El asunto

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Cuarenta y tres

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CUARENTA Y TRES

Pellegrino y Butler habían cumplido con su trabajo. Se habían ganado sus horas extra. Los McKinney ya no estaban. Main Street estaba en silencio y completamente vacía. Había salido la luna y el aire era suave. Deveraux era más alta con tacones. Caminamos uno junto al otro, a una distancia desde la que podía oír el roce de la seda contra su piel y me permitía oler la fragancia de su perfume.

Llegamos al hotel, subimos los escalones gastados y cruzamos el porche. Le sujeté la puerta al pasar. El dueño estaba trabajando al otro lado del mostrador. Le dimos las buenas noches haciendo un gesto con la cabeza y nos dirigimos hacia la escalera. Al llegar arriba, Deveraux hizo una pausa y dijo:

—Bueno, buenas noches, señor Reacher, y gracias otra vez por su compañía durante la cena.

Alto y claro.

Yo me quedé allí de pie.

Ella cruzó el pasillo.

Sacó su llave.

La puso en la cerradura de la habitación diecisiete.

Abrió la puerta.

Después la cerró de nuevo haciendo ruido y volvió de puntillas hacia donde yo estaba, se estiró y me puso la mano en el hombro. Acercó su boca a mi oreja y susurró:

—Eso era para el viejo de abajo. No puedo descuidar mi reputación. No debo escandalizar a los votantes.

Solté aire.

La cogí de la mano y nos dirigimos a mi habitación.

 

Los dos teníamos treinta y seis años. Éramos adultos. No adolescentes. No hicimos las cosas a toda prisa. No nos alteramos. Nos tomamos nuestro tiempo, y qué puedo decir de ese tiempo que nos tomamos. Quizás el mejor de mi vida.

Nos besamos en cuanto la puerta se cerró. Sus labios estaban frescos y húmedos. Sus dientes eran pequeños. Su lengua era ágil. Fue un gran beso. Yo tenía una mano en su pelo y la otra en la parte baja de su espalda. Ella se apretaba contra mí, y se movía. Tenía los ojos abiertos. Yo también. Sostuvimos ese primer beso durante muchos minutos. Cinco, quizás diez. Tuvimos paciencia. Nos lo tomamos con calma. Y todo eso lo hicimos muy bien. Creo que los dos entendíamos que la primera vez es algo que no se repite. Los dos la queríamos saborear.

Al final paramos para coger aire. Yo me quité la camisa. No quería que hubiera sangre McKinney entre nosotros. Tengo una gran cicatriz de metralla en la parte baja del torso. Parece un pulpo pálido que me trepa por la cintura del pantalón. Los puntos son blancos y feos. Suele dar que hablar. Deveraux la vio y la ignoró. Pasó de largo. Era una marine. Había visto cosas peores. Llevó su mano al botón de arriba.

—No, déjame a mí —dije.

Ella sonrió y dijo:

—¿Eso es lo tuyo? ¿Te gusta desvestir a las mujeres?

—Es lo que más me gusta en el mundo —dije—. Y estoy mirando exactamente ese botón desde las nueve y cuarto.

—Desde las nueve y diez —dijo—. Fui prestándole atención a la hora. Soy policía.

Le cogí la mano izquierda y la levanté, con su palma hacia arriba. Ella la mantuvo allí, pacientemente. Le desabroché el botón del puño. Hice lo mismo con su mano derecha. La seda se abrió sobre las muñecas esbeltas. Me apoyó las manos en el pecho. Las deslizó hacia arriba por la parte de atrás de mi cabeza. Nos besamos de nuevo, cinco minutos completos. Otro gran beso. Mejor que el primero.

Paramos de nuevo para coger aire y pasé al botón delantero de su camisa. Como todos los demás, era pequeño. Y resbaladizo. Mis dedos son grandes. Pero lo resolví. El botón se abrió, ayudado por la curva de su pecho. Bajé al cuarto botón. Después al quinto. Fui sacando la camisa hacia fuera de la falda, todo alrededor, de a poco, despacio y con cuidado. En ningún momento dejó de mirarme y sonreír. Su camisa estaba abierta. Llevaba sujetador. Era negro y diminuto, de encaje y con tirantes finos. Apenas le tapaba los pezones. Tenía un pecho increíble.

Le quité la camisa de los hombros y esta se deslizó hacia atrás hasta el suelo como un paracaídas. Me llegó su perfume desde abajo. Nos besamos de nuevo, de manera larga e intensa. Le besé la curva donde el cuello se le unía con el hombro. Tenía una hendidura en la espalda. El tirante del sujetador la cruzaba como un puente en miniatura. Echó la cabeza hacia atrás y su pelo se esparció por todas partes. Le besé el cuello.

—Ahora los zapatos —dijo, y su garganta zumbó contra mis labios.

Me dio la vuelta, me empujó hacía atrás y me sentó en el borde de la cama. Se arrodilló frente a mí. Me desató el zapato derecho y luego el izquierdo. Me los quitó. Enganchó sus pulgares en mis calcetines y también me los quitó.

—Son de la tienda militar, sin duda —dijo.

—Menos de un dólar —dije—. No pude evitarlo.

Nos pusimos de pie y nos besamos de nuevo. A esas alturas de la vida yo había besado cientos de chicas, pero estaba dispuesto a admitir que Deveraux era la mejor de todas. Era espectacular. Se movía, se estremecía, temblaba. Era fuerte, pero sutil. Apasionada, pero no agresiva. Deseosa, pero no demandante. Mi reloj mental se tomó un descanso. Teníamos todo el tiempo del mundo, e íbamos a emplear hasta el último minuto.

Enganchó los dedos por detrás de la parte delantera de la cintura de mi pantalón. Tiró. Desabrochó el botón, un dedo, un pulgar. Nos seguíamos besando. Encontró la cremallera y la bajó, despacio, despacio, una mano pequeña, un pulgar minucioso, un dedo preciso. Apoyó sus manos en mis omóplatos y las deslizó de un lado a otro, cálidas, secas y suaves, y luego las movió hacia abajo, despacio, hasta mi cintura, y luego hacia abajo de nuevo. Deslizó la punta de sus dedos bajo la cintura desabrochada de mi pantalón y tanteó la tela. Siguió más hondo. Empujó hacia atrás y hacia abajo, y mis pantalones se deslizaron sombre mis caderas. Aún nos seguíamos besando.

Paramos a coger aire, me dio la vuelta y me sentó de nuevo. Me quitó el pantalón y lo tiró encima de su camisa. Me dejó en la cama, retrocedió un paso y extendió los brazos y dijo:

—Dime qué quieres que me quite.

—¿Puedo elegir?

Ella asintió:

—Es tu decisión.

Sonreí. Vaya decisión que tenía que tomar. Sujetador, falda, zapatos. Imaginé que se podía dejar los zapatos. Al menos por un rato. Quizás toda la noche.

—La falda —dije.

Condescendió. Tenía un botón y una cremallera en un lateral. Desabrochó el botón y bajó la cremallera, despacio, cinco centímetros, siete, diez. En medio del silencio escuché el sonido con mucha claridad. La falda cayó al suelo. Ella se la quitó dando primero un paso y después otro. Sus piernas eran largas, suaves y atléticas. Llevaba unas bragas negras diminutas. Cubrían bastante poco. Apenas eran una franja de tela oscura.

Sujetador, bragas, zapatos. Yo seguía sentado en la cama. Ella se subió en mi regazo. Le aparté el pelo y la besé en la oreja. Le tracé el contorno con la lengua. Sentía su mejilla contra la mía. Sentía su sonrisa. Le besé la boca, me besó la oreja. Nos pasamos veinte minutos conociendo cada pliegue que hubiera por encima de nuestros cuellos.

Después bajamos más.

Le desabroché el sujetador. Cayó como sin peso. Hundí la cabeza y ella echó la suya hacia atrás, arqueando sus pechos hacia mí. Eran firmes, redondos y suaves. Sus pezones eran delicados. Gimió un poco. Yo también. Se movió y me besó el pecho. La levanté de mi regazo y la giré hasta que quedó de espaldas en la cama. Después ella me giró a mí. Veinte fabulosos minutos, dedicados a conocernos por encima de la cintura.

Después bajamos más.

Yo estaba boca arriba. Ella se arrodilló encima de mí y me bajó los calzoncillos. Sonrió. Yo también. Diez increíbles minutos después cambiamos de sitio. Las bragas se le bajaron por las caderas y después levantó las rodillas para dejarme completar la tarea. Hundí mi cara entre sus muslos. Estaba mojada y dulce. Se movía, sin inhibiciones. Giraba la cabeza de un lado hacia el otro, retorcía los hombros y apretaba su cuerpo contra el colchón. Me pasaba los dedos por el pelo.

Entonces llegó el momento. Empezamos con delicadeza. Largo y lento, largo y lento. Profundo y suave. Ella se sonrojó y jadeó. Yo también. Largo y lento, largo y lento.

Después más rápido y más fuerte.

Después ya respirábamos agitados.

Más rápido, más fuerte, más rápido, más fuerte.

Respirando con fuerza.

—Espera —dijo.

—¿Qué pasa?

—Espera, espera —dijo—. Ahora no. Todavía no. Más despacio.

Largo y lento, largo y lento.

Respirando hondo.

Respirando con fuerza.

Largo y lento.

—Vale —dijo—. Vale. Ahora. Ahora. ¡Ahora!

Más rápido y más fuerte.

Más rápido, más fuerte, más rápido, más fuerte.

La habitación empezó a sacudirse.

Al principio muy poco, como un temblor constante y leve, como si fuera la parte más lejana de un terremoto distante. La puerta francesa vibró en su marco. El vaso repiqueteó en el estante del baño. El suelo se estremeció. La puerta del pasillo crujió y tableteó. Mis zapatos saltaron y se movieron. La cabecera de la cama empezó dar golpes contra la pared. El suelo se empezó a sacudir con fuerza. Las paredes retumbaron. Las monedas tintinearon en mi bolsillo abandonado. La cama se sacudió, rebotó y se desplazó en fracciones minúsculas por el suelo que no paraba de moverse.

Después el tren de medianoche se fue, el ruido terminó, y nosotros también.

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