El asunto

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Cuarenta y siete

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CUARENTA Y SIETE

Pasé la mitad de esa hora en la acera. Me quedé apoyado en una pared sin moverme. Una destreza profesional. Necesaria en mi trabajo. Soy bueno en eso. Pero conozco gente que es aun mejor. Conozco gente que esperó horas, días o semanas a que sucediera algo.

Yo esperaba que apareciera el viejo de la cinta métrica y abriera la tienda de camisas. Cosa que finalmente sucedió. Tomé impulso en la pared, crucé la calle y entré con él. Él abrió las cerraduras y encendió las luces y yo fui directamente al montón de las camisas con cuello de botones. Encontré una igual que la que llevaba puesta y la llevé al mostrador.

—¿Acumulando provisiones? —preguntó él.

—No —dije—, la primera se me ensució.

Se echó hacia delante y observó mi bolsillo. Vi cómo sus ojos recorrían el rizo de sangre. Hacia abajo y hacia arriba. Dijo:

—Estoy seguro de que esa mancha sale con un lavado. Agua fría, quizás un poco de sal.

—¿Sal?

—La sal ayuda a limpiar las manchas de sangre. Con agua fría. El agua caliente hace que se asienten.

—No creo que el hotel Toussaint’s ofrezca un servicio de lavandería muy sofisticado —dije—. De hecho no creo que ofrezcan servicios de lavandería de ninguna clase. Ni siquiera sirven café en el salón.

—Podría llevarse la camisa a su casa, señor.

—¿Cómo?

—Bueno, en su maleta.

—Es más sencillo remplazarla.

—Pero eso le saldría muy caro.

—¿Comparado con qué? ¿Cuánto cuesta una maleta?

—Pero una maleta le duraría para siempre. La usaría una y otra vez a lo largo de los años.

—Creo que me voy a llevar la camisa nueva directamente —dije—. No hace falta que la envuelva.

Le pagué y después me metí en el probador y cerré la cortina. Me saqué la camisa vieja, me puse la nueva y salí.

—¿Tiene un cubo de basura? —pregunté.

Hizo una pausa como sorprendido y luego se agachó y se levantó de nuevo con una lata de metal hasta las rodillas. Estiró el brazo y la sostuvo, inseguro. Hice una pelota con la camisa sucia y encesté desde más o menos tres metros. El hombre parecía horrorizado. Después volví a cruzar la calle y fui a desayunar a la cafetería. Y a hacer un poco más de tiempo. Sabía que allí era donde tenía más oportunidades de encontrar a Deveraux. Una mujer que comía como ella comía no podía estar muchas horas sin pasar por allí. Era solo una cuestión de tiempo.

 

Al final fueron solo veinte minutos. Me comí unos huevos revueltos y cuando estaba por la mitad de mi tercera taza, entró. Me vio desde la puerta y se detuvo. El mundo entero se detuvo. El ambiente se solidificó. Llevaba otra vez el uniforme, y tenía el pelo recogido. Su cara estaba como paralizada. Inmóvil. Estaba muy guapa.

Cogí aire y aparté con el pie la silla que tenía enfrente. Ella no reaccionó. Vi cómo movía los ojos considerando sus opciones. Miró todas las mesas. En la mayoría no había nadie. Pero evidentemente decidió que si se sentaba sola podía provocar una escena. Le preocupaban los votantes. Le preocupaba su reputación. Por lo que se acercó a donde yo estaba. Cogió la silla, la alejó de la mesa otros treinta centímetros y se sentó, callada y reservada, con las rodillas muy juntas, con las manos en el regazo.

—No tengo ninguna prometida —dije—. No tengo ningún tipo de novia.

No respondió.

—La que llamó era una colega mía, policía militar —dije—. Todo el mundo está jugando al juego de estar infiltrado. Parece que les divierte. Mi superior dice que es mi tío.

No hubo respuesta.

—No puedo probar un negativo —dije.

—Tengo hambre —dijo ella—. Es la primera vez en dos años que me salto el desayuno.

—Te pido disculpas —dije.

—¿Por qué? Si lo que dices es verdad, no son necesarias.

—Es verdad. Te estoy pidiendo disculpas de parte de mi colega.

—¿Era tu sargento? ¿Neagley?

—No, era una mujer llamada Karla Dixon.

—¿Qué quería?

—Decirme que nadie está llevando a cabo una estafa financiera desde Fort Kelham.

—¿Cómo puede saberlo?

—Sabe todo de cualquier cosa que vaya detrás de un símbolo de dólar.

—¿Quién creía que se estaba llevando a cabo una estafa financiera desde Fort Kelham?

—Los altos cargos. Supuse que era una posibilidad teórica. Como tú dijiste, están desesperados.

—Si tuvieras una prometida, ¿la engañarías?

—Probablemente no —dije—. Pero contigo tendría ganas.

—He tenido malas experiencias.

—Es difícil de creer.

—Pero es la verdad. Y no es agradable.

—Entiendo —dije—. Nadie te estaba engañando anoche.

Se quedó callada. La vi pensar. En lo de anoche. Le hizo un gesto a la camarera y pidió tostadas francesas. Lo mismo que el día anterior.

—Llamé a Bruce Lindsay —dijo—. El hermano pequeño de Shawna Lindsay. ¿Sabías que tenían teléfono?

—Sí —dije—. Lo he usado. Karla Dixon me estaba devolviendo una llamada que hice desde ese teléfono.

—Voy a ir a verlo esta tarde. Creo que tienes razón. Tiene algo que decirme.

Decirme. A mí. No a nosotros.

—Fue una broma mala de una colega —dije—. Eso es todo.

—Me temo que hay un problema con las huellas dactilares —dijo ella—. Me refiero a las de la casa de Janice May Chapman. Por mi culpa, de hecho.

—¿Qué clase de problema?

—El ayudante Butler tiene una amiga en el Departamento de Policía de Jackson. De cuando hizo el curso. Yo por lo general le digo que le pida a ella que nos haga las pruebas, en secreto, para ahorrarnos el dinero. No nos llega el presupuesto. Pero la amiga de Butler cometió un error esta vez, y no le puedo decir que le pida que lo repita. Eso sería excederse.

—¿Qué tipo de error?

—Se le mezclaron los números de expediente. La información de Chapman fue a parar al caso de una mujer llamada Audrey Shaw, y nosotros recibimos la información de Audrey Shaw. Otra persona. Una empleada del gobierno federal. Algo que Chapman definitivamente no era, porque aquí no hay trabajos del gobierno federal, y de todas formas Chapman no trabajaba. A no ser que Audrey Shaw fuera la anterior propietaria de la casa de Chapman, en cuyo caso fue Butler el que se equivocó, al buscar huellas en los sitios que no eran, o tú, por permitirle que lo hiciera.

—No, Butler hizo un buen trabajo —dije—. Buscó en los sitios indicados. Esas huellas no eran de una propietaria anterior, a no ser que se haya metido de nuevo a escondidas en la casa y haya usado el cepillo de dientes de Chapman a mitad de la noche. Es lo que hay, supongo. Son cosas que pasan.

—Cuéntame otra vez —dijo—. Lo de la llamada telefónica.

—Era la mayor Karla Dixon de la división 329 —expliqué—. Con información para mí. Eso es todo.

—¿Y lo de que era tu prometida era una broma?

—No me digas que los marines son también mejores comediantes.

—¿Es guapa?

—Bastante, sí.

—¿Ha sido tu novia alguna vez?

—No.

Deveraux se quedó callada de nuevo. Vi que se acercaba una decisión. Estaba casi allí. Y yo estaba bastante seguro de que iba a tener un buen resultado. Pero no me enteré. No en ese mismo momento. Porque antes de que ella pudiera hablar otra vez la mujer robusta del conmutador de la comisaría entró a toda prisa por la puerta de la cafetería y paró en seco con una mano en el picaporte y otra en el marco. Estaba agitada. Jadeaba. Su pecho subía y le bajaba. Había llegado corriendo. Dijo en voz muy alta:

—Hay otro.

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