El asunto
Ochenta y siete
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OCHENTA Y SIETE
Cogí la llave del coche y me la guardé en el bolsillo. Abrí bien la pierna izquierda y afirmé el pie y me puse cómodo en el asiento inclinado. Dije:
—Capitán, usted mintió a sus hombres sobre lo de salir con la sheriff Deveraux, ¿no es así?
El padre de Riley dijo:
—¿Qué fundamentos tiene para interrogarnos?
—Cuarenta y nueve minutos —dije—. Después llega el tren.
—¿Está loco?
—Estoy un poco molesto, eso es todo.
—Hijo, no le digas nada a este hombre —dijo el senador.
—Capitán, responda a mi pregunta —dije yo.
—Sí, mentí sobre lo de Deveraux —dijo Riley.
—¿Por qué?
—Estrategia de mando —dijo—. A mis hombres les gusta admirarme.
—Senador, ¿por qué trasladaron a la Compañía Alfa y a la Compañía Bravo de Benning a Kelham?
El viejo resopló un momento, intentando convencerse de que tenía que mantenerse firme, pero al final dijo:
—Era políticamente conveniente. Mississippi siempre está pidiendo dinero a los demás estados. O robándoselo.
—¿No fue por Audrey Shaw? ¿No fue porque usted creía que su hijo se merecía un regalito para celebrar su nuevo puesto al frente de la Compañía Bravo?
—Eso es ridículo.
—Pero ha pasado.
—Fue una coincidencia.
—Mentira.
—De acuerdo, fue un beneficio adicional. Pensé que podía ser divertido. Pero nada más. Las decisiones de esa magnitud no se basan en trivialidades.
—Capitán, hábleme de Rosemary McClatchy —dije.
—Salimos juntos, nos separamos —dijo Riley.
—¿Estaba embarazada?
—Si estaba embarazada, nunca me dijo nada.
—¿Ella se quería casar?
—Vamos, comandante, usted sabe que cualquiera de ellas se casaría con cualquiera de nosotros.
—¿Cómo era ella?
—Insegura —dijo—. Me sacaba de mis casillas.
—¿Cómo se sintió usted cuando la mataron?
—Mal —dijo—. Fue horrible lo que le sucedió.
—Ahora hábleme de Shawna Lindsay.
Pero en ese momento el senador decidió que ya habían tragado toda la mierda que estaban dispuestos a tragar. Se giró para increparme y después recordó que se suponía que no tenía que moverse, y entonces giró otra vez hacia delante rebotando como una estúpida yegua vieja contra una valla eléctrica. Miró hacia delante y respiró agitado. Su hijo no se movió. Se estaban tragando un poco de mierda, sí. Principalmente la parte de nueve milímetros de ancho. Treinta y cinco centésimas de pulgada, contantes y sonantes. Un poco más pequeña que un calibre 38, mucho más grande que un calibre 25. Esa era la mierda que se estaban tragando.
El viejo Riley respiró hondo de nuevo.
—Creo que ese asunto ya se ha resuelto —dijo—. La chica Lindsay. Y la otra.
—Capitán, cuénteme lo de las mujeres muertas en Kosovo —dije.
—No hay mujeres muertas en Kosovo —dijo su padre.
—¿En serio? —dije—. ¿Cómo, viven para siempre?
—Obviamente no viven para siempre.
—¿Todas mueren mientras duermen?
—Eran mujeres de Kosovo y sucedió en Kosovo. Es un asunto local. Lo mismo que esto es un asunto local, aquí, ahora. Una persona local ha sido identificada. El ejército no está bajo sospecha. Eso fue lo que celebramos esta noche. Debería haber venido. El éxito es algo de lo que hay que alegrarse. Ojalá lo entendiera más gente.
—Capitán, ¿qué edad tiene? —pregunté.
—Veintiocho años —respondió Riley.
—Senador, ¿cómo se sentiría usted si su hijo a los treinta y tres años siguiera siendo capitán? —dije.
—No estaría para nada contento —dijo el viejo.
—¿Por qué?
—Representaría un fracaso. Nadie se queda cinco años en el mismo rango. Tendría que ser un idiota.
—Ese fue el primer error que cometieron.
—¿Qué?
—Ya me ha oído.
—¿A qué se refiere con cometieron? ¿Quiénes?
—¿Tiene abuelo?
—Lo he tenido, hace mucho tiempo.
—Yo también. Era mi querido abuelo. Pero por supuesto también era el querido abuelo de muchos otros chicos. Éramos unos diez, creo. Cuatro familias distintas. Siempre me sorprendía, aunque sabía que era así.
—¿De qué demonios está hablando?
—Pasa lo mismo con la Oficina de Intermediación con el Senado. Estamos nosotros, están los altos mandos en Washington y está usted. Como un abuelo. Pero usted también es el abuelo del Cuerpo de Marines. Y ellos tienen sus propios intermediarios. Probablemente son mucho mejores que los nuestros. Probablemente están dispuestos a hacer lo que haga falta. Por lo que les pidió ayuda a ellos. Pero cometieron unos cuantos errores.
—He leído el informe. No hubo ningún error.
—¿Cinco años en el mismo rango? Deveraux no es la clase de persona que pasa cinco años en el mismo rango. Como usted dijo, hay que ser un idiota. Y Deveraux no es ninguna idiota. Supongo que hace cinco años ella era oficial técnico jefe de grado 3. Supongo que desde ese momento ascendió dos veces. Pero sus hombres del Cuerpo de Marines fueron y escribieron oficial técnico jefe de grado 5 en un expediente que se suponía que lo habían redactado hace cinco años. Usaron una foto vieja pero no corrigieron el rango con el que se había retirado. Eso fue un error. Tenían demasiada prisa.
—¿Prisa?
—Janice Chapman era blanca. Por fin había una que la gente se iba a tomar en serio. Y estaba relacionada con usted. No había tiempo que perder.
—¿De qué está hablando?
—Todo esto tuvo que ver con la prisa. Trabajaron como locos, y nos fastidiaron con el acceso para ganar algo de tiempo. Consiguieron terminarlo el domingo antes de comer. El expediente estaba completo. La noticia llegó con el helicóptero en vuelo. Así que volvió vacío. Pero esperaron hasta el martes antes de someterlo a escrutinio público. Al principio encontré a esa decisión una explicación bastante egoísta. Pensé que había sido porque el domingo yo estaba aquí pero el martes no. Pero el motivo no fue ese. Necesitaban dos días para envejecer el expediente. Ese fue el motivo. Tenían que desgastarlo y dejarle algunas marcas.
—¿Está diciendo que ese expediente era falso?
—Lo sé, está impresionado. Quizás usted lo sabe desde hace nueve meses, o seis, o quizás desde hace una semana, pero ahora lo sabemos todos.
—¿Saber qué? —preguntó Reed Riley.
Giré la cabeza hacia él. Él también miraba hacia delante, pero sabía que le estaba hablando. Dije:
—Quizás Rosemary McClatchy era insegura porque lo único que tenía era su belleza, por lo que quizás se puso celosa, y quizás entonces a usted se le ocurrió la idea de la mujer vengativa. Además estaba embarazada, y usted ya había investigado a la sheriff de la localidad, porque eso es lo que hace un comandante de compañía ambicioso, y para usted era más fácil que para la mayoría, por sus conexiones, por lo que sabía de su padre y de la casa vacía. Y además usted es un maldito enfermo, por lo que llevó a la pobre Rosemary McClatchy allí y la mató.
No hubo respuesta.
—Y le gustó—dije.
No hubo respuesta.
—Así que volvió a hacerlo. Y mejoró. Nada de dejarlas tiradas en la cuneta junto a la vía del tren. Estaba preparado para algo más atrevido. Tal vez algo más adecuado. Tal vez Shawna Lindsay también fantaseaba con casarse, y quizás estaba hablando de vivir juntos en una casita, así que la tiró en una obra. Usted podía conducir por ese barrio siempre que quisiera. Siempre ha sido así. El jefazo, al acecho, en su viejo coche azul. Parte del escenario.
—Me separé de Shawna muchas semanas antes de que muriese —dijo—. ¿Cómo explica eso?
—Si les pide volver, vienen corriendo, ¿no?
No hubo respuesta.
—Y a Janice Chapman la eliminó por el mismo motivo —dije—. Y tal vez esa noche se propuso un pequeño desafío extra. A la tercera va la vencida. En la variedad está el gusto. Tal vez les dijo a los muchachos que iba al baño, pero se escapó y tardó el tiempo que se tarda en echar una meada. Yo calcularía que lo hizo en seis minutos y cuarenta segundos. Lo cual no es plausible. No en el caso de Deveraux. Ahí es donde la teoría alternativa empieza a tambalearse. ¿Nadie pensó en su complexión física? Ella no podría levantar a una mujer adulta de un caballete para ciervos. No podría cargar su cadáver hasta el coche.
—El expediente es auténtico —dijo el senador Riley.
—Empezó con los pies en la tierra —dije—. A alguien se le ocurrió una pequeña historia. Una mujer celosa, un brazo roto. Cuatrocientos dólares que desaparecieron. Era bastante sutil. El lector sacaría sus propias conclusiones. Pero después alguien se acobardó. Ya no querían que fuera sutil. Querían una luz roja parpadeante. Así que hizo que lo reescribieran para incluir un coche. Después habló por teléfono con su hijo y le dijo que pusiera su coche en las vías del tren.
—Eso es un disparate.
—No había ninguna otra razón detrás de lo del coche. Lo del coche no tenía sentido. No cumplía ninguna función más allá de hacer que todo se cerrara sobre Deveraux en cuanto alguien abriera el expediente.
—El expediente es auténtico.
—Han llegado demasiado lejos con las personas muertas. James Dyer, quizás. Nos lo podríamos haber creído. Era un oficial de alto rango. Quizás no estaba en el mejor estado de salud. ¿Pero Paul Evers? Demasiado conveniente. Como si tuviesen miedo de que la gente hiciera preguntas. Los muertos no pueden contestar. Lo que nos lleva a Alice Bouton. ¿Ella también va a estar muerta? ¿O va a seguir con vida? Y de ser así, ¿qué nos diría si le preguntásemos acerca de su brazo roto?
—El expediente es completamente auténtico, Reacher.
—¿Sabe leer, senador? Si es así, léame lo que pone aquí.
Saqué del bolsillo el papel doblado de la cafetería y lo tiré sobre su regazo.
—No tengo permitido moverme —dijo.
—Puede coger el papel —dije.
Lo cogió. Le tembló en la mano. Miró el dorso. Miró el frente. Lo giró para dejarlo en la posición correcta. Cogió aire. Preguntó:
—¿Usted lo ha leído? ¿Sabe lo que pone?
—No, no lo he mirado —dije—. No necesito saberlo. Sea lo que sea, ya tengo información suficiente para arrestarlos.
Dudó.
—Pero no invente nada —dije—. Lo leeré inmediatamente después de usted, solo para verificarlo.
Cogió aire.
Leyó en voz alta:
—Per el Comando de Personal del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos.
Se detuvo.
Dijo:
—Necesito saber que esto no es material clasificado.
—¿Importa eso?
—Usted no tiene autorización para acceder a material clasificado. Tampoco mi hijo.
—No es material clasificado —dije—. Siga leyendo.
—Per el Comando de Personal del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos no hubo un marine llamado Alice Bouton.
Sonreí.
—Se la inventaron —dije—. No existió. Un trabajo muy descuidado. Me hace preguntarme si yo no estaba equivocado. Quizás usted diluyó la sutileza en dos etapas distintas. Y quizás el coche llegó primero. Quizás fue Alice Bouton lo que incluyó en el último momento. Sin tiempo suficiente como para robar una verdadera identidad.
El viejo Riley dijo:
—Había que proteger al Ejército. Tiene que entenderlo.
—Lo que pierde el Ejército lo gana el Cuerpo de Marines. Y usted también es el abuelo de los Marines, por lo que profesionalmente no le importó lo más mínimo. Solo estaba protegiendo a su hijo.
—Podría haber sido cualquier integrante de su unidad. Lo habríamos hecho por cualquiera.
—Mentira —dije—. Ha habido una cantidad de corrupción impresionante. Todo esto ha sido algo excepcional. Sin precedentes. Ha sido todo por ustedes dos y por nadie más.
No hubo respuesta.
—Por cierto, soy yo el que está protegiendo al Ejército —dije.
No quería dispararles, obviamente. No porque al forense fuera a quedarle mucho que examinar, pero un hombre precavido no corre riesgos innecesarios. Así que solté el arma en el asiento al lado, llevé la mano derecha abierta hacia el frente, la apoyé en la parte de atrás de la cabeza del senador, la sacudí hacia delante y la hice rebotar contra el salpicadero. Fuerte. El brazo de un ser humano puede lanzar una pelota de béisbol a ciento sesenta kilómetros por hora, por lo que podría estar cerca de los cincuenta kilómetros por hora con una cabeza humana. Y se dice que si uno no se pone el cinturón de seguridad un impacto a cincuenta kilómetros por hora puede ser mortal. No es que yo necesitara que el senador muriera. Solo necesitaba que estuviese fuera de combate durante un minuto y medio.
Moví la mano derecha y la puse debajo del mentón de Reed Riley. Se sacó las manos de la cabeza y las bajó para agarrarme la muñeca, y yo las remplacé con mi propia mano izquierda, abierta, presionando hacia abajo desde la parte alta de su cabeza. Tirar y empujar, arriba y abajo, mano izquierda y mano derecha, como una prensa. Le estaba aplastando la cabeza. Después deslicé la mano derecha por su marcado mentón hasta apoyar en él el talón de mi palma y se la apreté sobre su boca. Su piel era como lija fina. Se había afeitado por la mañana temprano, y ya era cerca de medianoche. Deslicé mi mano izquierda por su frente hasta que el talón quedó justo por debajo de la línea del nacimiento del pelo. Estiré los dedos hacia abajo y le sujeté la nariz con el índice y el pulgar.
Y después todo quedó en manos de la naturaleza humana.
Pensó que se estaba ahogando. Primero intentó morderme la palma de la mano, pero no podía abrir la boca. Yo estaba apretando con mucha fuerza. Lo músculos de la mandíbula son fuertes, pero solo para cerrarse. Abrirse nunca fue una prioridad evolutiva. Lo esperé. Se agarró a mis manos. Lo esperé. Se sacudió en el asiento y golpeó los talones contra el suelo. Lo esperé. Arqueó la espalda. Lo esperé. Estiró la cabeza hacia arriba en mi dirección.
Cambié el agarre, giré con fuerza y le rompí el cuello.
Era un movimiento que había aprendido de Leon Garber. Quizás él lo había visto en algún lado. Quizás lo había hecho en algún lado. Era capaz de hacerlo. La parte de la sofocación lo vuelve fácil. Siempre estiran la cabeza hacia arriba. Una especie de instinto equivocado. Ellos solos dejan el cuello a tu disposición. Garber decía que nunca falla, y a mí nunca me ha fallado.
Funcionó de nuevo un minuto después, con el senador. Era más débil, pero su cara estaba resbalosa por la sangre que le caía de la nariz, que se le había roto contra el salpicadero, por lo que el esfuerzo invertido fue más o menos el mismo.