El asunto

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Cuarenta y cinco

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CUARENTA Y CINCO

Elizabeth Deveraux estaba sentada erguida en la cama cuando me desperté. Estaba a mi izquierda, en el centro de su espacio, con la espalda recta y las piernas cruzadas como en una postura de yoga. Estaba desnuda y natural. Era muy guapa. Espectacularmente atractiva. Una de las mujeres más atractivas que había visto en mi vida, sin duda la más atractiva que había visto desnuda, y definitivamente la más atractiva con la que me había acostado.

Para entonces ya estaba preocupada. Siete de la mañana. El comienzo de la jornada laboral. A la tercera no fue la vencida. No para mí. No en ese momento. Me dijo:

—Tienen que haber tenido algo más en común. Me refiero a esas tres mujeres.

No dije nada.

—La belleza es demasiado nebulosa —dijo—. Es demasiado subjetiva. Es solo una opinión.

No dije nada.

—¿Qué? —dijo ella.

—No es solo una opinión —dije—. No con esas tres mujeres.

—Entonces estamos buscando dos factores distintos. Dos cosas que interactuaron. Eran hermosas y algo más.

—Quizás estaban embarazadas —dije.

 

Estudiamos la propuesta. Eran mujeres como para pedirles matrimonio. Estábamos en un pueblo con una base militar. Esas cosas pasan. Por lo general accidentalmente, pero a veces a propósito. A veces las mujeres piensan que mudarse con un bebé de un pueblo con base militar a otro es mejor que quedarse solas en el pueblo con base militar en el que nacieron. Es un error, probablemente, pero no para todas. A mi propia madre le había parecido bien, por ejemplo.

—Shawna Lindsay estaba desesperada por irse —dije—, según lo que dice su hermano pequeño.

—Pero no veo por qué Janice May Chapman también podría estarlo —dijo Deveraux—. No nació aquí. Ella eligió este lugar. Y además no habría necesitado a nadie para irse. Sencillamente podría haber vendido la casa y se podría haber ido en su Honda.

—Un accidente, entonces —dije—. Con ella, al menos. Otra cosa que no vimos en su casa fueron anticonceptivos. No había nada de eso en su botiquín.

No hubo respuesta.

—¿Tú dónde los guardas? —pregunté.

—En un estante del baño —dijo—. No hay botiquín en el hotel.

—¿Rosemary McClatchy quería irse del pueblo?

—No lo sé. Probablemente. ¿Por qué no iba a querer?

—¿El médico hizo pruebas de embarazo?

—No —dijo Deveraux—. Estoy segura de que en una ciudad grande las habrían hecho. Pero aquí no. Merriam firmó el certificado y nos dijo la causa de la muerte, eso fue todo. El mínimo indispensable.

—Chapman no parecía estar embarazada —dije.

—A algunas mujeres no se le nota durante muchos meses.

—¿Rosemary McClatchy se lo podría haber contado a su madre?

—No se lo puedo preguntar —dijo Deveraux—. De ninguna manera. Bajo ningún concepto. No puedo meterle esa posibilidad en la cabeza a Emmeline. Imagínate que Rosemary no estaba embarazada. Afectaría su manera de recordarla.

—Hubo algo que el hermano de Shawna Lindsay no me dijo. Estoy seguro. Quizás algo importante. Deberías hablar con él. Se llama Bruce. Quiere alistarse en el ejército, por cierto.

—¿No en el Cuerpo de Marines?

—Parece que no.

—¿Por qué? ¿Le hablaste mal de los marines?

—Fui muy justo.

—¿Hablaría conmigo? Parece muy hostil.

—Es agradable —dije—. Feo, pero agradable. Parece que le atrae la vida militar. Parece entender la cadena de mando. Eres marine y sheriff. Acércate a él de la manera adecuada y conseguirás que se cuadre y haga el saludo militar.

—Vale —dijo—. Quizás lo intento. Quizás vaya a verlo hoy.

—Las tres podrían haber sido accidentales —dije—. Las decisiones importantes podrían haber venido después. Es decir, con respecto a qué hacer. Si a las tres les gustaba el status quo, podrían haber elegido otro camino. O las podrían haber convencido.

—¿Para abortar?

—¿Por qué no?

—¿Dónde podrían abortar en Mississippi? Hay que conducir muchas horas hacia el norte.

—Quizás esa es la razón por la que Janice Chapman estaba vestida antes de las cuatro de la mañana. Su día empezaba temprano. Quizás tenía un largo viaje por delante. Quizás su novio iba a llevarla a algún lado. Tal vez para llegar a un turno a la tarde. Y quedarse a pasar la noche. Quizás estaba adelantando la situación de la recepción. O de la sala de espera. Por lo que se vistió de manera adecuada. Elegante pero discreta. Quizás había hecho un poco de equipaje. Eso es algo que tampoco vimos en su casa. Maletas.

—Nunca lo sabremos con seguridad —dijo Deveraux—. A no ser que encontremos a los novios.

—O al novio, en singular —dije—. Podría llegar a haber sido el mismo.

—¿Con las tres?

—Es posible.

—Pero no tiene sentido. ¿Por qué motivo les pediría cita en una clínica de abortos para luego asesinarlas a un kilómetro de casa? ¿Por qué no simplemente concertar la cita con el médico?

—Quizás es la clase de persona que no se puede permitir tener una novia embarazada ni tampoco que lo relacionen con una clínica de abortos.

—Es un militar. No un cura. Ni un político.

No dije nada.

—Quizás quiera ser cura o político después —dijo Deveraux.

No dije nada.

—O quizás tiene curas o políticos en la familia. Quizás tiene que evitarles cualquier situación incómoda.

Se oyó un crujido de madera en el suelo del pasillo y después un golpe suave en la puerta. Reconocí el ruido inmediatamente. El mismo que el de la mañana anterior. El viejo. Me imaginé su lento recorrido arrastrando los pies, el lento movimiento de su brazo tembloroso, el impacto sordo y sin energía de sus arrugados nudillos contra la madera.

—Mierda —susurró Deveraux.

En ese momento sí nos comportamos como adolescentes. Nos movimos apurados y atolondrados. Deveraux salió de la cama y cogió un montón de ropa del suelo, que casualmente incluía mis pantalones, por lo que tuve que tirar de ellos para que no se los llevara, lo que provocó que las otras prendas se desparramaran por todas partes. Ella intentó recogerlas y yo intenté ponerme los pantalones. Me enredé en las perneras y me caí sobre la cama. Ella se metió en el baño pero dejó en el camino una estela de calcetines y ropa interior. Me coloqué los pantalones más o menos en su sitio y el viejo golpeó de nuevo. Fui recorriendo el suelo de un lado a otro, empujando la ropa hacia el baño a medida que avanzaba. Deveraux salió rápidamente y lo recogió todo. Después volvió a meterse y yo abrí la puerta.

—Tiene una llamada de su prometida —dijo el viejo.

Alto y claro.

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