El asunto
Cuarenta y dos
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CUARENTA Y DOS
Empujé la puerta de la cafetería y me encontré con que no había nadie más allá de la camarera y el señor y la señora del Toussaint’s. Parecían ir por la mitad de su maratón de cada noche. La mujer tenía un libro, el hombre un periódico. Deveraux todavía no había llegado.
Le dije a la camarera que esperaba compañía. Le pedí una mesa para cuatro. Me imaginé que las mesas para dos serían ajustadas para un encuentro prolongado. Me puso en un sitio cerca de la puerta y fui al baño.
Me froté la cara, me lavé las manos, los antebrazos y los codos con agua caliente y jabón. Me pasé los dedos mojados por el pelo. Cogí aire y lo solté. La adrenalina es muy perra. No sabe cuándo parar. Me sacudí las manos y moví los hombros. Me miré al espejo. Mi pelo estaba bien. Mi cara estaba limpia.
Tenía sangre en la camisa.
En el bolsillo. Y por encima. Y por abajo. No mucha, pero un poco. Un rizo claro de gotitas con forma de coma. Como si me hubieran salpicado. O como si me hubiese metido en un vapor de sangre. Cosa que había pasado. El segundo tipo. Le había pegado en el tabique. La nariz le había sangrado como una cisterna cuando se aprieta el botón.
—Mierda —me dije, en voz baja.
Mis camisas viejas estaban en la basura de mi habitación.
Las tiendas estaban cerradas.
Me acerqué un poco más al lavabo y me miré otra vez al espejo. Las gotas se estaban secando. Volviéndose marrones. Quizás terminarían pareciendo deliberadas. Como un logo. O un diseño. Como parte de una tela con estampado arremolinado. Había visto cosas parecidas. No estaba seguro de cómo se llamaban. ¿Cachemir?
Cogí aire, lo solté.
No podía hacer nada.
Regresé a mi sitio justo cuando Deveraux entraba por la puerta.
No iba de uniforme. Se había cambiado de ropa. Llevaba una camisa de seda plateada y una falda negra larga hasta las rodillas. Zapatos de tacón. Un collar plateado. La camisa era delicada, ajustada y minúscula. Abierta por arriba. La falda se le ajustaba en la cintura. Podría abarcar su cintura con mis manos. No llevaba medias. Sus piernas eran esbeltas. Y largas. Tenía el pelo mojado de la ducha. Lo llevaba suelto y le caía por la espalda. Sin coleta. Sin nada para sujetarlo. Sonreía, y la sonrisa le llegaba hasta los ojos, que eran increíbles.
La llevé hasta nuestra mesa y nos sentamos frente a frente. Parecía pequeña y pulcra, centrada en su taburete. Se había echado perfume. Algo suave y sutil. Me gustó.
—Siento llegar tarde —dijo.
—No hay problema —dije.
—Tienes sangre en la camisa —dijo.
—¿Es sangre? —dije.
—¿De dónde ha salido?
—De enfrente del hotel. Hay una tienda ahí.
—No la camisa —dijo—. La sangre. No te has cortado al afeitarte.
—Me pediste que no me afeitara.
—Lo sé —dijo—. Me gustas así.
—Tú también estás muy guapa.
—Gracias. Decidí terminar antes. Fui a casa a cambiarme.
—Ya veo.
—Vivo en el hotel.
—Lo sé.
—Habitación diecisiete.
—Lo sé.
—Con balcón a la calle.
—¿Has visto algo?
—Todo —dijo ella.
—Entonces me sorprende que no hayas cancelado la cita.
—¿Es una cita?
—Es una cita para cenar juntos.
—No dejaste que te pegaran primero —dijo ella.
—Si lo hubiera hecho no estaría aquí.
—Es cierto —dijo, y sonrió—. Estuviste muy bien.
—Gracias —respondí.
—Pero me estás arruinando el presupuesto. Pellegrino y Butler están trabajando horas extra para sacarlos de allí. No quería que estuvieran cuando los dueños del hotel terminaran de cenar. A los votantes no les gusta el caos en la calle.
La camarera se acercó. No trajo menús. Deveraux había comido allí tres veces al día durante dos años. Conocía el menú. Pidió la hamburguesa con queso. Yo también, y café para beber. La camarera tomó nota y se fue.
—Comiste hamburguesa ayer —dije.
—Como hamburguesa todos los días —respondió Deveraux.
—¿En serio?
Asintió:
—Todos los días hago lo mismo y como lo mismo.
—¿Cómo te mantienes delgada?
—Energía mental —dijo—. Me preocupo mucho.
—¿De qué?
—Ahora mismo de un tipo de Oxford, Mississippi. Al que dispararon en el muslo. El médico llevó sus pertenencias a mi despacho. Había una cartera y una libreta. Era periodista.
—¿De un periódico importante?
—No, era freelance. Probablemente tenía una situación laboral complicada. Su último pase de prensa es de hace dos años. Pero Oxford tiene algunos periódicos alternativos. Probablemente tratando de venderles algo.
—Hay una universidad en Oxford, ¿no?
Deveraux asintió de nuevo.
—Ole Miss —dijo—. Lo más radical que hay en el estado.
—¿Qué le trajo aquí al periodista?
—Me hubiese encantado poder preguntárselo. Podría haberme dado información útil.
La camarera volvió con mi café y con un vaso de agua para Deveraux. A mis espaldas escuché al señor del hotel gruñir y pasar la página de su periódico.
—Mi superior sigue negando que haya soldados más allá de la cerca —dije.
—¿Cómo te hace sentir eso? —preguntó Deveraux.
—No lo sé. Si me está mintiendo, sería la primera vez en su vida.
—Quizás alguien le está mintiendo a él.
—Demasiado cinismo para alguien tan joven.
—¿Pero no te parece que puede ser así?
—Es más que probable.
—¿Entonces, cómo te hace sentir eso?
—¿Ahora eres psicóloga?
Ella sonrió:
—Solo soy una persona a la que le interesa. Porque he estado en tu lugar. ¿Te enfada?
—Nunca me enfado. Soy un hombre apacible.
—Hace veinte minutos parecías enfadado. Con la familia McKinney.
—Era un simple problema técnico. Espacio y tiempo. No quería llegar tarde a la cena. Realmente no estaba enfadado. Bueno, no al principio. Después me sentí un poco frustrado. Mentalmente. O sea, cuando eran cuatro, les di la posibilidad de volver con refuerzos. ¿Y qué hicieron? Sumaron a dos tipos. Nada más. Aparecieron seis. ¿Qué es eso? Una falta de respeto deliberada.
—Me parece que la mayoría de las personas considerarían que seis contra uno es un trato bastante respetuoso —dijo Deveraux.
—Pero yo les avisé. Les dije que iban a necesitar más gente. Estaba tratando de ser justo. Pero no me escucharon. Fue como hablar con el Pentágono.
—Por cierto, ¿cómo van las cosas allí?
—Mal. Son tan malos como la familia McKinney.
—¿Estás preocupado?
—Hay algunas personas preocupadas.
—Y deberían estarlo. El ejército va a cambiar.
—Entonces el Cuerpo de Marines también.
Ella sonrió:
—Un poco, quizás. Pero no mucho. El gran objetivo es el ejército. Además de que es el objetivo más fácil. Porque el ejército es aburrido. Los marines no.
—¿Tú crees?
—Vamos —dijo—. Nosotros somos glamurosos. Tenemos un uniforme de gala increíble. Hacemos increíbles formaciones de orden cerrado. Hacemos funerales increíbles. ¿Sabes por qué hacemos todo eso? Porque los marines son muy buenos con las relaciones públicas. Y recibimos buen asesoramiento. Nuestros asesores son mejores que los vuestros, básicamente. Eso es lo que quiero decir. Todo se reduce a eso. Por lo que vosotros perderéis mucho y nosotros perderemos solo un poco.
—¿Tenéis asesores? —dije.
—Y lobistas —dijo ella—. ¿Vosotros no?
—Creo que no —dije.
Pensé en mi viejo colega Stan Lowrey y en sus ofertas de empleo. La camarera nos trajo la comida. Igual que la de la noche anterior. Dos hamburguesas con queso grandes, dos marañas de patatas fritas grandes. Yo había comido lo mismo. Se me había olvidado. Pero tenía hambre. Así que me lo comí. Y observé cómo comía Deveraux. Eso era una especie de umbral para mí. Que uno tolere ver a otra persona comiendo tiene que significar algo.
Masticó, tragó y dijo:
—¿Y qué más te dijo tu superior?
—Que ha hecho que revisen tus antecedentes.
Dejó de comer:
—¿Por qué?
—Para darme algo que pueda usar en tu contra.
Ella sonrió:
—Me temo que no va a encontrar demasiado. Fui una buena infante de marina. ¿Pero te das cuenta? Me están dando la razón. Cuanto más se desesperan, más me convenzo de que la cabeza de alguien de Kelham está en juego.
Siguió comiendo.
—Mi superior también me estuvo preguntando por mi correspondencia —dije.
—¿Están leyendo tus cartas?
—Una postal que me mandó mi hermano.
—¿Por qué?
—Deben pensar que podría ayudar.
—¿Y fue así?
—Ni lo más mínimo. No era nada.
—Están desesperados, ¿verdad?
—Mi superior no deja de disculparse al respecto.
—Y así debe ser.
—Me preguntó si utilizábamos alguna clase de lenguaje en clave en la postal. Pero lo que yo creo es que en realidad es él el que habla en clave. Creo que es lo que ha hecho todo este tiempo. En la primera reunión desperdició diez minutos criticando mi corte de pelo. Él no es así, y creo que ese era el punto. Me dice no tiene nada que ver con él. Que no sabe nada, que sigue órdenes, que está haciendo algo que no quiere hacer.
—Muy amable por su parte lo de ponerte sus problemas encima. Podría haber mandado a otra persona.
—¿Podría haber hecho eso? Quizás todo estaba planeado, de principio a fin, desde arriba. Como cuando el dueño del balón elige el equipo. Munro y yo. Quizás están preparándose para la reducción de personal, y nos están sometiendo a una prueba de lealtad.
—Munro me dijo que solo te conoce por tu reputación.
Asentí:
—Nunca nos hemos visto.
—Es peligroso tener una reputación en los tiempos que corren.
No dije nada.
Ella dijo:
—Si les pidiera a mis excompañeros que investigaran tus antecedentes, ¿qué encontrarían?
—Algunas partes no son muy bonitas —respondí.
—Así que esto es una venganza —dijo ella—. Hay alguien que no tiene forma de perder en esta situación. O te quiebran o te quitan de en medio. Tienes un enemigo en algún lado. ¿Alguna idea de quién puede ser?
—No —dije.
Comimos en silencio hasta que terminamos. Platos limpios. Carne, pan, queso, patatas, no quedaba nada. Me sentía lleno. Deveraux tenía la mitad de mi tamaño. O menos. No sabía cómo lo hacía. Dijo:
—Háblame de tu hermano.
—Preferiría hablar de ti.
—¿De mí? No hay nada que contar. Carter Crossing, el Cuerpo de Marines, Carter Crossing otra vez. Esa es la historia de mi vida. No tengo hermanas, no tengo hermanos. ¿Tú cuántos tienes?
—Solo ese.
—¿Más mayor o más pequeño?
—Dos años mayor. Nació muy lejos de aquí, en el Pacífico. Hace mucho que no lo veo.
—¿Es como tú?
—Somos como dos versiones alternativas de la misma persona. Nos parecemos. Él es más inteligente que yo. Yo resuelvo mejor las cosas. Él es más cerebral, yo soy más físico. Él era bueno y yo era malo, según nuestros padres. Así.
—¿En qué trabaja?
Hice una pausa.
—No te lo puedo decir —respondí.
—¿Tiene un trabajo clasificado?
—En realidad no —dije—. Pero te podría dar una pista acerca de una de las cosas que le preocupan al ejército.
Sonrió. Era una mujer muy tolerante. Dijo:
—¿Quieres postre?
Pedimos dos tartas de melocotón como la que yo había comido la noche anterior. Y café, para los dos, lo que me pareció una buena señal. No le preocupaba quedarse despierta. Quizás ese era su plan. Los dueños del hotel se levantaron y se fueron cuando la camarera todavía estaba en la cocina. Se detuvieron junto a nuestra mesa. Aquello no fue una conversación de verdad. Solo muchos asentimientos y sonrisas. Habían decidido ser amables. Economía básica. Deveraux les garantizaba la comida y yo, temporalmente, la guinda de su postre.
Mi reloj mental marcó las diez de la noche. Llegaron las tartas y el café. No presté mucha atención a ninguna de las dos cosas. Me pasé la mayor parte del tiempo mirando el tercer botón de la camisa de Deveraux. Ya me había fijado antes. Era el primero que estaba abrochado. Por lo tanto, sería el primero que habría que desabrochar. Era un objeto muy pequeño y como de nácar, gris plateado. Detrás del botón estaba su piel, ni blanca ni morena, y muy tridimensional. De izquierda a derecha se curvaba hacia mí, se apartaba de mí, se acercaba de nuevo. Subía y bajaba con su respiración.
La camarera se acercó y nos ofreció más café. Lo rechacé, quizás por primera vez en mi vida. Deveraux también dijo que no. La camarera puso la cuenta sobre la mesa, boca abajo, a mi lado. Yo le di la vuelta. No estaba mal. En 1997 el sueldo de un militar todavía alcanzaba para comer bien. Dejé unos billetes sobre la cuenta, miré a Deveraux y le dije:
—¿Te acompaño a casa?
—Pensé que no me lo ibas a pedir nunca —dijo ella.