El asunto

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Cuarenta y seis

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CUARENTA Y SEIS

Bajé las escaleras descalzo, solo con el pantalón. Atendí la llamada en la oficina interna, detrás del mostrador de recepción, como la vez anterior. Me llamaba Karla Dixon. Mi excolega. La reina de los problemas económicos. Ella había sido miembro fundador de la Unidad Especial 110. Fue mi segunda elección, después de Frances Neagley. Supuse que Stan Lowrey le había transmitido mi pregunta sobre el dinero proveniente de Kosovo, y Dixon me estaba devolviendo la llamada directamente, para ahorrar tiempo.

—¿Por qué tenías que decir que eras mi prometida? —pregunté.

—¿Por qué? ¿He interrumpido algo? —me preguntó ella.

—No exactamente. Pero lo ha escuchado.

—¿Elizabeth Deveraux? Neagley nos ha hablado de ella. ¿Ya os estáis liando?

—Y ahora tengo que explicar algunas cosas.

—Tienes que tener cuidado, Reacher.

—Neagley siempre piensa eso.

—Esta vez tiene razón. La red de suboficiales está en llamas. Al rojo vivo. Están investigando seriamente los antecedentes de Deveraux.

—Lo sé —dije—. Me lo dijo Garber. Es una pérdida de tiempo.

—No creo. No tuvo más respuesta que el silencio.

—Porque no hay nada.

—No, precisamente porque hay algo. Ya sabes cómo funciona la burocracia. Es fácil decir que no. El silencio significa que sí.

—¿Qué encontrarían si revisaran tus antecedentes?

—Muchas cosas.

—¿O lo míos?

—No lo quiero ni pensar.

—Ahí lo tienes —dije—. No hay nada de lo que preocuparse.

—Créeme, algo no va bien ahí, Reacher. Lo digo en serio. Quizás algo mucho más grande de lo que pensamos. Mi consejo es que te mantengas alejado de ella.

—Demasiado tarde. Además no me lo creo. Fue una buena infante de marina.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Ella.

Silencio al otro lado.

—¿Qué más? —dije.

—No está saliendo dinero de Kosovo —dijo Dixon—. Ni un centavo. Quien se esté preocupando por eso no va a encontrar nada. No es un factor en juego.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—Se preguntan si Joe me está pasando información.

—No van a encontrar nada —repitió—. De cualquier forma, el Departamento del Tesoro no lo sabría. A no ser que fueran miles de millones de dólares. Que no son. Ni siquiera son pequeñas cantidades. No está entrando nada. Alguien está nervioso, eso es todo. Están revolviendo. Están buscando algo que no existe.

—Vale, me alegra escucharlo —dije—. Gracias.

—Esa ha sido la buena noticia —dijo ella.

—¿Cuál es la mala?

—Una información relacionada —dijo—. Un amigo de un amigo accedió a los expedientes de Kosovo, y ahora mismo están muy cargados.

—¿De qué?

—Entre otras cosas, dos mujeres locales desaparecieron sin dejar rastros.

 

Dixon me contó que en el último año habían desaparecido dos mujeres kosovares. No había ninguna explicación local. No tenían problemas familiares. Las dos eran solteras. Las dos habían estado dentro de la zona de influencia del Ejército de los Estados Unidos en el área. Las dos habían confraternizado.

—Eran mujeres como para pedirles matrimonio —dijo Dixon.

—¿Atractivas? —pregunté.

—No he visto fotos.

—¿Ha habido una investigación? —pregunté.

—Bajo radar —dijo Dixon—. No olvides que por lo que respecta al resto del mundo nosotros no estamos allí. Así que mandaron a alguien de Alemania, que supuestamente se dirigía a Italia por algún asunto de la OTAN, pero su verdadero destino era Kosovo. Los preparativos del viaje siguen estando en los expedientes.

—¿Y?

—Como patriota americano te alegrará saber que absolutamente todos los miembros de las fuerzas armadas de los Estados Unidos eran inocentes como un recién nacido. Ningún uniformado cometió un crimen.

—¿Así que el caso está cerrado?

—Más cerrado que el culo de una muñeca.

—¿Quién lo llevaba?

—El comandante Duncan Munro.

 

Colgué con Dixon y volví arriba. Deveraux no estaba en mi habitación. Fui hasta la suya, la puerta estaba cerrada con llave. Escuché la ducha. Llamé a la puerta pero no obtuve respuesta. Así que me duché, me vestí y cuando volví quince minutos más tarde solo había silencio. Fui hasta la cafetería, pero tampoco estaba allí. Su coche no estaba en el aparcamiento de la comisaría. Así que me quedé quieto en la acera, sin ningún sitio al que ir, sin nadie con quien hablar, sin nada que hacer, sin saber que dentro de una hora todo iba a cambiar y que la cuenta atrás había pasado de sesenta minutos a cincuenta y nueve.

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