El asunto
Cuarenta y uno
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CUARENTA Y UNO
Frente a mí, al otro lado de la calle, había tres furgonetas aparcadas junto a la acera. Dos que reconocí y una que no. Todas tenían las puertas abiertas. Piernas colgando. Cigarrillos encendidos. Humo en el aire. Me moví hacia la izquierda, di media vuelta y vi al perro alfa. El primo McKinney. Su cara seguía siendo un desastre. Estaba de pie debajo de una de las lámparas rotas del hotel. Sus brazos le caían a ambos lados del cuerpo, con las manos separadas de las caderas y los pulgares separados del resto de los dedos. Estaba enardecido y preparado.
Al otro lado de la calle cinco tíos bajaron de las furgonetas. Empezaron a avanzar hacia mí. Vi al perro beta, al que desayunaba cerveza, al motociclista con problemas de espalda y a dos tipos más que antes no estaban, también parecidos a todos los demás. Misma región, misma familia o ambas cosas.
Me quedé en la acera. Eran seis tipos, y no quería darle la espalda a ninguno. Quería que tras mi espalda hubiera una pared. El perro alfa bajó de la acera a la calle y se acercó a los otros colocándose en el extremo derecho de un nítido arco de seis hombres. Todos se quedaron en la calle, a dos o tres metros de mí. Fuera de mi alcance, aunque me llegaba su olor. Todos habían adoptado la misma actitud simiesca con sus brazos, manos y pulgares. Como pistoleros sin pistolas.
—¿Seis? —dije—. ¿Nada más?
No hubo respuesta.
—Parece que va incrementando, ¿no? —dije—. Me esperaba algo un poco más radical. Como lo que diferencia a una compañía aerotransportada de una división blindada. Supongo que pensamos de forma distinta. Debo decir que me siento bastante decepcionado.
No hubo respuesta.
—De todas formas, chicos, lo siento, pero he quedado para cenar —dije.
Todos dieron un paso hacia delante, acercándose entre sí y también a mí. Seis caras blancas, amarillentas bajo la poca luz que había.
—Llevo una camisa nueva —dije.
No hubo respuesta.
Regla de oro para enfrentarse a seis tipos: hay que ser rápido. Solo el tiempo estrictamente necesario para cada persona, y no más. Lo que significa que tienes que pegarle una sola vez a cada uno. Porque eso es lo mínimo. No puedes pegar a alguien menos de una vez.
Practiqué mentalmente los movimientos. Me imaginé que empezaba por el medio. Uno dos tres, bang bang bang. El tercer golpe iba a ser el más difícil. El tercer tipo se iba a mover. Los dos primeros no. Estarían plantados en su sitio. Conmoción y sorpresa. Caerían fácilmente. Pero, para cuando llegara a él, el tercero ya habría reaccionado. Y de un modo impredecible. Podría tener un plan coherente, pero aún no lo habría puesto en marcha. Aún estaría tratando de adaptarse a la situación, presa de un pánico sin control.
Así que quizás pasaría del tercero para saltar directamente al cuarto. El tercero podía huir. Sin duda al menos uno de ellos iba a hacerlo. Nunca he visto que una manada permaneciera unida después de que las primeras cabezas se estrellaran contra el suelo.
—Chicos, por favor, me acabo de duchar —dije.
No hubo respuesta, tal y como había predicho mentalmente. Avanzaron todos un paso más, tal y como esperaba que hicieran. Así que me encontré con ellos a mitad de camino, lo que me pareció justo. Di dos zancadas, la segunda de ellas impulsándome desde el bordillo de la acera, ciento quince kilos de masa en movimiento, y golpeé al tercero por la izquierda con un gancho de derecha que le habría hecho volar todos los dientes si es que para ese momento le hubiese quedado alguno. El impacto le echó la cabeza hacia atrás y convirtió su columna y sus hombros en gelatina y desapareció, de la pelea y de mi campo de visión, porque para entonces yo ya estaba moviéndome rápidamente hacia la izquierda para clavarle el codo derecho al segundo tipo, horizontal en el puente de la nariz, un golpe colosal con una gran torsión de mi cintura y con mucha fuerza por el simple hecho de que, básicamente, me estaba cayendo encima suyo. Vi sangre por los aires, pisé firme, invertí el impulso y usé el mismo codo para darle un revés al tipo que estaba detrás de mí. Por el impacto me di cuenta de que estaba retrocediendo y de que le había dado en la oreja, así que tomé nota mentalmente de que podría necesitar más atención después y seguí hacia delante a toda velocidad para cambiar el ángulo de ataque dándole una patada en toda la entrepierna al cuarto tipo, con un satisfactorio crack que sonó a carne y hueso que hizo que se doblara en dos y que se levantara del suelo.
Tres segundos, tres fuera de combate, uno contando hasta diez.
Nadie huyó.
Otra nota mental: los hooligans de Mississippi están hechos de una madera más dura que el resto. O si no, sencillamente son más tontos.
El quinto llegó a rozarme el hombro. Una especie de intento de puñetazo, o a lo mejor quería estrangularme. Quizás planeaba inmovilizarme mientras el sexto me daba algunos golpes. No podía saberlo. Fuera como fuera, sus ambiciones se vieron frustradas por completo. Me abalancé sobre él desplazándome explosivamente hacia atrás, con todo el cuerpo en movimiento, el torso girando y el codo azotando hacia atrás, y le di en la mejilla. Luego aproveché el rebote para volver a arrancar hacia delante en busca del único sobreviviente. El sexto tipo. Se enganchó con los talones a la acera y levantó los brazos como un espantapájaros, lo que tomé como una invitación a darle un golpe en el pecho, justo en el plexo solar, que fue como si lo conectara a un enchufe. Saltó, bailó y se desplomó.
El tipo al que le había pegado en la oreja se la agarraba con las manos como si se le fuera a caer. Tenía los ojos cerrados, lo que hizo que no fuera una pelea del todo limpia, pero esas son mis preferidas. Me coloqué y le di un gancho de izquierda en la barbilla.
Cayó como una marioneta.
Exhalé.
Seis de seis.
Fin de la historia.
Tosí dos veces y escupí en el suelo. Después apuré el paso hacia el norte. Tenía que caminar una manzana y mi reloj mental ya marcaba las nueve y un minuto.