El asunto
Cuarenta y cuatro
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CUARENTA Y CUATRO
Después nos acostamos uno junto al otro, desnudos, respirando agitados, sudando, cogidos de la mano. Yo miraba el techo. Deveraux dijo:
—Hacía dos años que quería hacerlo. Ese maldito tren. Más vale sacarle algún provecho.
—Si alguna vez compro una casa va a estar al lado de las vías de un tren —dije—. Eso seguro.
Cambió de posición y se acurrucó a mi lado. La abracé. Nos quedamos acostados tranquilos, agotados y satisfechos. En mi cabeza sonaba Blind Blake. Una vez había escuchado una cinta con todas sus canciones, grabadas de unos discos destrozados de 78 revoluciones por minuto, con los rugidos y los rayones del antiguo ruido de la vieja superficie de goma laca casi ahogando la voz tranquila y nostálgica y la guitarra ágil, mientras captaba los ritmos del ferrocarril. Un hombre ciego. Ciego de nacimiento. Nunca había visto un tren. Pero había escuchado muchísimos. Eso estaba claro.
Deveraux me preguntó en qué estaba pensando, y se lo conté. Dije:
—Mi hermano hablaba de él en la nota que me escribió.
—¿Sigues enfadado por eso?
—Más bien me pone triste —le contesté.
—¿Por qué?
—Esta misión ha sido un error —dije—. No me deberían haber destinado fuera. No para una cosa así. Me está haciendo pensar en ellos como… ellos. Ya no como nosotros.
Después tuvimos una lánguida conversación sobre si debía regresar a su habitación. Reputaciones. Votantes. Le dije que el dueño me había venido a buscar allí arriba cuando me había llamado Garber. Había echado un largo vistazo a la habitación. Ella dijo que si eso volvía a pasar yo podía tardar un segundo y ella esconderse en el baño. Dijo que a su puerta llamaban muy pocas veces. Y si por algún motivo lo hacían a la mañana siguiente y no respondía nadie, asumirían que algún caso la habría hecho salir. Cosa que sería totalmente plausible. Después de todo, trabajo no le faltaba.
Luego dijo:
—Quizás Janice Chapman estaba haciendo lo que acabamos de hacer nosotros. Es decir, con las raspaduras de la grava. Con su novio, fuese quien fuese. Fuera, en su jardín, a medianoche. Bajo las estrellas. Las vías del tren están bastante cerca. Debe ser increíble al aire libre.
—Debe ser increíble —dije—. Ayer a medianoche yo estaba al lado de las vías. Es como el fin del mundo.
—¿La hora encajaría? ¿Con las heridas en la piel?
—Si tuvo sexo a medianoche la mataron alrededor de las cuatro de la mañana. ¿A qué hora la encontraron?
—A las diez de la noche siguiente. Son dieciocho horas. Supongo que para entonces ya se habría producido cierta descomposición.
—Probablemente. Pero los cuerpos desangrados pueden tener un aspecto muy extraño. Habría sido muy difícil saberlo. Y el médico de tu departamento no es exactamente Sherlock Holmes.
—¿Entonces es posible?
—Tendríamos que averiguar por qué razón se puso un vestido elegante y medias entre medianoche y las cuatro de la mañana.
Lo pensamos durante un rato. Después nos entregamos a la inercia. No dijimos nada más sobre vestidos o medias, o votantes, habitaciones o reputaciones. Después nos quedamos dormidos, abrazados, sin meternos entre las sábanas, desnudos, en medio del silencio estático de Mississippi.
Cuatro horas más tarde yo estaba despierto y confirmaba mi creencia más arraigada: no hay mejor vez que la segunda. Todas las sutilezas semiformales de la primera vez se pueden obviar. Todos los trucos que usamos para impresionarnos el uno al otro se pueden dejar atrás. Hay una nueva familiaridad y el entusiasmo sigue siendo exactamente el mismo. Hay una sensación general de lo que funciona y lo que no. La segunda vez, estás listo para el rock and roll.
Y eso fue lo que hicimos.
Después Deveraux bostezó, se estiró y dijo:
—No estás mal para ser un soldado.
—Para ser marine, tú estás increíble —dije yo.
—Será mejor que tengamos cuidado. Podríamos terminar sintiendo algo el uno por el otro.
—¿Qué es eso?
—¿Qué es qué?
—Sentir.
Ella hizo una pausa.
Dijo:
—Los hombres deberíais estar más en contacto con sus sentimientos.
—Si alguna vez tengo uno —le dije—, serás la primera en saberlo, te lo prometo.
Ella hizo otra pausa. Después se rio. Lo cual fue bueno. Recordad que estábamos en 1997. En esa época todo se resolvía en encuentros breves y casuales.
Me desperté por segunda vez a las siete de la mañana, pensando en embarazos.