el transcurso normal de una conversación —dije—, en esta ocasión no tengo tiempo para hacerlo, así que vamos a tener que confiar en una sesión directa de preguntas y respuestas, ¿de acuerdo?

Captaron el mensaje. A los dueños de los bares de los pueblos en los que hay bases les preocupan los policías militares. Incluir un determinado establecimiento en una lista de lugares prohibidos es lo más sencillo del mundo. Por una semana, o por un mes. O para siempre. Ellos se presentaron como Jonathan y Hunter Brannan, hermanos, herederos de un negocio que había puesto en marcha su abuela en los tiempos del ferrocarril. Entonces, ella vendía té y tartas exquisitas, y le había ido bien. Su padre había cambiado al alcohol cuando los trenes dejaron de pasar y llegó el ejército. Eran bastante agradables. Y realistas. Tenían el mejor bar del pueblo, por lo que no podían negar que veían a todo el mundo de vez en cuando.

—Janice Chapman venía aquí —dije—. La mujer a la que mataron.

Dijeron que sí, que iba allí. Sin evasivas. Todo el mundo viene a Brannan’s.

—¿Vino con la misma persona las últimas veces? —pregunté.

Dijeron que sí, que ese era el caso.

—¿Quién era? —pregunté.

—Se llamaba Reed —respondió Hunter Brannan—. No sabemos mucho de él más allá de eso. Pero era un jefazo. Uno se da cuenta por cómo reaccionan los demás.

—¿Era un cliente habitual?

—Todos son clientes habituales.

—¿Esa noche estuvo aquí?

—Esa es una pregunta difícil. Por lo general esto está lleno de gente.

—Haz un esfuerzo.

—Diría que sí. Al menos la primera parte de la noche. No recuerdo haberlo visto más tarde.

—¿Qué coche tiene?

—Uno viejo. Azul, creo.

—¿Hace cuánto tiempo que viene por aquí?

—Más o menos un año, supongo. Pero es uno de los que van y vienen.

—¿Eso qué significa?

—Hay un par de escuadrones que cada tanto van a algún sitio y luego vuelven. Están aquí un mes sí, un mes no.

—¿Lo habéis visto con otras novias?

—Un tío así siempre anda con un bombón del brazo —dijo Jonathan Brannan.

—¿Con quién?

—Con la más guapa. La que estuviera dispuesta a entregarse, supongo.

—¿Negras o blancas?

—Las dos cosas. Es de los que manejan una política de igualdad de oportunidades.

—¿Recordáis algún nombre?

—No —respondió Hunter Brannan—. Pero recuerdo haberme puesto bastante celoso un par de veces.

 

Volví al hotel. Faltaban dos horas para la cena. Me pasé la primera durmiendo una siesta, porque estaba cansado y porque me imaginé que tardaría bastante en volver a dormir. O al menos tenía la esperanza de que así fuera. La esperanza es lo último que se pierde. Me desperté a las ocho en punto y abrí el paquete de mi camisa. Me lavé los dientes con agua y masqué chicle. Después me di una ducha larga y caliente, con mucho jabón, con mucho champú.

Me puse la camisa nueva y me la remangué hasta los codos. Me tiraba en los hombros, así que dejé los dos primeros botones sin abrochar. Me la metí por dentro del pantalón, me puse los zapatos y los limpié en las pantorrillas, primero uno y después el otro.

Me miré al espejo.

Tenía exactamente el aspecto de un tipo que quiere irse a la cama con una mujer. Y así era. No había nada que hacer.

Tiré mis camisas viejas a la basura, me fui de la habitación, bajé las escaleras y salí a la oscuridad de la calle. Entre las sombras, una voz dijo a mis espaldas:

—Hola otra vez, soldado.

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